jueves, 13 de agosto de 2026

Comentario lectura evangelio 14/08/26

«Los dos no hacen más que uno sólo»

En la Biblia, la relación de  Dios con Israel viene expresada a través de las metáforas de los  desposorios y del matrimonio; y, por consiguiente, la idolatría es adulterio y prostitución… Pero el amor-eros de Dios por el hombre es al mismo tiempo y totalmente amor-agape. No tan sólo porque se nos da de manera absolutamente gratuita, sin ningún mérito anterior, sino porque es un amor que perdona… En la Biblia, pues, por una parte nos encontramos ante una imagen estríctamente metafísica de Dios : Dios es, de manera absoluta, la fuente originaria de todo ser; pero por otra parte, la razón primordial de ser de este principio creador de todas las cosas, es alguien que ama con toda la pasión de un verdadero amor. De esta manera, el amor-eros queda enoblecido al grado más alto y, al mismo tiempo, purificado hasta fundirse en uno solo con el amor-agape… La primera novedad de la fe bíblica consiste en esta imagen de Dios; la seguna, esencialmente unida a la primera, la encontramos en la imagen del hombre.

El  relato bíblico de la creación habla de la soledad del primer hombre, Adán, a quien Dios ha querido dar una ayuda… La idea de que el hombre,  por su misma constitución,  sería incompleto, es decir, siempre en búsqueda del otro, de la parte que le falta para su integridad, o sea, la idea de que es sólo en comunión con el otro sexo que llega a «ser completo», está, sin duda, presente. El relato bíblico se concluye con una profecía que se refiere a Adán: «Por eso el hombre dejará a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y los dos formarán una sola carne» (Gn 2,24).

Aquí hay dos aspectos importantes: el eros está como enraizado en la misma naturaleza del hombre; Adán está en búsqueda y «deja a su padre y a su madre» para encontrar a su mujer; es solamente unidos que representan la totalidad de la humanidad, que llegan a ser «una sola carne». El segundo aspecto no es menos importante: según una orientación que tiene su origen en la creación, el eros llama al hombre al matrimonio, a un vínculo caracterizado por la unicidad y por lo definitivo; así, y solamente así, su destino en profundidad llega a su plenitud. La imagen del matrimonio monogámico se corresponde con la imagen del Dios del monoteísmo. El matrimonio, fundado sobre un amor exclusivo y definitivo aparece como la imagen de la relación de Dios con su pueblo, y recíprocamente: la manera de amar de Dios se convierte en la medida del amor humano.

Fuente: Benedicto XVI, papa 2005-2013

Comentario lectura evangelio 13/08/26

Si perdonáis a los demás sus culpas, también vuestro Padre del cielo os perdonará a vosotros

Todo hombre está en deuda con Dios y todo hombre está en deuda con su hermano. En efecto, ¿quién no estaría en deuda con Dios sino aquel en quien no se encontrara pecado? ¿Y quién no estaría en deuda con su hermano sino aquel que nunca ha ofendido a nadie? Así pues, todo hombre es a la vez deudor y acreedor… Un mendigo te pide limosna y tú eres el mendigo de Dios, porque, cuando oramos, todos nosotros somos mendigos de Dios. Permanecemos en pié, o mejor, nos prosternamos ante la puerta de nuestro Padre de familia (cf Lc 11,5s); le suplicamos lamentándonos, deseosos de recibir de él una gracia, y esta gracia, es Dios mismo. ¿Qué es lo que te pide el mendigo? Pan. Y tú, que es lo que le pides a Dios si no es a Cristo, el cual ha dicho: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo” (Jn 6,51). ¿Queréis ser perdonados? Perdonad. “Devolved y se os devolverá”. ¿Queréis recibir? “Dad y se os dará” (Lc 6,37)…

Debemos, pues, estar dispuestos a perdonar todas las faltas que se cometen contra nosotros si queremos que Dios nos perdone. Sí, verdaderamente, si nos ponemos a considerar nuestros pecados y pasamos revista a las faltas que hemos cometido, no creo que podamos dormirnos sin que nos sintamos el peso de nuestra deuda. Por eso cada día presentamos a Dios nuestras peticiones, cada día nuestras peticiones llegan a sus oídos, cada día nos prosternamos diciendo: “Perdónanos nuestras ofensas, pues nosotros hemos perdonado a los que nos han ofendido”. ¿Qué deudas quieres que se te perdonen? ¿Todas, o una parte? Seguro que respondes: Todas. Pues haz tú lo mismo con tu deudor.

