«¿Quién puede perdonar pecados fuera de Dios?» (Mc 2,7)
Hay dos cosas que son exclusivas
de Dios: la honra de recibir la confesión y el poder de perdonar. Hemos de
confesarnos a él y esperar de él el perdón. Solamente Dios puede perdonar los
pecados; es, pues a él sólo a quien debemos confesarlos. Pero el Todopoderoso,
el Altísimo, habiendo tomado una esposa débil e insignificante, ha hecho de
esta sierva, una reina. La que estaba recostada a sus pies, la ha colocado a su
lado; porque es de su costado que ella ha salido y se ha desposado con ella (Gn
2,22; Jn 19,34).Y, del mismo modo que todo lo que es del Padre es del Hijo, y
todo lo que es del Hijo es del Padre por su unidad de naturaleza (Jn 17,10),
igualmente el Esposo ha dado todos sus bienes a la esposa y se apropió todo lo
que es de la esposa a la que ha unido a sí mismo y al Padre…
Por eso el Esposo que es uno con
el Padre y uno con la esposa, hizo desaparecer de su esposa todo lo que en ella
halló de impropio, lo clavó en la cruz y en ella expió todos los pecados de la
esposa. Todo lo borró por el madero. Tomó sobre sí lo que era propio de la
naturaleza de la esposa, y la esposa dio todo lo suyo al Esposo… De esta manera
participa él en la debilidad y el llanto de su esposa, y todo es común entre el
Esposo y la esposa incluso el honor de recibir la confesión y el poder de
perdonar los pecados. Por ello dice: «Ve a presentarte al sacerdote» (Mc 1,44).
Fuente: Isaac de la Stella, monje
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