Volveré a casa de mi padre como
el hijo pródigo y seré acogido. Como hizo él, lo haré yo también. ¿No me
escuchará? A tu puerta, Padre misericordioso, llamaré. ¡Ábreme, que entre, que
no me pierda de nuevo y muera! Tú me has constituido heredero tuyo, y yo he
dilapidado mi herencia. ¡Trátame como a uno de tus jornaleros.
Como del publicano ¡ten piedad de mí y viviré! Como a la pecadora ¡perdóname mi pecado, Hijo de Dios! Como a Pedro ¡sácame de las aguas de mi bajeza, que no me hunda! Como a la oveja perdida ¡búscame y me encontrarás y sobre tus hombres, Señor, llévame a la casa del Padre!
Como al ciego, ¡ábreme los ojos, que vea la luz! Como al sordo ¡ábreme los oídos y escucharé tu voz! Como al paralítico ¡cura mi enfermedad y alabaré tu nombre! Como al leproso ¡con tu hisopo purifícame de mis inmundicias! (Sal 50,9) Como a la niña, hija de Jairo, ¡dame la vida, oh Señor! Como a la suegra de Pedro, ¡cúrame porque estoy enfermo! Como al joven ¡hijo de la viuda, levántame! Como a Lázaro, ¡llámame por tu voz y desata mis vendas! Ya que estoy muerto por el pecado, como por una enfermedad. ¡Levántame de mi desastre para que alabe tu nombre! Te lo pido, Señor de tierra y cielo, ¡ven en mi auxilio y muéstrame el camino para que llegue hasta ti! ¡Llévame hasta ti, Hijo del Sumo Bien y colma tu misericordia! Iré hacia ti y me saciaré de tu alegría.
Fuente: Santiago de Sarug