viernes, 24 de abril de 2026

Comentario lectura evangelio 25/04/26

El Señor trabajaba con ellos y confirmaba la Palabra

El Señor le dijo a los Once: “Estas señales acompañarán a los que crean: en mi Nombre, echarán demonios; hablarán un nuevo lenguaje; tomarán a las serpientes con las manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño; les impondrán sus manos a los enfermos, y los enfermos recuperarán la salud”. En la Iglesia primitiva, todos estos signos que el Señor enumera, no solo los apóstoles, sino también muchos otros santos los cumplieron al pie de la letra. Los paganos no habrían abandonado el culto a los ídolos si la predicación evangélica no hubiera sido confirmada por tantos signos y milagros. De hecho, ¿no eran los discípulos de Cristo los que predicaban a “un Mesías crucificado, escándalo para los judíos y locura de los paganos”, según la expresión de san Pablo? (1Co 1,23)...

Pero en cuanto a nosotros, ya no necesitamos signos y prodigios: nos basta leer o escuchar la historia de los que estuvieron allí. Porque nosotros creemos en el Evangelio, creemos en lo que cuentan las Escrituras.

No obstante, aún se producen señales todos los días; y si realmente queremos prestar atención, reconoceremos que tal vez éstas tienen más valor que los milagros materiales de otros tiempos.

Cada día los sacerdotes dan el bautismo y hacen llamadas a la conversión: ¿no es eso cazar a los demonios? Cada día hablan un lenguaje nuevo cuando explican las santas Escrituras y reemplazan los antiguos escritos con la novedad del sentido espiritual. Hace huir a las serpientes, cuando quitan lo que une a los corazones de los pecadores con el vicio, por una dulce persuasión...; curan a los enfermos cuando reconcilian a Dios con sus almas inválidas por medio de sus plegarias. Tales eran los signos que el Señor había prometido para sus santos: tales son los que se realizan aún hoy en día.

Fuente: San Bruno de Segni (c. 1045-1123), obispo

jueves, 23 de abril de 2026

Comentario lectura evangelio 24/04/26

Recibir con Fe un gran misterio de Amor

[Santa Catalina escuchó a Dios decir:] Queridísima hija, abre bien los ojos de la inteligencia para contemplar el abismo de mi Caridad. No existe una criatura razonable en la que el corazón no se quiebre por la fuerza del Amor, al considerar todos los bienes con los que los he llenado, las gracias que reciben en este Sacramento. (…)

¿Quién gusta y ve y toca este sacramento? Los sentidos del alma. ¿Con qué ojos lo ve? Con los ojos de la inteligencia, si esos ojos poseen la pupila de la santa Fe. Estos ojos ven con pureza a Dios entero, al hombre entero, la naturaleza divina unida a la naturaleza humana. Ven el cuerpo, el alma, la sangre de Cristo, el alma unida a su cuerpo, el cuerpo y el alma unidos a mi naturaleza divina, sin que ella esté separada de Mi. (…) ¿Y quién la toca? Las manos del Amor. Si, es con estas manos que el alma toca lo que los ojos del espíritu han visto y conocido por la fe en el sacramento. Ella toca con sus manos de Amor, asegurándose de aquello que la inteligencia ha visto y conocido por la Fe. ¿Quién lo gusta? El gusto del santo deseo. El gusto corporal gusta el sabor del pan y el gusto del alma -que es el santo deseo- gusta al Dios-hombre. Ves que los sentidos del cuerpo aquí son decepcionados, pero no lo son los sentidos del alma, gracias a la luz y la certeza que ella posee en sí misma.

Los ojos de la inteligencia han percibido con la pupila de la santísima Fe. Habiendo visto y conocido, toca con fe, con las manos del Amor lo que ha conocido con la fe. Con ese gusto que está en ella, por el ardiente deseo, el alma gusta lo que vio y tocó, el Amor inefable de mi ardiente Caridad. Es este Amor que ha querido invitarla a recibir un misterio tan grande, con la gracia que produce, en este Sacramento.

Fuente: Santa Catalina de Siena (1347-1380), terciaria dominica, doctora de la Iglesia, copatrona de Europa

miércoles, 22 de abril de 2026

Comentario lectura evangelio 23/04/26

« El que coma de este pan que baja del cielo, vivirá para siempre»

La Virgen María dio a luz a Jesucristo, lo calentó entre sus brazos, lo envolvió con pañales y lo rodeó de cuidados maternales. El cuerpo que ahora recibimos y la sangre redentora que bebemos en el sacramento del altar es este mismo Jesús. Esto es lo que tiene como verdadero la fe católica, y lo que la Iglesia enseña fielmente.

