viernes, 13 de febrero de 2026

Comentario lectura evangelio 14/02/26

«Ut unum sint – que sean uno» (Jn 17,21)

Es un caso admirable y único ver como los dos santos Cirilo y Metodio, teniendo que actuar en situaciones tan complejas y precarias, nunca trataron de imponer a los pueblos eslavos a los que habían de predicar, ni la indiscutible superioridad de la lengua griega ni de la cultura bizantina, ni tampoco los usos y costumbres de la sociedad más adelantada en las que ellos habían sido formados y a los cuales, evidentemente, se sentían unidos y estaban acostumbrados. Impulsados por el gran deseo de reunir en Cristo a los nuevos creyentes, adaptaron a la lengua eslava los ricos y refinados textos de la liturgia bizantina, y armonizaron las sutiles y complejas elaboraciones del derecho greco-romano con la mentalidad y las costumbres de los nuevos pueblos...

Estando como estaban sujetos al Imperio de Oriente y siendo fieles dependientes del Patriarcado de Constantinopla, creyeron que su deber era también dar cuentas al romano Pontífice de su trabajo misionero y someter a su juicio la doctrina que profesaban y enseñaban, los libros litúrgicos compuestos en lengua eslava y los métodos que había adoptado para la evangelización de estos pueblos, para obtener de él la aprobación. Habiendo emprendido su misión bajo el mandato de Constantinopla, más tarde buscaron, en un cierto sentido, la confirmación de su trabajo, volviéndose hacia la Sede apostólica de Roma, centro visible de la unidad  de la Iglesia.

Se puede decir que lo invocación de Jesús en su plegaria sacerdotal «ut unum sint – que sean uno» (Jn 17,21) representa su divisa misionera, con el mismo espíritu que las palabras del salmista: «¡Alabad al Señor todas las naciones, aclamadlo todos los pueblos!» (Sl 116,1). Para nosotros, los hombres y mujeres de hoy, su apostolado expresa también una llamada ecuménica: nos invita a reconstruir, en la paz de la reconciliación, la unidad que ha sido gravemente comprometida después de la época de los santos Cirilo y Metodio y, en primer lugar, la unidad entre Oriente y Occidente.

Fuente: San Juan Pablo II (1920-2005), papa

Cena Solidaria del Hambre 2026

El pasado día 11 celebramos la Cena Solidaria del Hambre dentro de la Campaña de Manos Unidas 2026, bajo el lema “Declara la Guerra al Hambre”. Fue un encuentro marcado por la cercanía, la reflexión y el compromiso compartido ante una realidad que sigue afectando a millones de personas en el mundo.

La velada comenzó con la proyección del estupendo vídeo promocional de la campaña, que nos ayudó a tomar conciencia de la urgencia de actuar. A continuación, se dio lectura al Manifiesto, un texto que nos invitó a no permanecer indiferentes y a implicarnos activamente en la construcción de un mundo más justo y solidario.

Uno de los momentos más enriquecedores fue el testimonio de dos enviados de Manos Unidas, Paloma y Miguel. Con sencillez y claridad, nos explicaron cómo se organizan y desarrollan los proyectos que la organización impulsa en distintos países. Compartieron ejemplos recientes en Marruecos, especialmente iniciativas destinadas a mejorar las condiciones de vida de mujeres en situación de vulnerabilidad, promoviendo su formación y autonomía económica. Sus palabras hicieron visible el impacto real y transformador de cada aportación.

Además, se destacó que nuestra Vicaría participa este año en un proyecto de autoabastecimiento alimentario en Guatemala, una iniciativa que busca fortalecer la seguridad alimentaria y la sostenibilidad de comunidades locales.

Fue, sin duda, una noche para renovar nuestro compromiso y declarar juntos la guerra al hambre.



jueves, 12 de febrero de 2026

Comentario lectura evangelio 13/02/26

«Todo lo que hace es admirable: hace oír a los sordos y hablar a los mudos»

Es preciso que examinemos de cerca qué es lo que hace que el hombre sea sordo. Por haber escuchado las insinuaciones del Enemigo y sus palabras, la primera pareja de nuestros antepasados han sido los primeros sordos. Y nosotros también, detrás de ellos, de tal manera que somos incapaces de escuchar y comprender las amables inspiraciones del Verbo eterno. Sin embargo, sabemos bien que el Verbo eterno reside en el fondo de nuestro ser, tan inefablemente cerca de nosotros y en nosotros que nuestro mismo ser, nuestra misma naturaleza, nuestros pensamientos, todo lo que podemos nombrar, decir o comprender, está tan cerca de nosotros y nos es tan íntimamente presente como lo es y está el Verbo eterno. Y el Verbo habla sin cesar al hombre. Pero el hombre no puede escuchar ni entender todo lo que se le dice, a causa de la sordera de la que está afectado... Del mismo modo ha sido de tal manera golpeado en todas sus demás facultades que es también mudo, y no se conoce a sí mismo. Si quisiera hablar de su interior, no lo podría hacer por no saber dónde está y no conociendo su propia manera de ser...

