lunes, 28 de septiembre de 2026

Comentario lectura evangelio 29/09/26

El Espíritu lo penetra todo, hasta lo más íntimo de Dios (1 Cor 2,10)

Grande, poderoso en sus dones, admirable, es el Espíritu Santo. (…) Has visto el poder que ejerce en el mundo entero. Que no te quedes a ras del suelo, sino elévate hacia el cielo. Sube en tus pensamientos al primer cielo y contempla las miríadas de ángeles que allí están. Si puedes, sube con tus pensamientos a mayor altura. Contempla los arcángeles, contempla a los espíritus, mira las Virtudes, (…) las Dominaciones. Dios ha dado al Paráclito como Señor y santificador de todos ellos.

Necesitan de él Elías, Eliseo e Isaías entre los hombres. Entre los ángeles, Miguel y Gabriel. Ninguna de las cosas creadas le iguala en honor. Todas las clases de ángeles y todos los ejércitos juntos no tienen comparación con el Espíritu Santo. A todos ellos eclipsa la potencia sumamente buena del Paráclito. Si alguno de ellos es enviado a realizar un ministerio (Cf. Heb 1, 14), escruta las profundidades de Dios, como dice el Apóstol “El Espíritu lo penetra todo, hasta lo más íntimo de Dios. En efecto, ¿qué hombre conoce lo íntimo del hombre sino el espíritu del hombre que está en él? Del mismo modo, nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios” (1 Cor 2,10-11).

Fuente: San Cirilo de Jerusalén (313-350), obispo de Jerusalén, doctor de la Iglesia

domingo, 27 de septiembre de 2026

Comentario lectura evangelio 28/09/26

«El más pequeño entre todos ustedes, ése es realmente grande»

«Vengan, dice Cristo a sus discípulos, y aprendan de mí»,  ciertamente que no a expulsar demonios por el poder del cielo, ni a curar leprosos, ni a devolver la vista a los ciegos, ni a resucitar muertos...; sino, dice él: «Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11:28-29). En efecto, esto es lo que todos podemos aprender y practicar. Hacer signos y milagros no siempre es necesario, ni tan sólo ventajoso para todos, ni tampoco se concede a todos.

Es, pues, la humildad la maestra de todas las virtudes, fundamento inquebrantable de todo el edificio, don magnífico y propio del Señor. El que la posea podrá hacer, sin peligro de enaltecerse, todos los milagros que Cristo obró porque busca imitar al manso Señor, no en la sublimidad de sus prodigios sino en las virtudes de la paciencia y la humildad. Por el contrario, el que está deseoso de mandar a los espíritus impuros, de devolver la salud a los enfermos, de mostrar a las multitudes cualquier signo maravilloso, podrá invocar el nombre de Cristo en medio de toda su ostentación, pero es extraño a Cristo porque su alma orgullosa no sigue al maestro de humildad.

Este es el legado que el Señor hizo a sus discípulos poco antes de volver a su Padre: «Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros; como yo los he amado »; e inmediatamente añade: «En esto conocerán que son mis discípulos: si se aman los unos a los otros» (Jn 13:34-35). Y es cierto que el que no es manso ni humilde no podrá amar así.

Fuente: San Juan Casiano (c. 360-435), fundador de la Abadía de Marsella

Comentario lectura evangelio 27/09/26

La obediencia, ¡base de las obras divinas!

Santa Hildegarda presenta una visión en la que vicio y virtud se responden:

-Desobediencia: “¿Por qué respetar los preceptos de otros? Haciendo eso, desconocemos quienes somos. Somos filósofos creíbles y sabemos más que otros. ¿Cómo no realizaríamos lo que sabemos? Lo que decido en mí-misma, sé cuánto es justo, útil y servicial… Lo que veo, toco, comprendo en mi cabeza, es lo que debo hacer”.

