sábado, 18 de julio de 2026

Comentario lectura evangelio 19/07/26

Hemos escuchado el santo Evangelio y a Cristo el Señor que habla en él. Sobre lo escuchado, hablaré lo que él me otorgue. Tal vez, hermanos, me costaría esfuerzo exponeros esta parábola, pero, como la expuso quien la propuso, me ahorró esa fatiga. El que leyó el evangelio, lo hizo hasta el pasaje en que el Señor dice: Recoged primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla; y guardad el trigo en el granero (Mt 13,30). Pero —como está escrito— luego se le acercaron sus discípulos y le dijeron: Explícanos la parábola de la cizaña (Mt 13,36). Y el que está en el seno del Padre (Cf Jn 1,18), él mismo la expuso con estas palabras: El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre, refiriéndose a sí mismo. El campo es el mundo. La buena semilla son los hijos del reino; la cizaña, los hijos del maligno. El enemigo que la siembra es el diablo. La siega es el fin de este mundo; los segadores, los ángeles (Mt 13,37-39). Por tanto, cuando venga el Hijo del hombre, enviará a sus ángeles y recogerán de su reino todos los escándalos, y los arrojarán al horno de fuego ardiente; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces refulgirán los justos como el sol en el reino de su Padre (Mt 13,41-43). He citado palabras de Cristo, el Señor, que no fueron leídas, pero están así escritas. El Señor, pues, nos expuso lo que propuso. Ved qué elegimos ser en su campo; considerad cómo nos hallará el día de la siega. El campo, que es el mundo, es la Iglesia difundida por el mundo. Quien es trigo persevere hasta la siega; los que son cizaña, conviértanse en trigo. Porque entre los hombres y las verdaderas espigas y la cizaña real hay esta diferencia: con referencia a lo que había en el campo, la espiga es espiga y la cizaña es cizaña. En cambio, en el campo del Señor, esto es, en la Iglesia, a veces, lo que era trigo se vuelve cizaña y lo que era cizaña se convierte en trigo; y nadie sabe lo que será en el futuro. Por eso, el padre de familia no consintió arrancar la cizaña a sus braceros indignados; querían arrancarla, pero no les permitió separar la cizaña. Hicieron lo que era de su incumbencia y dejaron la separación a los ángeles. Ellos no querían reservarles la separación de la cizaña, pero el padre de familia, que conocía a todos y sabía que era menester dejar para más tarde la separación, les mandó tolerar la cizaña, no separarla. Habiéndole dicho ellos ¿Quieres que vayamos y la recojamos?, respondió: No, no sea que, al querer arrancar la cizaña, arranquéis también el trigo (Mt 13,29). —«Entonces, Señor, ¿estará también la cizaña con nosotros en el granero?» —«En el momento de la siega diré a los segadores: recoged primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla (Mt 13,30). Tolerad en el campo lo que no os acompañará en el granero».

Escuchad, amadísimos granos de Cristo; escuchad, amadísimas espigas de Cristo; escucha, amadísimo trigo de Cristo; miraos a vosotros mismos, retornad a vuestras conciencias, interrogad a vuestra fe, preguntad a Vuestra Caridad, despertad vuestra conciencia; y si reconocéis que sois granos, venga a vuestra mente: Quien persevere hasta el fin, ese se salvará (Mt 10,22). Pero quien, al escudriñar su conciencia, encuentre ser cizaña, no tema cambiar. Todavía no hay orden de cortar, aún no es el momento de la siega; no seas hoy lo que eras ayer, o no seas mañana lo que eres hoy. ¿De qué te sirve decir que alguna vez cambiarás? Dios te ha prometido el perdón una vez que hayas cambiado; no te ha prometido el día de mañana. Tal como seas al salir del cuerpo, así llegarás a la siega. Muere alguien —no sé quién— que era cizaña; ¿acaso tiene entonces la posibilidad de convertirse en trigo? Es aquí, en el campo, donde el trigo puede convertirse en cizaña y la cizaña en trigo; aquí es posible; pero entonces, es decir, después de esta vida, será el momento de recoger lo que se obró, no de hacer lo que no se obró. Mas quien sea como la cizaña y quiera separarse del campo de Cristo, el Señor, no será trigo, pues si lo fuese seguiría siéndolo. ¿Por qué teme el trigo a la cizaña? Dejad que crezcan juntos hasta la siega (Mt 13,30), dice el padre de familia. Crezcan juntos, los segadores no yerran y saben de qué hacer las gavillas y arrojarlas al fuego. Con el trigo no se pueden hacer gavillas y enviarlas al fuego. Las gavillas manifiestan la separación. Arrio tiene allí su gavilla, Eunomio tiene allí su gavilla, Fotino tiene allí su gavilla, Donato tiene allí su gavilla, Manes tiene allí su gavilla, Prisciliano tiene allí su gavilla. Todas estas gavillas serán arrojadas al fuego; esté tranquilo el trigo, en el granero se alegrará sin mezcla de malos.