¿En qué consiste, pues, este cuchicheo dañino del Enemigo? Es todo este desorden que él te hace ver y te seduce y te persuade que aceptes, sirviéndose, para ello, del amor, o de la búsqueda de las cosas creadas de este mundo y de todo lo que va ligado a él: bienes, honores, incluso amigos y parientes, es decir, tu propia naturaleza, y todo lo que te trae el gusto de los bienes de este mundo caído. En todo esto consiste su cuchicheo...

Pero viene Nuestro Señor: mete su dedo sagrado en la oreja el hombre, y la saliva en su lengua, y el hombre encuentra de nuevo la palabra.

Fuente: Juan Taulero (c. 1300-1361), dominico en Estrasburgo

miércoles, 11 de febrero de 2026

Comentario lectura evangelio 12/02/26

"Deja que se sacien primero los hijos"

Jesús va a la región de los que no le reconocen y tampoco quiere hacerse notar, pero se enteran y su presencia suscitará en sus "enemigos" insultos y desprecios, porque están satisfechos o quizás porque tienen miedo de desestabilizar su vida. Aún son ricos de sus pensamientos y eso les hace rechazar a Cristo.

La mujer del pasaje en cambio, era pobre, absolutamente necesitada, impotente ante su realidad, llena de problemas, angustias y necesidades, por eso fue a buscarlo y se echó a sus pies.

El postrarse no se debe a ideas o razones. Acercarse a Cristo procede del amor más puro, del deseo absoluto del bien para quien amas de verdad, en este caso una hija. Procede de experimentar la total impotencia y "conocer" al que lo puede todo. Ahí llega el creer.

¿Es interés? ¡Más bien es instinto y Gracia!

Era una mujer pagana y aún así le rogaba. La primera respuesta de Cristo es de rechazo: "deja que se sacien primero los hijos"... los de mi Reino, los que me reconocen... pero a la mujer no le importa la respuesta, la humillación, el improperio indirecto, porque en ella puede más el amor a su hija. Nada puede frenar al corazón que necesita y que no tiene nada que perder, porque está en juego lo que más quiere. Ante eso, lo demás pierde fuerza.

Con mirada de fe, también de eso se vale la Providencia que nos guía y va conduciendo a que se haga en nosotros la Voluntad de Dios. Es la Gracia, la Presencia de Cristo vivo, la que nos hace contestar sorprendentemente confiados: "también los perros comen las migajas..."

¡Admirable palabras y reacción de Cristo ante esta mujer creyente! Es esa "fe" la que que le "obliga" a sanar a la hija, como Él mismo prometió: "el que crea con fuerza, hará mover una montaña". Y la fe de esta mujer conmovió al mismo Cristo.

¿Qué nos pasa? ¿Cómo son nuestros deseos y nuestro amor? Estamos apresados y nos mantenemos ahí, esperando... ¿qué? 

Fuente: Sor Inés Carmen de la Fuente Ruiz O.P., Monasterio de San Blas (Lerma, Burgos)

martes, 10 de febrero de 2026

Comentario lectura evangelio 11/02/26

El mal viene desde el corazón

El mal deliberado es fruto de la premeditación, pecamos sin dudas con premeditación. El profeta lo afirma claramente “¡Y eso que yo te había plantado con cepas escogidas, todas de simiente genuina! ¿Cómo entonces te has vuelto una planta degenerada, una viña bastarda?” (Jr 2,21). Buena planta, mal fruto : el mal viene de la premeditación. El que planta no es culpable, pero la viña será consumida por el fuego porque plantada para dar fruto, ella porta voluntariamente mal fruto. “Dios hizo recto al hombre, pero ellos se buscan muchas complicaciones” (Ecl 7,29). “Nosotros somos creación suya: fuimos creados en Cristo Jesús, a fin de realizar aquellas buenas obras, que Dios preparó de antemano para que las practicáramos” (Ef 2,10), dice el Apóstol. El Creador, que es bueno, creó en vista de buenas obras, mas la criatura por propia opción se tornó hacia el mal.

