miércoles, 19 de junio de 2024

Comentario lectura evangelio 20/06/24

Cuando recéis, no uséis muchas palabras

No es malo el consejo sobre el modo de rezar y es bien necesario ahora, entonces y en el futuro. Estamos creídos de que podemos convencer a Dios con palabras, puede que bellas, llenas de superlativos elogiosos, y muy poéticas, pero absolutamente innecesarias y vacías. Esto parece demostrar que nuestra fe está condicionada por nuestros sentimientos puramente humanos. No terminamos de creernos que Dios siempre está pendiente de nuestras necesidades, que él las conoce antes de que se produzcan y ya nos ha dado medios para solucionar problemas y necesidades.

El Padre Nuestro que Jesús nos enseña hoy pierde importancia cuando lo rezamos de forma rutinaria, sin tener presente todo el poder de su contenido. Decimos “Padre nuestro”, pero lo hacemos de forma que no trasluce la fraternidad universal que indica. Nos alivia un poco que “esté en el cielo”; si podemos colocarlo allá, arriba nos lo quitamos de delante y puede que tenga menos importancia. No nos cuesta “Santificar el Nombre el Señor”, le hacemos un templo hermoso, una bella ceremonia, …y santificado queda. Pedimos a boca llena que venga a nosotros su reino, pero no ponemos nada de nuestra parte para que eso sea posible.

Seguimos pidiendo que se haga su voluntad en la tierra como en el cielo, pero procuramos esconder nuestra responsabilidad en que esto suceda. Lo dejamos en manos de Dios y que él, con su inmenso poder, lo haga. Es nuestra voluntad la que nos interesa y así parece que le pidamos al Padre que sea su voluntad la que nosotros tenemos o queremos. Sí, pedimos con alegría que nos dé el pan de cada día, pero puede que queramos ese pan para atesorarlo, cuando solo somos depositarios temporales y obligados a repartir y compartir con los hermanos. Pedimos a Dios que solucione el hambre del mundo, y decimos muy devotos: “Te lo pedimos, Señor”, con lo que le pasamos el problema y nos desentendemos. Se nos olvida que él nos ha dicho varias veces: “dadles vosotros de comer”.

Y rematamos pidiendo que perdone nuestras ofensas como nosotros perdonamos, mientras cambiamos de banco en el templo para evitar dar la paz a ese que nos cae mal y del que no olvidamos sus “ofensas”. No tenemos en cuenta que Dios no perdonará nuestras ofensas sin que vaya delante nuestro perdón a posibles ofensores. Y pedimos que nos libre del mal, pero no hacemos nada por evitarlo; nos quejamos de Dios porque tenemos un cáncer en el pulmón, pero nos olvidamos de cómo hemos fumado y lo seguimos haciendo. Y seguimos cayendo en la tentación una y otra vez porque no ponemos en juego las posibilidades que Dios puso en nosotros desde siempre.

A lo mejor tendríamos que pensar un poco a qué nos comprometemos antes de rezar el Padre nuestro.

Fuente: D. Félix García O.P. Fraternidad de Laicos Dominicos de Viveiro (Lugo)

martes, 18 de junio de 2024

Comentario lectura evangelio 19/06/24

Dios está en nosotros

Ya saben que Dios está en todas partes. Claro que está donde está el rey, allí dicen está la corte. En fin, que donde está Dios, es el cielo. Sin duda pueden creer que adonde está Su Majestad está toda la gloria. Miren que dice San Agustín que lo buscaba en muchas partes y lo halló dentro de sí mismo. ¿Piensan que importa poco para un alma derramada entender esta verdad y ver que no ha menester para hablar con su Padre Eterno ir al cielo, ni para regalarse con El, ni ha menester hablar a voces? Por bajo que hable, está tan cerca que nos oirá. Ni necesita alas para ir a buscarlo, sino ponerse en soledad y mirarlo dentro de sí y no extrañarse de tan buen huésped sino con gran humildad hablarle como a padre, pedirle como a padre, contarle sus trabajos, pedirle remedio para ellos, entendiendo que no es digna de ser su hija. (…)

Cuando un alma está comenzando, para no alborotarla por verse tan pequeña y tener en sí algo tan grande, [el Señor] no se da a conocer hasta que va ensanchándola poco a poco, conforme a lo que es menester para lo que ha puesto en ella. Por esto digo que trae consigo la libertad, porque tiene el poder de hacer grande este palacio. Todo el punto está en que se lo demos por suyo con toda determinación, y lo desembaracemos para que pueda poner y quitar como en algo propio. Y tiene razón Su Majestad, no se lo neguemos. El no fuerza nuestra voluntad, toma lo que le damos, mas no se da Sí mismo del todo hasta que nos damos del todo.

