viernes, 27 de febrero de 2026

Comentario lectura evangelio 28/02/26

La perfección de la caridad

Ustedes saben, hermanos, cuál es la perfección de la caridad. El Señor nos hace conocer en el Evangelio el grado supremo y la manera “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (Jn 13,15). En su Carta, San Juan nos invita a alcanzar esa perfección. Pero, nos interrogamos ¿cuándo podré tener tal caridad? No desesperes demasiado rápido. La caridad quizás ya está en ti, aunque todavía imperfecta. Alimentémosla para que ella no sea velada. ¿Cómo lo sé?, me dirás.

San Juan nos dice “Si alguien vive en la abundancia, y viendo a su hermano en la necesidad, le cierra su corazón, ¿cómo permanecerá en él el amor de Dios?” (1 Jn 3,17). He aquí dónde comienza la caridad. Si todavía no eres capaz de morir por tu hermano, sé capaz por lo menos de darle algo de tus bienes. ¡Qué la caridad ya mueva tu corazón, para hacerte actuar no por ostentación, sino por sobreabundancia de misericordia -surgida de lo profundo de ti mismo- y que ella te renda atento a la miseria de tu hermano! ¿Si no puedes dar a tu hermano de tu superfluo, cómo podrás dar tu vida por él? (…)

Si el amor del Padre permanece en ti, has nacido de Dios. ¿Puedes glorificarte de ser cristiano? Si tienes el nombre, debes tener las obras. Si tus obras se acuerdan con tu nombre, te pueden tratar de pagano, pero mostrarás por tus obras de ser cristiano. (…)  Hijitos míos, no amemos solamente con la lengua y de palabra, sino con obras y de verdad” (1 Jn 3,18).

Fuente: San Agustín (354-430), obispo de Hipona (África del Norte), doctor de la Iglesia

jueves, 26 de febrero de 2026

Comentario lectura evangelio 27/02/26

Hoy, el Señor, al hablarnos de lo que ocurre en nuestros corazones, nos incita a convertirnos. El mandamiento dice «No matarás» (Mt 5,21), pero Jesús nos recuerda que existen otras formas de privar de la vida a los demás. Podemos privar de la vida a los demás abrigando en nuestro corazón una ira excesiva hacia ellos, o al no tratarlos con respeto e insultarlos («imbécil»; «renegado»: cf. Mt 5,22).

El Señor nos llama a ser personas íntegras: «Deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano» (Mt 5,24), es decir, la fe que profesamos cuando celebramos la Liturgia debería influir en nuestra vida cotidiana y afectar a nuestra conducta. Por ello, Jesús nos pide que nos reconciliemos con nuestros enemigos. Un primer paso en el camino hacia la reconciliación es rogar por nuestros enemigos, como Jesús solicita. Si se nos hace difícil, entonces, sería bueno recordar y revivir en nuestra imaginación a Jesucristo muriendo por aquellos que nos disgustan. Si hemos sido seriamente dañados por otros, roguemos para que cicatrice el doloroso recuerdo y para conseguir la gracia de poder perdonar. Y, a la vez que rogamos, pidamos al Señor que retroceda con nosotros en el tiempo y lugar de la herida —reemplazándola con su amor— para que así seamos libres para poder perdonar.

En palabras de Benedicto XVI, «si queremos presentarnos ante Él, también debemos ponernos en camino para ir al encuentro unos de otros. Por eso, es necesario aprender la gran lección del perdón: no dejar que se insinúe en el corazón la polilla del resentimiento, sino abrir el corazón a la magnanimidad de la escucha del otro, abrir el corazón a la comprensión, a la posible aceptación de sus disculpas y al generoso ofrecimiento de las propias».

Fuente: Fr. Thomas LANE, (Emmitsburg, Maryland, Estados Unidos)

miércoles, 25 de febrero de 2026

Comentario lectura evangelio 26/02/26

Quien pide, recibe

En este pasaje del evangelio, Jesús nos enseña la necesidad de la oración, concretamente la oración de petición, que es la que más utilizamos pues estamos muy necesitados de Dios.

Nos revela cómo es el corazón de Dios –un Padre bueno que da cosas buenas a quien se lo pide-. Y concluye con una enseñanza magistral:Tratad a los demás como queréis que ellos os traten, porque en esto consiste la ley y los profetas.