Pero ¿dónde no ha sembrado cizaña el enemigo? ¿Qué clase, qué campo de trigo halló en que no esparció cizaña? ¿Acaso la sembró entre los laicos y no entre los clérigos, o entre los obispos? ¿O la sembró entre los casados, pero no entre los que profesan castidad? ¿O la sembró entre las casadas y no entre las monjas? ¿O la sembró en las casas de los laicos y no en las comunidades de monjes? Por doquier la esparció, por doquier la sembró. ¿Qué dejó sin mezclar en él la cizaña con el trigo? Pero, demos gracias a Dios, porque quien se dignará separar, no sabe errar. No se oculta a Vuestra Caridad que la cizaña se encuentra también en cualquier mies eminente y encumbrada. La cizaña se halla también entre los que profesan la santidad. Y decís: «Se han hallado malos en tal lugar; también allí, también en tal comunidad». En todas partes se han hallado malos, pero los malos no reinarán con los buenos. ¿Por qué te extrañas de haber descubierto malos en un lugar santo? ¿Ignoras que el primer pecado —de desobediencia— ocurrió en el paraíso y que por esa desobediencia cayó el ángel? ¿Acaso manchó el cielo? Cayó Adán (Cf Gn 3); ¿acaso infeccionó el paraíso? Cayó uno de los hijos de Noé (Cf Gn 9,20-22); ¿acaso contaminó la casa del justo? Cayó Judas (Cf Mt 26,48-50); ¿acaso contaminó al coro de los Apóstoles? A veces, según la estimación humana, se cree que algunos son trigo, pero son cizaña; o se cree que algunos son cizaña, pero realmente son trigo. Con la mente puesta en que ignoramos qué es cada cual, dice el Apóstol: No juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor, e ilumine lo que esconden las tinieblas; entonces manifestará los pensamientos del corazón, y entonces cada uno recibirá de Dios su alabanza (1Co 4,5). La alabanza humana es transitoria. A veces un hombre alaba al malo sin saberlo; a veces el hombre acusa al santo sin saberlo. ¡Dios perdone a los que no saben y socorra a los que sufren a causa de esa ignorancia!

Fuente: San Agustín, obispo

viernes, 17 de julio de 2026

Comentario lectura evangelio 18/07/26

«Este es mi siervo»

Cristo, siendo Dios por su naturaleza, Palabra verdadera de Dios Padre, de la misma naturaleza que el Padre y coeterno con él, brillando en lo más alto de los cielos, en su condición de Dios y semejante a Dios, “no consideró como presa codiciable el ser igual a Dios. Al contrario, se despojó de su grandeza, tomó la condición de esclavo y se hizo semejante a los hombres.” Naciendo de María Virgen se comportó como un hombre cualquiera y “en su condición de hombre se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz”(cf Flp 2,6- 8).

Cristo se abajó hasta nuestra humildad, dando a la humanidad la plenitud que le es propia. Se abajó no por obligación sino con plena libertad. Por nosotros adoptó la condición de esclavo, él que es la libertad en persona. Se hace uno como nosotros, él que está por encima de toda la creación. Se somete a la muerte, él que da la vida al mundo… Se pone bajo la Ley como nosotros (Gal 4,4), él que siendo Dios trasciende la Ley. Se hace hombre entre los hombres; naciendo de mujer, tiene un comienzo, él que precede todos los tiempos y todas las edades, más aún: él que es el Creador y el origen de todos los siglos… Él que tomó carne de María es de la misma naturaleza que nosotros, está hecho de nuestra propia sustancia, haciéndose cargo de la descendencia de Abraham. Pero, al mismo tiempo, es, por el plan divino, de la misma naturaleza que Dios su Padre.

Fuente: San Cirilo de Alejandría, obispo y doctor de la Iglesia

jueves, 16 de julio de 2026

Comentario lectura evangelio 17/07/26

«El Hijo del hombre es señor del sábado» (Mt 12,8)

En la ley, dada por Moisés… que no era más que una sombra, Dios ordenaba a todos el reposo y no efectuar ningún trabajo en sábado. Pero este sábado no era más que una imagen y una sombra (He 8,5) del auténtico sábado que concede el Señor al alma. En efecto, el alma que ha sido hallada digna del auténtico sábado deja de entregarse a sus preocupaciones vergonzosas y feas y descansa. Celebra el verdadero sábado y goza del auténtico reposo, liberada de todas las obras de las tinieblas… Saborea el reposo eterno y el gozo del Señor.