Fuente: Santa Teresa de Ávila (1515-1582) carmelita descalza y doctora de la Iglesia

lunes, 17 de junio de 2024

Comentario lectura evangelio 18/06/24

El que ama es habitado por Dios

El que desea saber si Dios habita en él, ese Dios “admirable en sus santos” (cf. Sal 67,36), que con un examen sincero escrute su corazón profundo. Busque en él atentamente si con humildad resiste al orgullo, si con benevolencia  combate a la envidia y en qué medida no se deja tomar por las lisonjas, alegrándose con el bien de los otros. Que escrute si no desea devolver mal por mal, si prefiere no vengar las injurias para no perder la imagen y semejanza con su Creador. Ese Creador que llama a todos los hombres a conocerlo  por las bondades que prodiga, haciendo “llover sobre justos e injustos y  brillar su sol sobre los buenos y los malvados” (Mt 4,45).

Para que esta búsqueda no se agote en un examen escrupuloso de múltiples puntos, que se pregunte si en los repliegues de su corazón se encuentra la madre de todas las virtudes: la caridad. Si encuentra su corazón tendido entero hacia el amor de Dios y del prójimo, hasta querer que sus enemigos reciban ellos también los bienes que desea para sí mismo, no puede dudar que Dios lo dirige y lo habita. Lo recibe tan magníficamente que no se glorifica en sí mismo, sino en el Señor (cf. 1 Cor 1,31).

Fuente: San León Magno (¿-c. 461) papa y doctor de la Iglesia

domingo, 16 de junio de 2024

Comentario lectura evangelio 17/06/24

Yo os digo: no hagáis frente al que os agravia

El sermón de la montaña que estamos escuchando en estos días, es el planteamiento básico que Jesús ofrece al hombre contemporáneo. Porque no es un relato del pasado, ni su palabra queda en el pasado remoto, sino que es actual y viene a iluminar la actualidad. Y esta iluminación nos reclama respuestas actualizadas.

Así, respecto de los mandamientos dados en el Sinaí, Jesús, como nuevo legislador, define: “Habéis oído que se dijo: “Ojo por ojo, diente por diente”, Pero yo os digo no hagáis frente al que os agravia…”.  Juan, en el prólogo de su evangelio, establece la diferencia: “La ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo”. Ha llegado el tiempo, ya estamos en él, en el que todo lo dado a conocer a lo largo de la historia de la humanidad y en favor de su salvación, sea escuchado, acogido, entendido y aplicado desde la clave cristológica. “Pero yo os digo”.  Esta expresión marca un antes y un después.

Y el después es la negación absoluta de cualquier tipo de violencia, de injusticia, de atropello y violación de la dignidad humana. Naturalmente, poner la otra mejilla, dar también el manto, caminar todo el espacio y tiempo que sea necesario, no rehuir los compromisos, no significa cooperar con el mantenimiento de la injusticia, pues estamos llamados a transformar el mundo, corregir los sistemas y ser luz y sal de la tierra.

No es lícita ninguna práctica, razón o argumento de tipo espiritual que pueda justificar los atropellos y violaciones de la dignidad de toda persona humana.

¿Cómo asumo los planteamientos de Jesús en nuestros días?

¿Cómo trato de aplicarlos?            
                                      
Fuente: Fr. Antonio Bueno Espinar O.P. Convento de Santa Cruz la Real (Granada)

sábado, 15 de junio de 2024

Comentario lectura evangelio 16/06/24

Hoy, Jesús nos ofrece dos imágenes de gran intensidad espiritual: la parábola del crecimiento de la semilla y la parábola del grano de mostaza. Son imágenes de la vida ordinaria que resultaban familiares a los hombres y mujeres que le escuchan, acostumbrados como estaban a sembrar, regar y cosechar. Jesús utiliza algo que les era conocido —la agricultura— para ilustrarles sobre algo que no les era tan conocido: el Reino de Dios.

Efectivamente, el Señor les revela algo de su reino espiritual. En la primera parábola les dice: «El Reino de Dios es como un hombre que echa el grano en la tierra» (Mc 4,26). E introduce la segunda diciendo: «¿Con qué compararemos el Reino de Dios (…)? Es como un grano de mostaza» (Mc 4,30).