Esta enseñanza recuerda un dicho rabínico: “Lo que es odioso para ti, no lo hagas a tu prójimo. En esto está toda la ley, el resto es sólo una explicación”. Jesús aplica esta ley en forma positiva, pues no vino a abolir sino a dar plenitud. No se trata de “no hacer”, sino de estar siempre atentos por el bien de los demás. Esto es lo que nos lleva a una verdadera conversión, descentrándonos de nosotros mismos para que nuestro centro sea Dios y en Él, todos los demás.

Hace poco nos visitó una señora muy buena y que ha sufrido mucho en la vida. En medio de la conversación nos dijo que ella creía en Dios pero no tenía necesidad de ir a misa. A continuación nos dijo que lo único que deseaba era que sus hijos la visitasen, aunque sólo fuese una vez al mes, y sentarlos a su mesa y compartir una comida en la que les contasen todas sus cosas. Yo le dije: - Pues eso mismo quiere Dios, tu Padre, de ti: que vengas a su encuentro, cada domingo, te sientes a su mesa y Él te alimente con el Pan de su Palabra y el Pan de su Eucaristía; que le cuentes tus cosas, aunque Él ya las sabe pero quiere escucharte…

Y es que, en ese “tratad a los demás”, también entra Dios.

Oración

Señor Dios mío, Tú que nos dijiste: “Pedid, y se os dará; buscad, y encontraréis; llamad, y se os abrirá”, te pido que me envíes tu Santo Espíritu. Que Él venga en ayuda de mi debilidad y me inunde de sus Dones para que mi vida de sus frutos: amor, alegría, paz, comprensión, servicialidad, bondad, dulzura, dominio de sí. Que en todo busque hacer y vivir según tu voluntad y no la mía. Que llame a la puerta de tu Corazón para que, acogida y abrazada por tu misericordia, aprenda a ser misericordiosa como Tú. AMÉN      

Fuente: Sor Mª Montserrat Román Sánchez O.P., Monasterio Santa María la Real (Bormujos, Sevilla)

martes, 24 de febrero de 2026

Comentario lectura evangelio 25/02/26

Hoy, Jesús nos dice que la señal que dará a la “generación malvada” será Él mismo, como la “señal de Jonás” (cf. Lc 11,30). De la misma manera que Jonás dejó que lo arrojaran por la borda para calmar la tempestad que amenazaba con hundirlos —y, así, salvar la vida de la tripulación—, de igual modo permitió Jesús que le arrojasen por la borda para calmar las tempestades del pecado que hacen peligrar nuestras vidas. Y, de igual forma que Jonás pasó tres días en el vientre de la ballena antes de que ésta lo vomitara sano y salvo a tierra, así Jesús pasaría tres días en el seno de la tierra antes de abandonar la tumba (cf. Mt 12,40).

La señal que Jesús dará a los “malvados” de cada generación es su muerte y resurrección. Su muerte, aceptada libremente, es la señal del increíble amor de Dios por nosotros: Jesús dio su vida para salvar la nuestra. Y su resurrección de entre los muertos es la señal de su divino poder. Se trata de la señal más poderosa y conmovedora jamás dada.

Pero, además, Jesús es también la señal de Jonás en otro sentido. Jonás fue un icono y un medio de conversión. Cuando en su predicación «dentro de cuarenta días Nínive será destruida» (Jon 3,4) advierte a los ninivitas paganos, éstos se convierten, pues todos ellos —desde el rey hasta niños y animales— se cubren con arpillera y cenizas. Durante estos cuarenta días de Cuaresma, tenemos a alguien “mucho más grande que Jonás” (cf. Lc 11,32) predicando la conversión a todos nosotros: el propio Jesús. Por tanto, nuestra conversión debiera ser igualmente exhaustiva.

«Pues Jonás era un sirviente», escribe san Juan Crisóstomo en la persona de Jesucristo, «pero yo soy el Maestro; y él fue arrojado por la ballena, pero yo resucité de entre los muertos; y él proclamaba la destrucción, pero yo he venido a predicar la Buena Nueva y el Reino».

La semana pasada, el Miércoles de Ceniza, nos cubrimos con ceniza, y cada uno escuchó las palabras de la primera homilía de Jesucristo, «Arrepiéntete y cree en el Evangelio» (cf. Mc 1,15). La pregunta que debemos hacernos es: —¿Hemos respondido ya con una profunda conversión como la de los ninivitas y abrazado aquel Evangelio?