-Obediencia: “Yo, que obedezco, estoy unida a él. Cuando Dios, por su Verbo, ha hecho todo y él dijo “Fiat”, yo era el ojo de la Creación y bajo la orden de Dios, he velado. Así todo fue creado. Pero cuando el primer ángel empezó a vivir, se opuso rápidamente a Dios. Yo dije que sus obras no vivirían porque él quiso ser diferente y hasta trató de atacarme y morderme, pero no le fue posible. Estoy a la base de todas las obras divinas, tanto como el alma para el cuerpo. Ya que la voluntad del hombre cumple lo que él desea, yo soy la voluntad de Dios, terminando lo que Dios empieza… No toco, no quiero, no deseo nada que no sea en Dios… Tú, desobediencia, te asemejas a las hojas muertas, serás barrida como ellas…”

Fuente: Santa Hildegarda de Bingen (1098-1179), abadesa benedictina y doctora de la Iglesia

viernes, 25 de septiembre de 2026

Comentario lectura evangelio 26/09/26

Recibir y anunciar la pasión de nuestro Redentor

Sin la mínima iniquidad en sí mismo, ya que “no cometió pecado y nadie pudo encontrar una mentira en su boca” (1 Pe 2,22), el Señor ha sufrido y soportó el sufrimiento de la cruz para nuestra redención. Sólo él, es el único en el mundo que hace subir oraciones puras hacia el Padre. Aún en medio del sufrimiento de su pasión, ha rezado por sus persecutores, diciendo “Padre, perdónalos, no saben lo que hacen” (Lc 23,24). ¿Qué podemos decir, qué podemos imaginar más alto que acordar la misericordia de la intercesión a los mismos responsables del sufrimiento que soporta? (…)

“Tierra, no cubras mi sangre, que no haya un lugar de descanso para mi clamor” (Jb 16,18) Esta tierra, lo sabemos, no esconde la sangre de nuestro Redentor. Porque recibiendo el valor de su redención, cada pecador lo confiesa, lo alaba y se preocupa de hacerlo conocer a su prójimo. La tierra no se ha cubierto de su sangre porque la Iglesia ya ha predicado el misterio de la Redención en todo el mundo. (…)

Si queremos que el sacramento de la pasión del Señor no permanezca en nosotros en vano, debemos imitar y anunciar a otros el Dios que veneramos. Su grito permanecerá escondido en nosotros si nuestra boca se calla acerca de lo que nuestra alma cree. Para que su grito no permanezca escondido en nosotros, debemos dar a conocer a los que nos rodean, por todos los medios, el misterio de nuestra regeneración.

Fuente: San Gregorio Magno (c. 540-604), papa y doctor de la Iglesia

jueves, 24 de septiembre de 2026

Comentario lectura evangelio 25/09/26

«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»

¡Cristo! Siento la necesidad de anunciarlo, no puedo callarlo: «¡Desdichado de mí si no anuncio el Evangelio! (1C 9,16). Para esto he sido enviado; soy apóstol, soy testigo. Cuanto más lejos esta el objetivo más difícil es la misión, más me siento apremiado por el amor (2C 5,14). Debo proclamar su nombre: Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo (Mt 16,16). Él es quien nos ha revelado al Dios invisible, el primer nacido de toda criatura, es el fundamento de toda cosa (Col 1,15s). Es el Señor de la humanidad y el Redentor: nació, murió y resucitó por nosotros; es el centro de la historia y del mundo. Él es el que nos conoce y nos ama; es el compañero y el amigo de nuestra vida. Es el hombre del dolor y de la esperanza; es el que ha de venir y un día será también nuestro juez, nosotros le esperamos, es la plenitud eterna de nuestra existencia, nuestra bienaventuranza.