La mayor parte de nosotros tenemos ya poco en común con los hombres y mujeres del tiempo de Jesús y, sin embargo, estas parábolas siguen resonando en nuestras mentes modernas, porque detrás del sembrar la semilla, del regar y cosechar, intuimos lo que Jesús nos está diciendo: Dios ha injertado algo divino en nuestros corazones humanos.

¿Qué es el Reino de Dios? «Es Jesús mismo», nos recuerda Benedicto XVI. Y nuestra alma «es el lugar esencial donde se encuentra el Reino de Dios». ¡Dios quiere vivir y crecer en nuestro interior! Busquemos la sabiduría de Dios y obedezcamos sus insinuaciones interiores; si lo hacemos, entonces nuestra vida adquirirá una fuerza e intensidad difíciles de imaginar.

Si correspondemos pacientemente a su gracia, su vida divina crecerá en nuestra alma como la semilla crece en el campo, tal como el místico medieval Meister Eckhart expresó bellamente: «La semilla de Dios está en nosotros. Si el agricultor es inteligente y trabajador, crecerá para ser Dios, cuya semilla es; sus frutos serán de la naturaleza de Dios. La semilla de la pera se vuelve árbol de pera; la semilla de la nuez, árbol de nuez; la semilla de Dios se vuelve Dios».

Fuente: Fr. Faust BAILO (Toronto, Canadá)

viernes, 14 de junio de 2024

Comentario lectura evangelio 15/06/24

De la Iglesia Católica: El Nombre de Dios

I. El Nombre del Señor es santo

El segundo mandamiento prescribe respetar el nombre del Señor. Pertenece, como el primer mandamiento, a la virtud de la religión y regula más particularmente el uso de nuestra palabra en las cosas santas.

Entre todas las palabras de la Revelación hay una, singular, que es la revelación de su Nombre. Dios confía su Nombre a los que creen en Él; se revela a ellos en su misterio personal. El don del Nombre pertenece al orden de la confidencia y la intimidad. «El nombre del Señor es santo». Por eso el hombre no puede usar mal de él. Lo debe guardar en la memoria en un silencio de adoración amorosa (cf Za 2, 17). No lo empleará en sus propias palabras, sino para bendecirlo, alabarlo y glorificarlo (cf Sal 29, 2; 96, 2; 113, 1-2).

La deferencia respecto a su Nombre expresa la que es debida al misterio de Dios mismo y a toda la realidad sagrada que evoca. El sentido de lo sagrado pertenece a la virtud de la religión:

El fiel cristiano debe dar testimonio del nombre del Señor confesando su fe sin ceder al temor (cf Mt 10, 32; 1 Tm 6, 12). La predicación y la catequesis deben estar penetradas de adoración y de respeto hacia el nombre de Nuestro Señor Jesucristo.

El segundo mandamiento prohíbe abusar del nombre de Dios, es decir, todo uso inconveniente del nombre de Dios, de Jesucristo, de la Virgen María y de todos los santos.

Las promesas hechas a otro en nombre de Dios comprometen el honor, la fidelidad, la veracidad y la autoridad divinas. Deben ser respetadas en justicia. Ser infiel a ellas es abusar del nombre de Dios y, en cierta manera, hacer de Dios un mentiroso (cf 1 Jn 1, 10).

La blasfemia se opone directamente al segundo mandamiento. Consiste en proferir contra Dios —interior o exteriormente— palabras de odio, de reproche, de desafío; en injuriar a Dios, faltarle al respeto en las expresiones, en abusar del nombre de Dios. Santiago reprueba a «los que blasfeman el hermoso Nombre (de Jesús) que ha sido invocado sobre ellos» (St 2, 7). La prohibición de la blasfemia se extiende a las palabras contra la Iglesia de Cristo, los santos y las cosas sagradas. Es también blasfemo recurrir al nombre de Dios para justificar prácticas criminales, reducir pueblos a servidumbre, torturar o dar muerte. El abuso del nombre de Dios para cometer un crimen provoca el rechazo de la religión.

La blasfemia es contraria al respeto debido a Dios y a su santo nombre. Es de suyo un pecado grave (cf CIC can. 1396).

Las palabras mal sonantes que emplean el nombre de Dios sin intención de blasfemar son una falta de respeto hacia el Señor. El segundo mandamiento prohíbe también el uso mágico del Nombre divino.

II. Tomar el Nombre del Señor en vano.

El segundo mandamiento prohíbe el juramento en falso. Hacer juramento o jurar es tomar a Dios por testigo de lo que se afirma. Es invocar la veracidad divina como garantía de la propia veracidad. El juramento compromete el nombre del Señor. «Al Señor tu Dios temerás, a él le servirás, por su nombre jurarás» (Dt 6, 13).

