Si mediante la señal de la cruz y
la fe en Cristo conculcamos la muerte, habrá que concluir, a juicio de la
verdad, que es Cristo y no otro quien ha conseguido la palma y el triunfo sobre
la muerte, reduciéndola casi a la impotencia. Si además añadimos que la muerte
—antes prepotente y, en consecuencia, terrible—, es despreciada a raíz de la
venida del Salvador, de su muerte corporal y de su resurrección, es lógico
deducir que la muerte fue aniquilada y vencida por Cristo, al ser él izado en
la cruz.
Cuando, transcurrida la noche, el
sol asoma e ilumina con sus rayos la faz de la tierra, a nadie se le ocurre
dudar de que es el sol el que, esparciendo su luz por doquier ahuyenta las
tinieblas inundándolo todo con su esplendor. Así también, cuando la muerte
comenzó a ser despreciada y pisoteada tras la venida del Salvador en forma
humana para salvarnos y de su muerte en la cruz, aparece perfectamente claro
que fue el mismo Salvador quien, manifestándose corporalmente, destruyó la
muerte y consigue cada día en sus discípulos nuevos trofeos sobre ella.
Si alguien viere a unos hombres,
naturalmente pusilánimes, lanzarse confiadamente a la muerte sin temer la
corrupción del sepulcro ni rehuir el descenso a los infiernos, sino provocarla
con alegre disposición de ánimo; que no temen los tormentos, antes bien
prefieren, por amor a Cristo, la muerte a la presente vida; más aún, si alguien
fuera testigo de hombres, mujeres y hasta de tiernos niños que, a impulsos de
su amor a Cristo, corren apresuradamente al encuentro con la muerte, ¿quién
sería tan necio, tan incrédulo o tan ciego de entendimiento que no comprendiera
y reconociera que ese Cristo —a quien tales hombres rinden un testimonio
fidedigno— es el que concede y otorga a cada uno de ellos la victoria sobre la
muerte y destruye su poder en todos aquellos que creen en él y llevan marcada
la señal de la cruz?
Lo que acabamos de decir es un
argumento no despreciable de que la muerte ha sido aniquilada por Cristo y de
que la cruz del Señor ha sido izada como enseña contra ella. Respecto a que
Cristo, común Salvador de todos y vida verdadera, haya obrado la inmortal
resurrección del cuerpo, resulta mucho más evidente de los hechos que de las
palabras para quienes conservan sano el ojo del alma.
Pues bien, si la muerte ha sido
destruida y todos tienen el poder de vencerla por medio de Cristo, con mucha
más razón la venció y la destruyó primeramente él en su propio cuerpo.
Habiendo, pues, dado muerte a la muerte, ¿qué otra alternativa quedaba sino
resucitar el cuerpo y erigirlo en trofeo de su victoria? ¿Y cómo hubiera podido
comprobarse que la muerte había sido destruida, si no hubiera resucitado el
cuerpo del Señor? Si lo dicho no fuera para alguien prueba suficiente en orden
a demostrar su resurrección, preste fe a nuestras palabras al menos en base a
lo que es comprobable con los ojos.
Pues si un muerto no puede hacer
absolutamente nada: su recuerdo permanece vivo apenas hasta el sepulcro, y
luego se desvanece; y si sólo los vivos pueden actuar y ejercer cierta influencia
sobre los hombres: que lo compruebe quien quiera y, hechas las oportunas
averiguaciones, juzgue por sí mismo y confiese la verdad. Pues bien: si el
Salvador realiza entre los hombres tantas y tan estupendas cosas; si por
doquier convence silenciosamente a tantos griegos y bárbaros a que abracen su
fe y obedezcan todos su doctrina, ¿habrá todavía quien dude de que el Salvador
ha resucitado, de que Cristo vive, más aún, de que es la vida misma?
Fuente: San Atanasio, obispo