¡Ninguna lengua humana podrá glorificar suficientemente a aquella de quien tomó carne «el mediador entre Dios y los hombres»! (1 Tm 2,5). Ningún elogio humano tiene talla para estar a la medida de aquella cuyas entrañas purísimas han dado el fruto que es el alimento de nuestras almas; aquel que, dicho de otra manera, da testimonio de sí mismo con estas palabras: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre». Y, efectivamente, nosotros que fuimos echados del paraíso de delicias a causa de un alimento, es también por un alimento que encontramos de nuevo los gozos del paraíso. Eva tomó un alimento, y nosotros hemos sido condenados un ayuno eterno; María nos ha dado un alimento, y nos ha sido abierta la entrada al festín del cielo.

Fuente: San Pedro Damián (1007-1072), benedictino, obispo de Ostia, doctor de la Iglesia

martes, 21 de abril de 2026

Comentario lectura evangelio 22/04/26

Dios ha previsto desde la eternidad que vendrá hacia él

Toda alma razonable tiene como fuente al verdadero Dios. Ella debe elegir lo que agrada a Dios y rechazar lo que a él desagrada, ya que el alma conoce en lo profundo de sí misma lo que es bueno y lo que es malo. Dios, que es único, en la energía de su corazón ha concebido una obra precisa y única y esta obra la ha multiplicado magníficamente. Porque Dios es un fuego vivo, un fuego para que respiren las almas, fuego que existe antes del comienzo, origen y tiempo de los tiempos. La voluntad de Dios penetra enteramente el mundo perecedero e inspira el término del mundo, que es la eternidad.

El poder de Dios posee la redondez de un temperamento hecho de equilibrio, no tiene ni comienzo ni fin y posee toda la amplitud para cumplir lo que desea, sin excepción. A la perfección que permite al poder de Dios de someter todo, se une el amor, como una especie de quietud en la acción, ya que el amor cumple perfectamente la voluntad de Dios, fuente de paz. El amor reviste sin embargo diferentes aspectos, tan numerosos como las virtudes que actúan en el hombre ya que el amor es la fuente de todo bien. El hombre debe dirigir hacia ese verdadero sol todas las intenciones de su corazón.

La presciencia de Dios se manifiesta en esa mirada de amor: amor y presciencia se acuerdan entre ellos. (…) El hombre que elige someterse al amor, ama lo que está en Dios, contempla a Dios en la pureza de la fe, no le ofrece nada mortal, sino que habita desde ahora en las alegrías celestes. Dios ha previsto desde la eternidad que vendrá hacia él.

Fuente: Santa Hildegarda de Bingen (1098-1179), abadesa benedictina y doctora de la Iglesia

lunes, 20 de abril de 2026

Comentario lectura evangelio 21/04/26

Danos siempre  de este pan.” (Jn 6,34)

Como primer signo de amor, Jesús nos ha dado su carne como comida, su sangre como bebida. Es una cosa inaudita que exige de nosotros admiración y estupor. Lo propio del amor es dar siempre y recibir siempre. Ahora bien, el amor de Jesús es a la vez pródigo y ávido. Todo lo que tiene, todo lo que es, lo da. Todo lo que tenemos, todo lo que somos, él lo asume.

Tiene un hambre infinita... Cuanto más nuestro amor le deja actuar, más ampliamente gustaremos de él. Tiene un hambre inmensa, insaciable. Sabe bien que somos pobres, pero no lo tiene en cuenta. Se hace pan él mismo dentro de nosotros, haciendo desaparecer primero, por su amor, vicios, faltas y pecados. Luego, cuando nos ve purificados, llega, ávido, para asumir nuestra vida y cambiarla en la suya, la nuestra llena de pecados, la suya llena de gracia y de gloria, preparada para nosotros, con tal de que renunciemos...Todos los que aman, me comprenderán. Nos da a experimentar un hambre y una sed eternas.

A esta hambre, a esta sed nos da en alimento su cuerpo y su sangre. Cuando los recibimos con devoción interior, su sangre llena de calor y de gloria corre desde Dios hasta nuestras venas. El fuego prende en el fondo de nosotros y el gusto espiritual nos penetra el alma y el cuerpo, el gusto y el deseo. Nos hace semejantes a sus virtudes: él vive en nosotros y nosotros en él.