La reprobación del juramento en falso es un deber para con Dios. Como Creador y Señor, Dios es la norma de toda verdad. La palabra humana está de acuerdo o en oposición con Dios que es la Verdad misma. El juramento, cuando es veraz y legítimo, pone de relieve la relación de la palabra humana con la verdad de Dios. El falso juramento invoca a Dios como testigo de una mentira.

Es perjuro quien, bajo juramento, hace una promesa que no tiene intención de cumplir, o que, después de haber prometido bajo juramento, no mantiene. El perjurio constituye una grave falta de respeto hacia el Señor que es dueño de toda palabra. Comprometerse mediante juramento a hacer una obra mala es contrario a la santidad del Nombre divino.

Jesús expuso el segundo mandamiento en el Sermón de la Montaña: «Habéis oído que se dijo a los antepasados: «no perjurarás, sino que cumplirás al Señor tus juramentos». Pues yo os digo que no juréis en modo alguno... sea vuestro lenguaje: «sí, sí»; «no, no»: que lo que pasa de aquí viene del Maligno» (Mt 5, 33-34.37; cf St 5, 12). Jesús enseña que todo juramento implica una referencia a Dios y que la presencia de Dios y de su verdad debe ser honrada en toda palabra. La discreción del recurso a Dios al hablar va unida a la atención respetuosa a su presencia, reconocida o menospreciada en cada una de nuestras afirmaciones.

Siguiendo a san Pablo (cf 2 Co 1, 23; Ga 1, 20), la Tradición de la Iglesia ha comprendido las palabras de Jesús en el sentido de que no se oponen al juramento cuando éste se hace por una causa grave y justa (por ejemplo, ante el tribunal). «El juramento, es decir, la invocación del Nombre de Dios como testigo de la verdad, sólo puede prestarse con verdad, con sensatez y con justicia» (CIC can. 1199, §1).

La santidad del nombre divino exige no recurrir a él por motivos fútiles, y no prestar juramento en circunstancias que pudieran hacerlo interpretar como una aprobación de una autoridad que lo exigiese injustamente. Cuando el juramento es exigido por autoridades civiles ilegítimas, puede ser rehusado. Debe serlo, cuando es impuesto con fines contrarios a la dignidad de las personas o a la comunión de la Iglesia.

Fuente: Juan Pablo II, papa.

jueves, 13 de junio de 2024

Comentario lectura evangelio 14/06/24

Hoy, Jesús nos habla claramente del amor indisoluble, fruto de un amor casto (“ecológico”, de respeto a la naturaleza). Tal como afirmó el Papa Francisco, «la santidad y la indisolubilidad del matrimonio cristiano, que con frecuencia se desintegra bajo la tremenda presión del mundo secular, debe ser profundizada por una clara doctrina y apoyada por el testimonio de parejas casadas comprometidas». Desgraciadamente, hoy en día, puede ser un tema polémico, porque parezca que vivir la castidad y la virtud de la santa pureza en medio de este mundo quede como algo trasnochado, o incluso como que puede quitarnos la libertad.

De lo que hay en nuestro corazón, hablan también nuestros “ojos”. La mirada de los esposos, por ejemplo, debe ser expresión de un amor casto y puro que dure para siempre. «Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón» (Mt 5,28).

Esta pureza de corazón se expresa tratando con dignidad nuestro cuerpo: «Vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo», nos dice san Pablo (1Cor 6,19). El Evangelio de hoy tiene que llevar a entender lo sagrado del matrimonio. No se trata de entender el Evangelio de una manera literal, puesto que perder un ojo o una mano, no nos exime de pecar y además sería otro mal añadido. El sentido de las palabras de Jesús, es de sacrificio para ser fieles al proyecto de fidelidad a Dios, hasta vivir el matrimonio para lo que fue creado y después elevado a sacramento (para los cristianos).

Jesús quiere devolver a la ley divina su fuerza, y dice: «Todo el que repudia a su mujer (…) la hace ser adúltera» (Mt 5,32). Con estas palabras nos muestra hasta qué punto cada uno es responsable de la santidad de su esposo / esposa. Estamos llamados a ser “uno” en el santo matrimonio. Es cierto que muchas veces el matrimonio no es algo fácil: vivir santamente conlleva la cruz… «El amor no nos deja indiferentes», diría Benedicto XVI.

Fuente: Rev. D. Pablo CASAS Aljama (Sevilla, España)