«Cuando vaya y os prepare un
lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también
vosotros» (Jn 6,3)
6, sobre las palabras del Señor
en la Última Cena, n. 56: PL 184, 904-905
Apareceré para juzgar, y os
aposentaré en aquellas estancias a fin de que allí estéis conmigo para siempre
Vosotros reinaréis conmigo en la
vida eterna, donde hay muchas estancias, es decir, multitud de grados de
gloria, pues allí uno es el resplandor del sol, otro el de la luna y otro el de
las estrellas. La casa de Dios Padre es esta: su predestinación y presciencia.
En esta casa, cada uno de los elegidos dispone de su propia estancia, de
acuerdo con el denario consignado, que es el mismo para todos: este denario
indica la duración de la vida en la eternidad, duración única para todos, sin
diferencia alguna.
O también: la casa de mi Padre es
el templo de Dios, el reino de Dios, esto es, los hombres justos, entre los
cuales existen múltiples diferencias. Y éstas son las estancias de la misma
casa, es decir, aquellos grados de gloria que están preparados en la
predestinación, como dice el Apóstol: El nos eligió antes de crear el mundo por
la predestinación; pero dichos grados de gloria hay que esperarlos activamente.
Por eso dice el Apóstol: A los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los
justificó. Palabras que sintonizan con aquellas del Señor: Si no, os lo habría
dicho, y me voy a prepararos sitio. Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y
os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros.
El sentido es éste: En la casa de
mi Padre son diversos los premios de los méritos. Pero como allí los puestos
son asignados por la predestinación, no es necesario que yo prepare estas
estancias. Y como todavía no son una realidad, por eso añade: Cuando vaya y os
prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis
también vosotros. Que es como si dijera: En la casa de mi Padre tenéis un
puesto por la predestinación; pero me voy al Padre y os los prepararé con el
concurso de vuestras obras. En la casa de mi Padre tenéis una eterna morada,
sólo que ya no podéis tomar posesión de ella si no es a través de un trabajo
personal a fondo. En la casa de mi padre disponéis de estancias en función
únicamente de la gracia y el don de Dios, pero quiero que las tengáis en
adelante también por mí.
Me alejo de vosotros según la
divinidad, y os prepararé, según la humanidad, aquella inefable bienaventuranza
que preparé para vosotros desde la creación del mundo según la divinidad. No
podéis en modo alguno disfrutar de aquellos inefables gozos de vida perenne, si
antes no soy despojado de la carne y nuevamente revestido de la misma carne.
Subiré al cielo y os enviaré el Espíritu Santo, que os enseñe a manifestar con
las obras vuestro reconocimiento, de modo que recibáis también con el concurso
de vuestros méritos aquel reino de la felicidad eterna, al cual estáis
predestinados.
Diariamente prepara el Señor
Jesús a sus fieles un sitio, al recordar a su Padre que su carne padeció por la
salvación del género humano; y así, el lugar que por su divinidad nos había
preparado, nos lo otorga ahora por su humanidad. Cada vez que hacemos una obra
buena: ayunando, orando, leyendo, meditando, llorando por nuestros pecados o
por el deseo de ver a Cristo, visitando al enfermo, dando de comer al
hambriento, u otras obras buenas que sería largo enumerar, día a día se nos va
preparando aquella feliz mansión en el cielo, por aquel que dijo: Sin mí no
podéis hacer nada. Pero sólo entonces nos introducirá en aquellas dichosísimas
moradas, si cuando viniere a dar a cada uno según sus obras, hallare que hemos
vivido en su fe y en su amor. Es exactamente lo que dice: Volveré y os llevaré
conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Que es como si
dijera: apareceré para juzgar, y os aposentaré en aquellas estancias, a fin de
que allí estéis conmigo para siempre. ¡Oh inmensa, oh dichosa felicidad, vivir
con Cristo!
Fuente: Beato Ogerio de Lucedio