Fuente: San Agustín (354-430), obispo de Hipona (África del Norte), doctor de la Iglesia

miércoles, 12 de agosto de 2026

Comentario lectura evangelio 12/08/26

«Todo lo que desatareis en la tierra, será desatado en el cielo»: el sacramento del perdón

El otro día un periodista me hizo una curiosa pregunta: "¿Incluso usted tiene que confesarse?" Sí, le dije. Me confieso cada semana. "Entonces Dios tiene que ser muy exigente, si hasta usted tiene que confesarse."

Seguro que su hijo a veces se equivoca, le dije. Y ¿qué ocurre cuando viene y le dice «papá, lo siento»?, ¿qué hace usted? Lo rodea con sus brazos y lo besa. ¿Por qué? Pues porque esa es su manera de decirle que lo ama.  Dios hace lo mismo. Nos ama tiernamente. Por lo tanto cuando pecamos o cometemos un error, lo que debemos hacer es servirnos de eso para acercarnos más a Dios. Digámosle humildemente: «Sé que no debería haber hecho esto, pero incluso esta falta te la ofrezco».

Si hemos pecado o cometido un error, digámosle: «¡Lo siento! Me arrepiento». Dios es un Padre que perdona. Su clemencia es mayor que nuestros pecados. Él nos perdonará.

Fuente: Santa Teresa de Calcuta (1910-1997), fundadora de las Hermanas Misioneras de la Caridad

martes, 11 de agosto de 2026

Comentario lectura evangelio 11/08/26

«Vuestro Padre del cielo, no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños» (Mt 18,14)

«He aquí que el nombre del Señor viene de lejos» dice el profeta (Is 30,27) ¿Quién lo podría dudar? Era necesario que en los orígenes ocurriera alguna cosa grande para que la majestad de Dios se dignara descender de tan lejos a un lugar tan indigno de ella. Sí, efectivamente, había una cosa grande: su misericordia, su inmensa compasión, su abundante caridad. En efecto ¿con qué finalidad creemos que Cristo vino? Lo sabremos sin gran esfuerzo puesto que sus propias palabras y sus mismas obras nos revelan claramente la razón de su venida. Vino apresuradamente desde los montes a buscar la centésima oveja extraviada.

Vino por nuestra causa a fin de que las misericordias del Señor, así como sus maravillas, aparezcan con más clara evidencia a la vista de los hijos de los hombres (Sl 106,8). ¡Admirable condescendencia de Dios que nos busca, y gran dignidad del hombre así buscado! Si éste quiere gloriarse de ello puede hacerlo sin aparecer un loco, no porque por sí mismo pueda ser alguna cosa, sino porque es quien lo ha creado que lo ha hecho tan grande. En efecto, todas las riquezas, toda la gloria de este mundo, y todo lo que de él se pueda desear, todo es muy poca cosa e incluso nada en comparación de ésta gloria de la que tratamos. «¿Qué es el hombre para que tanto de él te ocupes, para que pongas en él tu atención?» (Jb 7,17)

Fuente: San Bernardo, abad

lunes, 10 de agosto de 2026

Comentario lectura evangelio 10/08/26

«Si el grano de trigo muere, da mucho fruto»

Cristo, primicias de la nueva creación..., después de haber derribado a la muerte, resucitó y subió al Padre como una ofrenda magnífica y resplandeciente; en cierta manera, como primicia de la raza humana renovada, incorruptible... Se le podría considerar bajo el símbolo de la gavilla de las primicias del trigo que el Señor manda ofrecer al Templo a Israel (Lv 23,9). ¿Qué es lo que representa este signo?
Al género humano se le puede comparar a las espigas de un campo. Nacen de la tierra, esperan obtener su máximo crecimiento y, en el momento querido, son cortadas por la guadaña de la muerte. Por eso Cristo dice a sus discípulos: «¿No decís vosotros: Cuatro meses más y llega la siega?  Pues bien, yo os digo: Alzad vuestros ojos y ved los campos que blanquean ya para la siega. Ya el segador recibe el salario, y recoge el fruto para la vida eterna» (Jn 4,35-36). Ahora bien, Cristo nació en medio de nosotros, nació de la Virgen santa así como las espigas salen de la tierra. Por eso en otra parte él mismo se nombra grano de trigo: «Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere da mucho fruto» (Jn 12,24). Así es como se ofreció él mismo al Padre por nosotros, como una gavilla y como las primicias de la tierra.

