"Yo soy; no tengáis
miedo"
Los discípulos venían del monte
donde acababan de presenciar, allá en lo alto, el milagro del pan compartido en
la multiplicación de los panes y los peces. Y ahora deciden, siendo ya casi de
noche y sin la compañía del maestro, descender al mar y cruzar. Bajan a un mar
de dudas, a la noche y al peligro cierto de morir.
Cuando nos alejamos de Jesús
nuestras vidas se vuelven oscuras. De noche, en el relato, el tranquilo lago de
Tiberiades se convierte en un mar amenazante. Allí en Galilea, de vez en cuando
los vientos enfilan por los valles que se abren al lago, y la brisa se
convierte en un viento enfurecido que levanta olas de varios metros. El mar es
entonces lugar de peligros, símbolo de las fuerzas del mal, incontrolable por
el hombre, y la barca se vuelve un juguete a merced de las olas. Cuando no
llevamos a Jesús en la barca de nuestras vidas navegamos a oscuras,
desorientados, surgen grandes olas que nos llevan donde quieren. Y nos entra el
miedo, agotados de remar pero sin avanzar nada.
Estas tormentas de nuestra vida
son una prueba, un desafío a nuestra fe. Y por eso son también una oportunidad
de crecimiento. En esas olas, empujadas por el viento del Espíritu, desaparece
nuestra zona de confort. Nos reconocemos frágiles y vulnerables, necesitados de
una ayuda superior.
El relato tiene un sentido
pascual. Esa ayuda que necesitamos, solo puede venir de Cristo resucitado, el
único que nos quita los miedos, nos salva de la esclavitud del pecado, nos
devuelve a la vida, y nos hace libres. El Señor siempre va a nuestro encuentro.
En el momento de mayor peligro se acerca a la barca; se nos acerca. El lago de
Galilea mide de ancho unos 10 kms, y ellos habían remado 5; estaban lejos de
todo, de noche, en medio del caos de las olas. Pero él viene a rescatarnos. El
salmo de hoy hace referencia a este cuidado que tiene Dios de nosotros: Los
ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su
misericordia, para librar sus vidas de la muerte.
Y
¡cómo cambia todo cuando el Señor se acerca! Se presenta ante nosotros,
desaparecen las olas, y llega la calma y la serenidad. Y de repente estamos en
tierra firme (“en seguida”, dice el texto). El mar deja de ser un mar, y vuelve
a ser un
amable y dulce lago. Tenemos aún miedo de dejarle entrar en nuestros
corazones, pero Él nos tranquiliza. Sus palabras, solo dos frases, están llenas
de vida. Nos dice lo mismo que dice Dios innumerables veces en las escrituras:
no temáis. Y se presenta con el mismo nombre que Dios se da a sí mismo en el
antiguo testamento: Soy yo. Con el poder de Dios, Jesús domina y calma las
aguas. Camina por encima de ellas como un rey sobre una alfombra, como Señor de
la creación.
Y la barca llega al “sitio a
donde iban”. A pesar de las dificultades los proyectos de los discípulos fieles
a Jesús siempre acaban bien.
La barca es símbolo eclesial. En
la barca va la semilla de la futura iglesia, nuestra iglesia de hoy, que
también es amenazada con frecuencia por la oscuridad del mal y la zozobra de
las tormentas de este mundo.
De esta forma podemos cantar la
alegría del salmo: Que la palabra del Señor es sincera, y todas sus acciones son leales;
él ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra.
Centro de Predicación Bíblico
Pastoral, Convento de San Valentín de Berrio Ochoa (Villava)