sábado, 13 de junio de 2026

Celebración de las Confirmaciones de Adultos en Nuestra Parroquia 2026

En la tarde de ayer, 12 de junio, nuestra parroquia vivió una jornada muy especial con la celebración del sacramento de la Confirmación de alrededor de cuarenta adultos, entre feligreses de la comunidad parroquial y miembros de nuestra hermandad.

La ceremonia estuvo presidida por Don Antero Pascual, Vicario Episcopal de Sevilla Zona I, quien acompañó a los confirmandos en este importante paso dentro de su vida cristiana. Junto a él concelebraron nuestro párroco, Don Mario, así como Don Manuel Moreno, vicario parroquial, y Don Manuel Cruz, sacerdote adscrito a nuestra parroquia.

La celebración estuvo marcada por un ambiente de profunda espiritualidad, cercanía y emoción. Los confirmandos, acompañados por familiares, padrinos y miembros de la comunidad, recibieron el don del Espíritu Santo en una ceremonia que destacó por su intensidad y significado. Las palabras dirigidas a los presentes animaron a todos a vivir su fe con compromiso, esperanza y entrega al servicio de la Iglesia.

Durante el acto se respiró un gran sentimiento de unión entre todos los asistentes, reforzando los lazos que hacen de nuestra parroquia una auténtica familia cristiana. Fue una tarde de encuentro, oración y alegría compartida, en la que los nuevos confirmados renovaron públicamente su compromiso con Cristo y con la comunidad eclesial.

Desde nuestra parroquia felicitamos a todos los que recibieron este sacramento y agradecemos la presencia de los sacerdotes que hicieron posible una celebración tan especial y memorable para todos los presentes.




viernes, 12 de junio de 2026

Comentario lectura evangelio 13/06/26

Su madre conservaba estas cosas en su corazón.

En el Nuevo Testamento vemos que la fe de María, por decirlo así, "atrajo" el don del Espíritu Santo. Ante todo en la concepción del Hijo de Dios, misterio que el mismo arcángel Gabriel explicó así: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra" (Lc 1, 35). (…) El corazón de María, en perfecta sintonía con su Hijo divino, es templo del Espíritu de verdad (Jn 14,17), donde cada palabra y cada acontecimiento son conservados en la fe, en la esperanza y en la caridad.

Así podemos tener la certeza de que el corazón santísimo de Jesús en todo el arco de su vida oculta en Nazaret encontró en el corazón inmaculado de su Madre un "hogar" siempre encendido de oración y de atención constante a la voz del Espíritu. Un testimonio de esta singular sintonía entre la Madre y el Hijo, buscando la voluntad de Dios, es lo que aconteció en las bodas de Caná (Jn 2,1s). En una situación llena de símbolos de la alianza, como es el banquete nupcial, la Virgen Madre intercede y provoca, por decirlo así, un signo de gracia sobreabundante: el "vino bueno" que hace referencia al misterio de la Sangre de Cristo. Esto nos remite directamente al Calvario, donde María está al pie de la cruz junto con las demás mujeres y con el apóstol san Juan. La Madre y el discípulo recogen espiritualmente el testamento de Jesús: sus últimas palabras y su último aliento, en el que comienza a derramar el Espíritu; y recogen el grito silencioso de su Sangre, derramada totalmente por nosotros (cf. Jn 19,25-34). María sabía de dónde venía esa sangre (cf Jn 2,9), pues se había formado en ella por obra del Espíritu Santo, y sabía que ese mismo "poder" creador resucitaría a Jesús, como él mismo había prometido.

Así, la fe de María sostuvo la de los discípulos hasta el encuentro con el Señor resucitado, y siguió acompañándolos incluso después de su Ascensión al cielo, a la espera del "bautismo en el Espíritu Santo" (cf. Hch 1,5). (…) Precisamente por eso María es para todas las generaciones imagen y modelo de la Iglesia, que juntamente con el Espíritu camina en el tiempo invocando la vuelta gloriosa de Cristo: "¡Ven, Señor Jesús!" (cf. Ap 22, 17.20).

Fuente: Benedicto XVI, papa 2005-2013

jueves, 11 de junio de 2026

Comentario lectura evangelio 12/06/26

Hoy, el Señor no nos ofrece una idea, sino su Corazón abierto. Sus palabras: venid, tomad, aprended (cf. Mt 11,28-29); son como tres pasos de una misma experiencia. Primero nos llama, porque sabe que el hombre, cuando se busca a sí mismo lejos de Dios, termina cansado de su propia grandeza imaginada. Luego nos entrega su yugo: no una carga que aplasta, sino un vínculo de amor que ordena la vida. Finalmente nos invita a aprender de Él, manso y humilde, porque sólo la humildad abre la puerta de una vida con sentido y de una verdadera capacidad de amar y servir.

