El verdadero creyente ilumina al mundo
En la efusión de su corazón, los
verdaderos fieles consideran la grandeza de la potencia divina. Constatando la
inestabilidad de su espíritu y la debilidad de su corazón, miden sus actos para
no caerse al depasar la medida justa en lo necesario, superior o inferior. Por
eso Pablo recomienda a sus fieles “Procedan en todo sin murmuraciones ni
discusiones : así serán irreprochables y puros, hijos de Dios sin mancha, en
medio de una generación extraviada y pervertida, dentro de la cual ustedes brillan
como haces de luz en el mundo, mostrándole la Palabra de Vida” (Flp 2,14-16).
El hombre está en una disyuntiva.
Si busca en la luz la salvación que viene de Dios, la obtendrá. Si elije el
mal, seguirá al diablo para del castigo. El hombre debe soportar su naturaleza
y todas sus obras sin murmurar, sin las deformaciones del pecado, sin
contestaciones, conduciéndose como verdadero creyente. Si ama el bien y detesta
el mal, no pondrá nunca en riesgo su liberación el día del último juicio,
cuando será separado de las criaturas que abrazaron el mal, desviándose del
bien.
Los que actúan amando el bien y
buscando de no herir a nadie, viven en hijos de Dios, en la sencillez de las
buenas obras, evitando murmuraciones y vanas disputas, rechazando sentimientos
negativos y mundanos. Insensibles a las trampas de la seducción, animan la
estima de los que se felicitan de su coraje en medio de una generación
pervertida. En la perfección de su verdadera fe, brillan como esos astros con
la misión de iluminar el mundo, como ha decidido el Creador del universo. Con
una doctrina que se encarna en la vida, convertirán hombres a Dios. Es de esta
manera que el Hijo de Dios, sin pecado, ha dado a todos su Luz.
Fuente: Santa Hildegarda de
Bingen (1098-1179), abadesa benedictina y doctora de la Iglesia