Nunca acabaría de hablar de él: él es la luz, es la verdad; mucho más, es «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14,6). Es el Pan, la Fuente de agua viva que sacian nuestra hambre y nuestra sed (Jn 6, 35; 7, 38); Es el Pastor, nuestro guía, nuestro ejemplo, nuestro consuelo, nuestro hermano. Igual que nosotros, y más que nosotros, ha sido pequeño, pobre, humillado, trabajador, desdichado y paciente. Para nosotros habló, hizo milagros, y fundó un Reino nuevo en el que los pobres serán dichosos, en el que la paz es el principio de la vida de todos juntos, en el que los que son puros de corazón y los que lloran serán exaltados y consolados, en el que los que suspiran por la justicia serán escuchados, en el que los pecadores pueden ser perdonados, en el que todos son hermanos.

Jesucristo: vosotros habéis oído hablar de él, e incluso la mayoría sois ya de los suyos, sois cristianos. ¡Pues bien! A vosotros cristianos os repito su nombre, a todos os lo anuncio: Jesucristo es «el principio y el fin, el alfa y la omega» (Ap 21,6). ¡Él es el rey del mundo nuevo; es el secreto de la historia, la llave de nuestro destino; es el Mediador, el puente entre la tierra y el cielo...; el Hijo del hombre, el Hijo de Dios..., el Hijo de María... Jesucristo! Acordaos: es el anuncio que hacemos para la eternidad, es la voz que hacemos resonar por toda la tierra (Rm 10,18) y por los siglos de los siglos.

Fuente: San Pablo VI, papa 1963-1978

miércoles, 23 de septiembre de 2026

Comentario lectura evangelio 24/09/26

“Herodes trataba de ver a Jesús”

El sol y la luna iluminan nuestros cuerpos. Así, Cristo y la Iglesia iluminan nuestro espíritu. Por lo menos los iluminan si nosotros no somos unos ciegos en el espíritu. Porque así como el sol y la luna no dejan de irradiar su claridad sobre los ciegos que no ven la luz, así Cristo envía su luz a nuestro espíritu. Pero esta iluminación sólo será efectiva si nuestra ceguera no les ofrece obstáculo. Pues bien, por de pronto que los ciegos sigan a Cristo gritando: “¡Ten piedad de nosotros, Hijo de David!” (Mt 9,27) y cuando hayan recobrado la vista, gracias a Cristo, serán iluminados por el esplendor de su luz.

Pero no todos los que ven son iluminados de la misma manera por Cristo. Cada uno lo es según la medida de la que es capaz de recibir la luz (cf Lc 23,8ss)...No vamos todos a él por el mismo camino, sino cada uno va según sus propias posibilidades.(cf Mt 25,15)

Fuente: Orígenes (c. 185-253), presbítero y teólogo

martes, 22 de septiembre de 2026

Comentario lectura evangelio 23/09/26

“Les envió por primera vez”

Ser apóstol ¿por medio de qué? Con aquellos que Dios pone a su disposición: los sacerdotes tienen sus superiores que les dicen lo que deben hacer. Los laicos deben ser apóstoles con aquellos a quienes pueden atender: sus prójimos y sus amigos, pero no sólo con ellos; la caridad no es estrecha, sino que abraza todo lo que abraza el corazón de Jesús.

¿Por medio de qué? Por los medios mejores, dándose a aquellos a los que se dirigen: con todos aquellos, sin excepción, con quienes están en relación a través de la bondad, la ternura, el afecto fraterno, el ejemplo de la virtud, por la humildad y la dulzura que siempre son atractivas y muy cristianas. Con algunos sin decirles jamás una palabra de Dios ni de religión, teniendo paciencia como Dios es paciente, siendo buenos como Dios es bueno, siendo un hermano tierno y orante. Con otros hablando de Dios en la medida en que ellos puedan soportar; desde que está en su pensamiento la búsqueda de la verdad por el estudio de la religión, procurando se relacionen con un sacerdote muy bien escogido y capaz de hacerles bien. Sobre todo ver en toda persona humana a un hermano.

Fuente: San Carlos de Foucauld (1858-1916), ermitaño y misionero en el Sahara