San Agustín lo comprendió admirablemente: si el Altísimo se ha abajado, ¿por qué se hincha el hombre? Quien pretende elevarse sin Cristo acaba rompiéndose por dentro; quien se reduce a la medida del Humilde entra en la verdad. Y la verdad no humilla al hombre destruyéndolo, sino devolviéndole su forma más bella: la de hijo amado (cf. Serm. 70).

El Evangelio nos dice, precisamente, que el Padre revela sus misterios a los pequeños (cf. Mt 11,25). No se entra en el Reino por la autosuficiencia, sino por la pequeñez recuperada del corazón creyente.

Así, el descanso que ofrece Jesús no es evasión ni frialdad ante el dolor del mundo. Es la paz de quien ya no necesita defender su orgullo ni sostenerlo con falsas razones. Es una paz que permite amar, servir, cargar y esperar. El Corazón de Cristo nos introduce en la historia con una libertad nueva, firmes en su amistad y portadores de su paz “desarmada y desarmante”.

Por eso, ir a Cristo, a su Corazón, es camino de libertad y de verdad. Tomar su yugo es caminar unidos a Él. Aprender de su Corazón es aceptar que la grandeza cristiana no consiste en dominar, sino en servir a la comunión y a la paz. Lo resumía bellamente el Santo Padre León XIV: «Esta es la paz de Cristo resucitado, una paz desarmada y una paz desarmante, humilde y perseverante. Proviene de Dios, Dios que nos ama a todos incondicionalmente».

Fuente: Fray Justo DÍAZ Villarreal, (Città del Vaticano, Vaticano)

miércoles, 10 de junio de 2026

Comentario lectura evangelio 11/06/26

Hoy, Jesús nos invita a ir más allá de lo que puede vivir cualquier mero cumplidor de la ley. Aún, sin caer en la concreción de malas acciones, muchas veces la costumbre endurece el deseo de la búsqueda de la santidad, amoldándonos acomodaticiamente a la rutina del comportarse bien, y nada más. San Juan Bosco solía repetir: «Lo bueno, es enemigo de lo óptimo». Allí es donde nos llega la Palabra del Maestro, que nos invita a hacer cosas “mayores” (cf. Mt 5,20), que parten de una actitud distinta. Cosas mayores que, paradójicamente, pasan por las menores, por las más pequeñas. Encolerizarse, menospreciar y renegar del hermano no son adecuadas para el discípulo del Reino, que ha sido llamado a ser —nada más y nada menos— que sal de la tierra y luz del mundo (cf. Mt 5,13-16), desde la vigencia de las bienaventuranzas (cf. Mt 5,3-12).

Jesús, con autoridad, cambia la interpretación del precepto negativo “No matar” (cf. Ex 20,13) por la interpretación positiva de la profunda y radical exigencia de la reconciliación, puesta —para mayor énfasis— en relación con el culto. Así, no hay ofrenda que sirva cuando «te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti» (Mt 5,23). Por eso, importa arreglar cualquier pleito, porque de lo contrario la invalidez de la ofrenda se volverá contra ti (cf. Mt 5,26).

Todo esto, sólo lo puede movilizar un gran amor. Nos dirá san Pablo: «En efecto, lo de: No adulterarás, no matarás, no robarás, no codiciarás y todos los demás preceptos, se resumen en esta fórmula: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud» (Rom 13,9-10). Pidamos ser renovados en el don de la caridad —hasta el mínimo detalle— para con el prójimo, y nuestra vida será la mejor y más auténtica ofrenda a Dios.

Fuente: P. Julio César RAMOS González SDB, (Mendoza, Argentina)

martes, 9 de junio de 2026

Comentario lectura evangelio 10/06/26

Cristo es el cumplimiento de las Escrituras

«No he venido a abolir, sino a dar plenitud». La fuerza y el poder de estas palabras del Hijo de Dios encierran un profundo misterio.

En efecto, la Ley prescribía unas obras, pero ésta orientaba todas estas obras hacia la fe en las realidades que Cristo manifestaría, porque la enseñanza y la Pasión del Salvador nos revelan el designio grande y misterioso de la voluntad del Padre. La Ley, bajo el velo de las palabras inspiradas, anunció el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo, su encarnación, su Pasión, su resurrección; tanto los profetas como los apóstoles nos han enseñado repetidas veces que, desde toda la eternidad, estaba dispuesto que todo el misterio de Cristo sería revelado en nuestro tiempo...