Antiguamente estaba prescrito que incluso los animales, privados de razón tenían que reposar el día del sábado. El buey no tenía que llevar el yugo ni el asno cargarse con peso, porque incluso los animales debían de reposar de sus trabajos pesados. Viviendo entre nosotros, el Señor nos trajo el reposo del alma que estaba oprimida bajo el peso del pecado y que realizaba obras de injusticia por causa del pecado, sometida a amos crueles. El Señor la descargó del peso insoportable de las ideas vanas y viles, la libera del yugo amargo de las obras de injusticia y le concede el reposo.

En efecto, el Señor llama al hombre al descanso diciéndole: «venid todos los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré” (Mt 11,28). Y todas las almas que confían en él y se le acercan… celebran un sábado verdadero, delicioso y santo, una fiesta del Espíritu, con un gozo y una alegría indecibles. Le devuelven a Dios un culto puro que le gusta, procediendo de un corazón puro. Este es el verdadero y santo sábado.

Fuente: San Macario de Egipto, monje

miércoles, 15 de julio de 2026

Comentario lectura evangelio 16/07/26

Hoy, ante un mundo que ha decidido darle la espalda a Dios, ante un mundo hostil a lo cristiano y a los cristianos, escuchar de Jesús (que es quien nos habla en la liturgia o en la lectura personal de la Palabra), provoca consuelo, alegría y esperanzas en medio de las luchas cotidianas: «Venid a mí todos los que estáis fatigados (…), yo os daré descanso» (Mt 11,28-29).

Consuelo, porque estas palabras contienen la promesa del alivio que proviene del amor de Dios. Alegría, porque hacen que el corazón manifieste en la vida, la seguridad en la fe de esa promesa. Esperanzas, porque caminando, en un mundo así de resuelto contra Dios y nosotros, los que creemos en Cristo sabemos que no todo acaba con un fin, sino que muchos “fines” fueron “principios” de cosas mucho mejores, como lo mostró su propia resurrección.

Nuestro fin, para principio de novedades en el amor de Dios, es estarse siempre con Cristo. Nuestra meta es ir indefectiblemente al amor de Cristo, “yugo” de una ley que no se basa en la limitada capacidad de los voluntarismos humanos, sino en la eterna voluntad salvadora de Dios.

En ese sentido nos dirá Benedicto XVI en una de sus Catequesis: «Dios tiene una voluntad con y para nosotros, y ésta debe convertirse en lo que queremos y somos. La esencia del cielo estriba en que se cumpla sin reservas la voluntad de Dios, o para ponerlo en otros términos, donde se cumple la voluntad de Dios hay cielo. Jesús mismo es “cielo” en el sentido más profundo y verdadero de la palabra, es Él en quien y a través de quien se cumple totalmente la voluntad de Dios. Nuestra voluntad nos aleja de la voluntad de Dios y nos vuelve mera “tierra”. Pero Él nos acepta, nos atrae hacia Sí y, en comunión con Él, aprendemos la voluntad de Dios». Que así sea, entonces.

Fuente: P. Julio César RAMOS González SDB, (Mendoza, Argentina)

martes, 14 de julio de 2026

Comentario lectura evangelio 15/07/26

Hoy, el Evangelio nos ofrece la oportunidad de penetrar, por así decir, en la estructura de la misma divina sabiduría. ¿A quien entre nosotros no le apetece conocer desvelados los misterios de esta vida? Pero hay enigmas que ni el mejor equipo de investigadores del mundo nunca llegará siquiera a detectar. Sin embargo, hay Uno ante el cual «nada hay oculto (...); nada ha sucedido en secreto» (Mc 4,22). Éste es el que se da a sí mismo el nombre de “Hijo del hombre”, pues afirma de sí mismo: «Todo me ha sido entregado por mi Padre» (Mt 11,27). Su naturaleza humana —por medio de la unión hipostática— ha sido asumida por la Persona del Verbo de Dios: es, en una palabra, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, delante la cual no hay tinieblas y por la cual la noche es más luminosa que el pleno día.

Un proverbio árabe reza así: «Si en una noche negra una hormiga negra sube por una negra pared, Dios la está viendo». Para Dios no hay secretos ni misterios. Hay misterios para nosotros, pero no para Dios, ante el cual el pasado, el presente y el futuro están abiertos y escudriñados hasta la última coma.

