«La celebración de la Pascua
según una fecha del calendario —afirma el Papa san León Magno— nos recuerda la
fiesta eterna que supera todo tiempo humano». «La Pascua actual —prosigue- es
la sombra de la Pascua futura. Por eso, la celebramos para pasar de una fiesta
anual a una fiesta que será eterna».
La alegría de estos días se
extiende a todo el Año litúrgico y se renueva de modo especial el domingo, día
dedicado al recuerdo de la resurrección del Señor. En él, que es como la
«pequeña Pascua» de cada semana, la asamblea litúrgica reunida para la santa
misa proclama en el Credo que Jesús resucitó el tercer día, añadiendo que
esperamos «la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro». Así se
indica que el acontecimiento de la muerte y resurrección de Jesús constituye el
centro de nuestra fe y sobre este anuncio se funda y crece la Iglesia.
San Agustín recuerda, de modo
incisivo: «Consideremos, amadísimos hermanos, la resurrección de Cristo. En
efecto, como su pasión significaba nuestra vida vieja, así su resurrección es
sacramento de vida nueva. (...) Has creído, has sido bautizado: la vida vieja
ha muerto en la cruz y ha sido sepultada en el bautismo. Ha sido sepultada la
vida vieja, en la que has vivido; ahora tienes una vida nueva. Vive bien; vive
de forma que, cuando mueras, no mueras» (Sermón Guelferb. 9, 3).
Las narraciones evangélicas, que
refieren las apariciones del Resucitado, concluyen por lo general con la
invitación a superar cualquier incertidumbre, a confrontar el acontecimiento
con las Escrituras, a anunciar que Jesús, más allá de la muerte, es el eterno
viviente, fuente de vida nueva para todos los que creen. Así acontece, por
ejemplo, en el caso de María Magdalena (cf.Jn 20, 11-18), que descubre el
sepulcro abierto y vacío, e inmediatamente teme que se hayan llevado el cuerpo
del Señor. El Señor entonces la llama por su nombre y en ese momento se produce
en ella un cambio profundo: el desconsuelo y la desorientación se transforman
en alegría y entusiasmo. Con prontitud va donde los Apóstoles y les anuncia:
«He visto al Señor» (Jn 20, 18).
Es un hecho que quien se
encuentra con Jesús resucitado queda transformado en su interior. No se puede
«ver» al Resucitado sin «creer» en él. Pidámosle que nos llame a cada uno por
nuestro nombre y nos convierta, abriéndonos a la «visión» de la fe.
La fe nace del encuentro personal
con Cristo resucitado y se transforma en impulso de valentía y libertad que nos
lleva a proclamar al mundo: Jesús ha resucitado y vive para siempre. Esta es la
misión de los discípulos del Señor de todas las épocas y también de nuestro tiempo:
«Si habéis resucitado con Cristo —exhorta san Pablo—, buscad las cosas de
arriba (...). Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra» (Col 3,
1-2). Esto no quiere decir desentenderse de los compromisos de cada día,
desinteresarse de las realidades terrenas; más bien, significa impregnar todas
nuestras actividades humanas con una dimensión sobrenatural, significa
convertirse en gozosos heraldos y testigos de la resurrección de Cristo, que
vive para siempre (cf. Jn 20, 25; Lc 24, 33-34).
Queridos hermanos y hermanas, en
la Pascua de su Hijo unigénito Dios se revela plenamente a sí mismo y revela su
fuerza victoriosa sobre las fuerzas de la muerte, la fuerza del Amor
trinitario.
La santísima Virgen María, que se
asoció íntimamente a la pasión, muerte y resurrección de su Hijo, y al pie de
la cruz se convirtió en Madre de todos los creyentes, nos ayude a comprender
este misterio de amor que cambia los corazones y nos haga gustar plenamente la
alegría pascual, para poder comunicarla luego, a nuestra vez, a los hombres y
mujeres del tercer milenio.
Fuente: Benedicto XVI, papa