Ya lo hemos dicho, el pecado es un mal terrible. Pero no es un mal sin remedio. Terrible para el que se fija en él, posible de sanar para el que se separa por la penitencia. (…) Pero decimos: ¿Qué es el pecado? ¿Un animal, un demonio? ¿Cuál es la fuente? No es un enemigo que ataca del exterior, sino una producción malvada que puede crecer desde ti. Mira con franqueza y no habrá concupiscencia. Cuida lo que te pertenece, no tomes lo que es de otros, y la avaricia caerá. Piensa al juicio, entonces ni la fornicación ni el adulterio ni el asesinato ni ninguna desobediencia habitará en ti. Pero cuando olvidas a Dios, te pones a pensar en el mal y a cometer la iniquidad.

Fuente: San Cirilo de Jerusalén (313-350), obispo de Jerusalén, doctor de la Iglesia

lunes, 9 de febrero de 2026

Comentario lectura evangelio 10/02/26

Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres

Jesús al ser increpado por los fariseos, porque sus discípulos no guardaban los preceptos de lavarse las manos antes de comer, y otras similares, les recrimina por fijarse más en las apariencias externas que respetar los fundamentos de la ley, que había sido desvirtuada al asociar a la misma una enorme cantidad de preceptos humanos.

Es verdad que muchos de estos preceptos tenían como fin el prevenir frente a enfermedades contagiosas, aunque la gran mayoría lo ignoraban, pero a los fariseos poco les importaba las distintas situaciones humanas, su objetivo último era el cumplimiento de la ley y, fundamentalmente, si la interpretación de la misma redundaba a favor suyo.

Jesús les pone un ejemplo incontestable, y es que los preceptos eximen de la ayuda a los padres ancianos, si los bienes con los que iban a ayudarles los declaraban como “corbán”, es decir, ofrenda al templo, con lo que el mandamiento de honrar a los padres, quedaba eximido por la donación al templo.

Desgraciadamente, no se tratan de problemas ancestrales, hoy en día se sigue dando más importancia a la forma externa que al núcleo de nuestra fe, y sobre todo si con esto se mantienen los privilegios de unos pocos.

Jesús nos está animando continuamente a mantenernos firmes en lo realmente importante, el amor a Dios y al prójimo, y olvidarnos un poco de todo lo accesorio.

¿Nos mantenemos firmes en nuestra fe, o tenemos una fe de quita y pon? ¿Le damos más importancia a la forma externa, o lo que nos importa realmente es el fondo de nuestras convicciones?

Fuente: D. José Vicente Vila Castellar O.P., Fraternidad de Laicos Dominicos de Torrente (Valencia)

domingo, 8 de febrero de 2026

Comentario lectura evangelio 09/02/26

Hoy, en el Evangelio del día, vemos el magnífico "poder del contacto" con la persona de Nuestro Señor: «Colocaban a los enfermos en las plazas y le pedían que tocaran siquiera la orla de su manto; y cuantos la tocaron quedaban salvados» (Mc 6,56). El más mínimo contacto físico puede obrar milagros para aquellos que se acercan a Cristo con fe. Su poder de curar desborda desde su corazón amoroso y se extiende incluso a sus vestidos. Ambos, su capacidad y su deseo pleno de curar, son abundantes y de fácil acceso.

Este pasaje puede ayudarnos a meditar cómo estamos recibiendo a Nuestro Señor en la Sagrada Comunión. ¿Comulgamos con la fe de que este contacto con Cristo puede obrar milagros en nuestras vidas? Más que un simple tocar «la orla de su manto», nosotros recibimos realmente el Cuerpo de Cristo en nuestros cuerpos. Más que una simple curación de nuestras enfermedades físicas, la Comunión sana nuestras almas y les garantiza la participación en la propia vida de Dios. San Ignacio de Antioquía, así, consideraba a la Eucaristía como «la medicina de la inmortalidad y el antídoto para prevenirnos de la muerte, de modo que produce lo que eternamente nosotros debemos vivir en Jesucristo».

El aprovechamiento de esta "medicina de inmortalidad" consiste en ser curados de todo aquello que nos separa de Dios y de los demás. Ser curados por Cristo en la Eucaristía, por tanto, implica superar nuestro ensimismamiento. Tal como enseña Benedicto XVI, «Nutrirse de Cristo es el camino para no permanecer ajenos o indiferentes ante la suerte de los hermanos (…). Una espiritualidad eucarística, entonces, es un auténtico antídoto ante el individualismo y el egoísmo que a menudo caracterizan la vida cotidiana, lleva al redescubrimiento de la gratuidad, de la centralidad de las relaciones, a partir de la familia, con particular atención en aliviar las heridas de aquellas desintegradas».

Igual que aquellos que fueron curados de sus enfermedades tocando sus vestidos, nosotros también podemos ser curados de nuestro egoísmo y de nuestro aislamiento de los demás mediante la recepción de Nuestro Señor con fe.

Fuente: Fr. John GRIECO, (Chicago, Estados Unidos)