Porque la espiga de trigo, por otra parte igual que nosotros, no se la puede considerar aisladamente. Lo vemos en una gavilla formada por numerosos espigas de una sola brazada. Jesucristo es uno solo, pero es y se nos presenta realmente como si fuera una brazada, en el sentido que en él están contenidos todos los creyentes, evidentemente en una unión espiritual. Si no fuera así ¿cómo podría san Pablo escribir: «Nos ha resucitado con él, y con él nos ha sentado en el cielo»? (Ef 2,6-7). Efectivamente, puesto que se ha hecho uno de nosotros, nosotros somos «miembros del mismo Cuerpo» (Ef 3,6)... Él mismo en otra parte dirige estas palabras a su Padre: «Ruego, Padre, que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros» (Jn 17,21). El Señor es, pues, la primicia de la humanidad destinada a ser entrojada en los graneros del cielo.

Fuente: San Cirilo de Alejandría (380-444), obispo y doctor de la Iglesia

domingo, 9 de agosto de 2026

Comentario lectura evangelio 09/08/26

La Iglesia, victoriosa en las tempestades

Nuestra esperanza, como nuestra fe, que es la substancia y realidad, está en el cielo. Es allá arriba que nuestra esperanza permanece fijada, pero aquí abajo sostiene a nuestra vida. Si, en el nombre de Cristo y de su Cruz, los coros de ángeles cantan en el cielo, delante del trono de Dios, “gloria, honor, salvación y bendición”. Aquí abajo, la Iglesia de fieles, todavía peregrinos, pone toda su esperanza en la Cruz: “¡Cruz salvífica, única esperanza!” (Himno de la Pasión).

El océano de la humanidad se agita, los pueblos como oleaje se levantan y entrechocan bajo los vientos de pasiones sociales y políticas, las Rivas y playas de la paz son abatidos y derribados por las aguas desencadenadas. (…) ¿Quién mandará a los vientos y tempestades? ¿Quién acallará su estruendo y furia? (…)

No teman hermanos míos. Bajo los caudales de agua y las tempestades, el Señor del cielo y de la tierra camina a la sombra de tabernáculos y no pasará indiferente al lado de nuestra barca agitad. Vendrá a nosotros y nos dirá: “Tengan confianza, soy yo, no teman” (Mt 14,27). ¿No prometió que sería con nosotros hasta el fin de los tiempos? (…) ¿No creemos en él? ¿Quizás no lo conocemos? ¡Que no tenga que decir, después de tanto tiempo pasado con nosotros: “¿desde hace tanto tiempo que estoy con ustedes y todavía no me conocen?” (Jn 14,9).

Nos hemos perdido en medio de la tempestad, que agita el océano de la sociedad y los pueblos. Pero, nuestra confianza y esperanzas residen en la Cruz de Cristo, que permanece de pie en medio de las perturbaciones del mundo. Es ella el ancla que en las aguas desencadenadas ofrece la seguridad a la barca de la Iglesia y a nuestra alma. Es ella, la Cruz de Cristo, que lleva al puerto de los bienes supremos e invisibles, es ella el ancla fijada a Dios y a sus promesas infalibles.

Fuente: Venerable Pio XII (1876-1958), papa 1939-1958

viernes, 7 de agosto de 2026

Comentario lectura evangelio 08/08/26

«Creo ¡Ven en ayuda de mi poca fe!».

Al aprender o profesar la fe, adhiérete y conserva solamente la que ahora te entrega la Iglesia, la única que las santas Escrituras acreditan y defienden. Todos no pueden leer las –Escrituras-, unos porque no saben leer, otros porque sus ocupaciones se lo impiden, para que ningún alma perezca por ignorancia, hemos resumido, en los pocos versículos del Credo,  el conjunto de los dogmas de la fe.

La fe te viene de entender el texto, guárdala en tu memoria. Recíbela también, y cuando llegue el momento, comprenderás, cada uno de sus artículos, el testimonio de las divinas Escrituras. Porque tenéis que saber que el símbolo de la fe no lo han compuesto los hombres según su capricho; sino que los puntos más importantes, han sido entresacados del conjunto de las santas Escrituras y resume toda la doctrina de la fe.  Y a la manera de la semilla de mostaza, que, a pesar de ser un grano tan pequeño, contiene ya en sí  la magnitud de sus diversas ramas, del mismo modo el símbolo de la fe, en pocas palabras, todo lo que nos da  a conocer el antiguo y el nuevo Testamento.

Poned todo el cuidado, mis hermanos, y conservad la tradición que ahora habéis recibido y «grabadla en el interior de vuestro corazón»(Jr 17,1)... Como dice el Apóstol, «yo os recomiendo, delante de Dios que da la vida a todas las cosas, y  delante de Cristo Jesús, que dio  testimonio ante Poncio Pilato con tan noble profesión, que guardéis sin mancha la fe que habéis recibido, hasta el día de la manifestación de Cristo Jesús»(1Tm 6, 13-14).

Fuente: San Cirilo de Jerusalén (313-350), obispo de Jerusalén, doctor de la Iglesia