Dice, complacido, hoy el Señor: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños» (Mt 11,25). Sí, porque nadie puede pretender conocer esos o parecidos secretos escondidos ni sacándolos de la obscuridad con el estudio más intenso, ni como debido por parte de la sabiduría. De los secretos profundos de la vida sabrá siempre más la ancianita sin experiencia escolar que el pretencioso científico que ha gastado años en prestigiosas universidades. Hay ciencia que se gana con fe, simplicidad y pobreza interiores. Ha dicho muy bien Clemente Alejandrino: «La noche es propicia para los misterios; es entonces cuando el alma —atenta y humilde— se vuelve hacia sí misma reflexionando sobre su condición; es entonces cuando encuentra a Dios».

Fuente: P. Raimondo M. SORGIA Mannai OP, (San Domenico di Fiesole, Florencia, Italia)

lunes, 13 de julio de 2026

Comentario lectura evangelio 14/07/26

Hoy, Cristo reprende a dos ciudades de Galilea, Corozaín y Betsaida, por su incredulidad: «¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que se han hecho en vosotras, (...) se habrían convertido» (Mt 11,21). Jesús mismo da testimonio en favor de las ciudades fenicias, Tiro y Sidón: éstas hubieran hecho penitencia, con gran humildad, de haber experimentado las maravillas del poder divino.

Nadie es feliz recibiendo una buena reprimenda. En efecto, tiene que ser especialmente doloroso ser reprendido por Cristo, Él que nos ama con un corazón infinitamente misericordioso. Simplemente, no hay excusa, no hay inmunidad cuando uno es reprendido por la mismísima Verdad. Recibamos, pues, con humildad y responsabilidad cada día la llamada de Dios a la conversión.

También notamos que Cristo no se anda con rodeos. Él situó a su audiencia frente a frente ante la verdad. Debemos examinarnos sobre cómo hablamos de Cristo a los demás. A menudo, también nosotros tenemos que luchar contra nuestros respetos humanos para poner a nuestros amigos frente a las verdades eternas, tales como la muerte y el juicio. El Papa Francisco, conscientemente, describió a san Pablo como un “alborotador”: «El Señor siempre quiere que vayamos más lejos... Que no nos refugiemos en una vida tranquila ni en las estructuras caducas (…). Y Pablo, molestaba predicando al Señor. Pero él iba hacia adelante, porque tenía dentro de sí aquella actitud cristiana que es el celo apostólico. No era un “hombre de compromiso”». ¡No rehuyamos nuestro deber de caridad!

Quizá, como yo, encontrarás iluminadoras estas palabras de san Josemaría Escrivá: «(…) Se trata de hablar en sabio, en cristiano, pero de modo asequible a todos». No podemos dormirnos en los laureles —acomodarnos— para ser entendidos por muchos, sino que debemos pedir la gracia de ser humildes instrumentos del Espíritu Santo, con el fin de situar de lleno a cada hombre y a cada mujer ante la Verdad divina.

Fuente: Fr. Damien LIN Yuanheng, (Singapore, Singapur)

domingo, 12 de julio de 2026

Comentario lectura evangelio 13/07/26

«Cuando yo digo paz ellos dicen Guerra» (Sal 120,7).

Jesús es la paz y ha venido a reconciliar el cielo y la tierra (Col 1,20). Si esto es verdad ¿Cómo podemos entender lo que el mismo Señor ha dicho en el Evangelio: «No penséis que he venido a traer paz a la tierra»? ¿Acaso la nieve podrá calentar o dar frió el fuego? ¿La paz podrá no procurar paz? El designio de Dios, cuando envía a su Hijo, es salvar a los hombres. Y la misión que debía cumplir era establecer la paz en el cielo y sobre la tierra. ¿Por qué entonces no hay paz? Por la debilidad de estos que no han podido acoger el brillo de la luz verdadera.

Tal hija ha creído, su padre permanece sin creer. Puesto que predicar la paz obra la división, «¿qué relación puede haber entre creer y no creer?» (2Co 6,15). El Hijo debe creer, el padre queda incrédulo. La oposición es ineluctable. Allí donde la paz es proclamada la división se instala. Es una saludable división, pues es por la paz que nosotros somos salvados. Yo proclamo la paz, si, pero la tierra no la acoge. Esto no era el designio del sembrador, aquel que esperaba el fruto de la tierra.

Fuente: Eusebio de Cesarea, obispo