Fuente: Fr. Roger J. LANDRY, (Hyannis, Massachusetts, Estados Unidos)

lunes, 23 de febrero de 2026

Comentario lectura evangelio 24/02/26

Dios sabe lo que necesitamos

En el Evangelio de hoy nos encontramos con otro regalo que nos ofrece este tiempo de Cuaresma, el Padre Nuestro. La oración en la que Jesús nos enseña a dirigirnos al Padre con sencillez, con verdad y desde la confianza. Y aunque podríamos hacer un comentario de cada frase de este Evangelio, nos vamos a quedar con el principio, pues va en sintonía con la lectura de Isaías y con el tiempo litúrgico.
Comienza Jesús diciendo que Dios ya sabe lo que necesitamos, y nos anima a no ser “palabreros”. Una vez más, se nos está enfocando al silencio y a la contemplación. No se trata de pedir, cual si Dios fuera un mago que cumple deseos, se trata de “estar” con Dios, de “escuchar”, de colocarse ante Él con verdad, despojados, disponibles, abiertos y abiertas a su Palabra, no a las nuestras.

Cierto es que muchas veces nuestras palabras, nuestros deseos y nuestras debilidades se interponen en los momentos de contemplación, pero Dios ya nos conoce. Somos sus hijos e hijas. Dios sabe lo que necesitamos. Y esto transforma radicalmente la oración. No podemos orar desde el miedo ni desde la carencia absoluta, sino desde la confianza en el Padre, descansando en su voluntad, en su mirada, en lo que sueña para nosotros, que somos sus hijos e hijas.

La oración, vivida desde el Padrenuestro, va modelando la vida según la voluntad de Dios y nos transforma a Él. Claramente la Cuaresma nos llama a la sobriedad también en la oración: menos palabras, más contemplación.

¿Llenamos la oración de palabras para no escuchar? ¿Usamos la oración para tranquilizarnos más que para abrirnos a Dios? ¿Contemplamos?

Fuente: Fraternidad de Laicos Dominicos de Valencia

domingo, 22 de febrero de 2026

Comentario lectura evangelio 23/02/26

El amor a examen

La  cuaresma es una llamada a no olvidar la esencial del cristianismo: el amor, la compasión, la misericordia. Ese es el camino que nos lleva a lo fundamental. La expresión de ese amor tiene hechos concretos: dar de comer y de beber, hospedar, vestir, visitar…Algo al alcance de todos. Es lo que nos identifica como discípulos de Jesús. Lo hemos oído muchas veces y puede que resbale o que lo dejemos de lado poniendo la atención en otros elementos secundarios de la vivencia de nuestra fe. Solo el amor es la respuesta. Sin ese amor nada tiene valor. Jesús está presente en nuestros hermanos. San Juan lo deja muy claro: “quien no ama su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve”. Pues eso, no cabe engañarnos con otras historias.

El día de hoy es una oportunidad que se nos ofrece para hacer realidad la Palabra de Dios. No dejemos que el tiempo se nos vaya en aquello que no merece la pena.

Pregúntate: ¿Qué interés tienen en mi vida las palabras de Jesús en el evangelio de este día? ¿Cuál puede ser mi programa a seguir en esta cuaresma según lo que la Palabra de Dios me ha propuesto?

Fuente: Fray Salustiano Mateos Gómara O.P., Convento de San Pablo y San Gregorio (Valladolid)

Comentario lectura evangelio 22/02/26

El tentador se aproxima (Mt 4,3)

El pecado es una cosa terrible y la transgresión una muy cruel enfermedad del alma, ya que corta los nervios del alma y así trabaja para el fuego eterno. (…)

No hay un único instigador de la mala acción. Uno de ellos, que sopla la perversidad, es el diablo. Sopla el mal a todos, pero no triunfa sobre los que rechazan de escucharlo. Por eso la palabra del Eclesiastés ”Si el que gobierna se irrita contra ti, no te salgas de quicio” (Ecl 10,4). Cierra tu puerta, ten al diablo lejos de ti y no te dañará. Si recibes a la ligera la sugestión de un deseo, con tus consideraciones, ella pondrá en ti sus raíces, encadenará tu inteligencia y te atraerá al pozo de la miseria.

Quizás dirás “Soy fiel y el deseo no me domina, mismo si me detengo a reflexionar”. ¿Ignoras que una raíz, a fuerza de adherirse, termina por romper hasta una piedra? No recibas la semilla, ella destruirá tu fe. Antes que crezca, arranca el mal desde las raíces, no sea que tu dejadez primera te valga hachas y fuego. Comienza por sanar tus ojos enfermos en tiempo oportuno, para no tener que buscar un médico cuando ya estés ciego.

Fuente: San Cirilo de Jerusalén (313-350), obispo de Jerusalén, doctor de la Iglesia