Cristo no quiso que pensáramos que sus mismas obras contenían otra cosa que no fueran las prescripciones de la Ley. Por eso él mismo afirmó: «No he venido a abolir, sino a dar plenitud». El cielo y la tierra... deben desaparecer, pero no desaparecerá ni el más mínimo mandamiento de la Ley porque en Cristo toda la Ley y los profetas encuentran su fin y plenitud. Él mismo en el momento de la Pasión declaró: «Todo se ha cumplido» (Jn 19,30). En aquel momento se confirmaron todas las palabras de los profetas.

Por eso Cristo afirma que ni tan sólo el más pequeño de los mandamientos de Dios puede ser abolido sin ofender a Dios... Nada puede ser más humilde que la cosa más pequeña. Y la más humilde de todas ha sido la Pasión del Señor y su muerte en cruz.

Fuente: San Hilario (c. 315-367), obispo de Poitiers y doctor de la Iglesia

lunes, 8 de junio de 2026

Comentario lectura evangelio 09/06/26

El alma es penetrada con la luz de la razón, como el mundo por el sol

Todos los elementos son distintos en el hombre y respetan un orden determinado. El alma aparece como un fuego y, en ella, la razón es como una luz. El alma es penetrada con la luz de la razón, como el mundo es iluminado por el sol. Así, por la razón, ella puede prever y conocer todas las obras del hombre. (…)

El sol, obscurecido por una nube negra, escondido bajo los relámpagos, truenos y lluvias abundantes, no aparece. Cuando ellos cesan, el sol esparce de nuevo su luz. Así ocurre en el alma del hombre, tan oprimida por el cuerpo que ella actúa según los deseos de la carne y la luz interior de la razón se ensombrece. Porque la cólera es como el relámpago, la avidez como el trueno, los deseos ilícitos de la carne como las lluvias torrenciales. Cuando la penitencia la ha limpiado de sus males, el alma brilla de nuevo en la claridad de la verdadera luz, iluminada por la esperanza de la liberación y la salvación. El alma exhala entonces la razón, como el fuego solar difunde sus rayos, y por ella discierne lo que es celeste de lo que es terrestre.

El alma del hombre es afirmada por el fuego del sol del Espíritu Santo para cumplir el bien, pero el fuego de la pereza y de la negligencia, la debilita. El fuego de la paciencia y de la compunción del espíritu, se unen, hacen producir al hombre frutos buenos, lo confortan y lo ornan de todo lo que es útil para que nada lo pueda separar del servicio y amor de Dios.

Fuente: Santa Hildegarda de Bingen (1098-1179), abadesa benedictina y doctora de la Iglesia

domingo, 7 de junio de 2026

Comentario lectura evangelio 08/06/26

"Abriendo su boca, les enseñaba"

El Evangelio de hoy no es un consejo piadoso ni una sugerencia opcional: «Este es mi mandamiento: que os améis» y no con un amor cualquier sino «como yo os he amado». Aquí está la medida del amor.

Pero el amor de Jesús no es un sentimiento superficial, sino un amor que se arrodilla, que toca las heridas, que perdona cuando duele y que permanece cuando otros se van- Es un amor que llega hasta el extremo, hasta dar la vida.

Jesús da un paso audaz: «Ya no os llamo siervos… os llamo amigos». La relación con Dios deja de ser la de quien obedece por miedo o por obligación, y se convierte en la de quien vive desde la confianza y la intimidad con Él, porque el amigo no cumple órdenes ni vive en la distancia sino que comparte el corazón y entra en la vida del otro.

Pero ojo: esta amistad no es cómoda ni decorativa, exige que vivamos plenamente y por eso Jesús dice: «vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando». Es decir: la amistad con Jesús nos compromete, nos implica y nos saca de la pasividad. Por eso, no basta con sentirnos cerca de Jesús; hay que vivir como Él.

Y así, esta es una frase deberíamos llevar en el corazón: «No me habéis elegido vosotros a mí; soy yo quien os he elegido». Nuestra fe no es iniciativa nuestra, es una llamada. Fuimos llamados a ir y a dar fruto y no un fruto cualquier, sino un fruto que permanezca y que es capaz de transformar vidas.

Así que nos podemos preguntar: ¿Nuestro amor deja huella o pasa sin tocar a nadie? ¿Nuestra fe genera vida o se queda solo en las palabras?

Y Jesús lo resume todo al final: «Amaos los unos a los otros». Porque al final, lo único que permanecerá no serán nuestras obras brillantes ni nuestros discursos, sino el amor concreto que hayamos vivido y es ese amor el que nos salva.

La fe auténtica une discernimiento y amor: escuchar el Espíritu y amar con la medida del amor de Jesús, sin cargar a los demás con pesos innecesarios.

Preguntémonos: ¿Nuestra manera de vivir la fe alivia la vida de los demás o la complica?

Fuente: Fr. Jose Manuel Silva, Convento de San Pablo y San Gregorio (Valladolid)