Con la gracia del Señor, os voy a
hablar de la lectura del santo Evangelio que acabamos de oír, y en nombre del
Señor mismo os exhorto a que no se duerma en vuestros corazones la fe que hace
frente a las tempestades y oleajes de este mundo. En efecto, no cabe que Cristo
el Señor tuviera dominio sobre su muerte (Cf Jn 10,18) y no lo tuviera sobre su
sueño, ni que el sueño se apoderase del navegante omnipotente sin quererlo él.
Si creéis esto, él duerme en vosotros; si, por el contrario, Cristo está
despierto en vosotros, despierta está vuestra fe. Dice el Apóstol que Cristo
habita en vuestros corazones por la fe ( Ef 3,17). Luego también el sueño de
Cristo es signo de un misterio Los navegantes son las almas que pasan este
mundo en un madero. La nave figuraba asimismo a la Iglesia. Y, en efecto, todo
cristiano es templo de Dios, todo cristiano navega en su corazón y, si piensa
rectamente, no naufraga.
Has oído una afrenta, he ahí el
viento. Te airaste, he ahí el oleaje. Si sopla el viento y se encrespa el
oleaje, se halla en peligro la nave, fluctúa tu corazón, fluctúa tu corazón.
Oída la afrenta, deseas vengarte. Pero advierte que te vengaste y, claudicando
ante el mal ajeno, naufragaste. Pero ¿cuál es la causa de ello? Que Cristo duerme
en ti. ¿Qué significa: duerme en ti Cristo? Te olvidaste de Cristo. Despierta a
Cristo, pues; acuérdate de Cristo, esté Cristo despierto en ti: piensa en él.
¿Qué querías? Vengarte. ¿Se te ha pasado de la memoria que él, cuando fue
crucificado, dijo: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen (Lc 23,34)?
Quien dormía en tu corazón no quiso vengarse. Despiértale, acuérdate de él.
Memoria de él es su palabra; memoria de él, su precepto. Y, si Cristo está
despierto en ti, dirás para ti: «¿Qué clase de hombre soy yo para querer
vengarme? ¿Quién soy yo para proferir amenazas contra un hombre? Moriré quizá
antes de vengarme. Y si salgo de este mundo resoplando, inflamado de ira y
sediento de venganza, no me recibirá el que no quiso vengarse; no me recibirá el
que dijo: Dad y se os dará, perdonad y se os perdonará (Lc 6,37-38). Por lo
tanto, haré que amaine mi ira y volveré a la quietud de mi corazón». Dio
órdenes Cristo al mar y se produjo la bonanza (Cf Mt 8,26).
Lo que he dicho respecto a la
ira, retenedlo como norma para todas las tentaciones que os sobrevengan. Surgió
la tentación, es el viento; te turbaste, es el oleaje. Despierta a Cristo;
hable él contigo. ¿Quién es este, dado que le obedecen el viento y el mar(Mt
8,27)? ¿Quién es este a quien obedece el mar? Suyo es el mar; él lo hizo (Sal
94,5). Todo fue hecho por él (Jn 1,3). Imita más bien a los vientos y al mar;
obedece al Creador. Escucha el mar la orden de Cristo ¿y tú permaneces sordo?
Le escucha el mar, amaina el viento ¿y tú soplas? ¿Qué? Hablo, actúo, simulo:
¿qué es esto sino soplar y no querer ceder ante la orden de Cristo? No os venza
el oleaje cuando se perturbe vuestro corazón. Pero, puesto que somos hombres,
si el viento nos empuja, si nos mueve el afecto de nuestra alma, no perdamos la
esperanza; despertemos a Cristo para navegar en la bonanza y llegar a la
patria. Vueltos al Señor…
Fuente: San Agustín, obispo