Fuente: Beato Juan van Ruysbroeck (1293-1381), canónigo regular

domingo, 19 de abril de 2026

Comentario lectura evangelio 20/04/26

Hoy, después de la multiplicación de los panes, la multitud se pone en busca de Jesús, y en su búsqueda llegan hasta Cafarnaúm. Ayer como hoy, los seres humanos han buscado lo divino. ¿No es una manifestación de esta sed de lo divino la multiplicación de las sectas religiosas, el esoterismo?

Pero algunas personas quisieran someter lo divino a sus propias necesidades humanas. De hecho, la historia nos revela que algunas veces se ha intentado usar lo divino para fines políticos u otros. Hoy, en el Evangelio proclamado, la multitud se ha desplazado hacia Jesús. ¿Por qué? Es la pregunta que hace Jesús afirmando: «Vosotros me buscáis, no porque habéis visto señales, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado» (Jn 6,26). Jesús no se engaña. Sabe que no han sido capaces de leer las señales del pan multiplicado. Les anuncia que lo que sacia al hombre es un alimento espiritual que nos permite vivir eternamente (cf. Jn 6,27). Dios es el que da ese alimento, lo da a través de su Hijo. Todo lo que hace crecer la fe en Él es un alimento al que tenemos que dedicar todas nuestras energías.

Entonces comprendemos por qué el Papa nos anima a esforzarnos para re-evangelizar nuestro mundo que frecuentemente no acude a Dios por los buenos motivos. En la constitución "Gaudium et Spes" ("La Iglesia en el mundo actual") los Padres del Concilio Vaticano II nos recuerdan: «Bien sabe la Iglesia que sólo Dios, al que ella sirve, responde a las aspiraciones más profundas del corazón humano, el cual nunca se sacia plenamente con solo los alimentos terrenos». Y nosotros, ¿por qué continuamos siguiendo a Jesús? ¿Qué es lo que nos proporciona la Iglesia? ¡Recordemos lo que dice el Concilio Vaticano II! ¿Estamos convencidos del bienestar que proporciona este alimento que podemos dar al mundo?

Fuente: Abbé Jacques FORTIN, (Alma (Quebec), Canadá)

sábado, 18 de abril de 2026

Comentario lectura evangelio 19/04/26

Quédate con nosotros

 Los dos discípulos se dirigían a Emaús. Su porte era normal, como el de tantas otras personas que pasaban por aquellos parajes. Y es allí, con naturalidad, que Jesús se les aparece y camina con ellos, comenzando una conversación que les hace olvidar su fatiga… Jesús en el camino. ¡Señor, tú siempre eres grande! Pero me conmueves cuando condesciendes a seguirnos, a buscarnos en nuestro ir y venir cotidiano. Señor, concédenos la simplicidad de espíritu; danos una mirada pura, una inteligencia clara para poder comprenderte cuando vienes a nosotros sin ningún signo exterior de tu gloria.

Al llegar al pueblo, el trayecto se acaba y a los dos discípulos que, sin darse cuenta, han sido tocados en lo más profundo de su corazón por la palabra y el amor de Dios hecho hombre, les duele que se marche. Porque Jesús, se despide de ellos “aparentando que iba más lejos”. Nuestro Señor no se impone jamás. Una vez percibida la pureza del amor que ha puesto en nuestra alma, quiere que le llamemos libremente. Hemos de retenerle a la fuerza y rogarle: “Quédate con nosotros porque atardece y se acaba el día, empieza ya la noche”.

Nosotros somos así: nos falta audacia, quizás por falta de sinceridad, o por pudor. En el fondo pensamos: Quédate con nosotros, porque las tinieblas envuelven nuestra alma, y solo tú eres la luz, solo tú puedes calmar esta sed que nos consume… Y Jesús se queda con nosotros. Se abren nuestros ojos, como los de Cleofás y su compañero, cuando Cristo parte el pan; y aunque él desaparezca de nuevo de nuestra vista, seremos capaces de ponernos de nuevo en camino - empieza ya la noche- para hablar de él a los demás, porque tanto gozo no puede quedar guardado en un solo corazón.

Camino de Emaús. Nuestro Dios ha llenado de dulzura este nombre, y Emaús es el mundo entero porque el Señor ha abierto los caminos divinos de la tierra.

Fuente: San Josemaría Escrivá de Balaguer (1902-1975), presbítero, fundador