lunes, 23 de marzo de 2026

Comentario lectura evangelio 23/03/26

Dice el salmista: "Aprended, jueces de la tierra" (Sal 2.10). Aquellos que juzgan la tierra son los reyes, gobernadores, príncipes, los jueces propiamente dicho... Sed sensatos, porque es la tierra quien juzga la tierra, pero debe temer al que está en el cielo. Juzgan a sus iguales: un ser humano juzga a un hombre, un mortal a un mortal, un pecador a otro pecador. ¿Si nuestro Señor hizo resonar en medio de los jueces esta frase divina: "el que esté sin pecado que tire la primera piedra", todos los que juzgan la tierra no estarán sobrecogidos de espanto?

Los fariseos, para tentarlo, le llevaron una mujer sorprendida en adulterio...Jesús dijo: "Queréis apedrear a esta mujer, según lo prescrito por la ley. Pues bien, aquel de entre vosotros que esté sin pecado, que tire la primera piedra". Mientras se cuestionaban, Él escribió sobre la tierra, para "enseñar a la tierra"; pero cuando les dio esta respuesta, levantó los ojos, "miró a la tierra y ésta se estremeció" (Sal 103,32). Los fariseos, confundidos y temblorosos, se fueron uno tras otro...

La pecadora se queda a solas con el Salvador: la enferma con el médico, la gran miseria con la gran misericordia. Mirando a esta mujer, Jesús le dijo: "¿Nadie te ha condenado? -Nadie, Señor"... Pero ella permaneció delante del juez que está libre de pecado. "¿Nadie te ha condenado? - Nadie, Señor, y si tú mismo no me condenas, estoy salvada" En silencio, el Señor responde a esta inquietud: "Yo tampoco te condeno... La voz de sus conciencias les impedía a los acusadores castigarte, la misericordia me empuja a venir en tu ayuda". Reflexionar sobre estas verdades e "instruiros jueces de la tierra".

Fuente: San Agustín, obispo

domingo, 22 de marzo de 2026

Comentario lectura evangelio 22/03/26

¡Escuchemos y resucitemos!

Muchos de los judíos habían venido hasta Marta y María para consolarlas por su hermano. Marta, cuando oyó que Jesús venía, salió a su encuentro. María, en cambio, estaba sentada en casa. Dijo entonces Marta a Jesús “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero aun ahora sé que Dios te acordará todo lo que le pidas” (Jn 11,21-22). (…)

Le dice Jesús “Tu hermano resucitará”. Esto parecía poco claro, porque no asevera “Ahora mismo resucito a tu hermano”, sino “Resucitará tu hermano”. Le dice Marta “Sé que resucitará en la resurrección, en el último día. De esa resurrección estoy segura, de una resurrección inmediata, no sé nada”. Le dice Jesús “Yo soy la Resurrección”. Dices “Mi hermano resucitará en el último día”. Es verdad, pero el que lo resucitará entonces, puede resucitarlo ahora, ya que afirma “Yo soy la Resurrección y la Vida”.

Escuchen, mis hermanos, escuchen qué dice el Señor. La espera de los Judíos reunidos era ciertamente que reviviese Lázaro, muerto desde cuatro días. Escuchemos y resucitemos también nosotros. ¡Cuántos hay entre este pueblo a los que oprime el peso de malos hábitos! Quizá me oyen algunos a quienes se podría decir: “No se embriaguen con vino, donde nace la intemperancia”. Responden “No podemos”. Quizá entre quienes me escuchan hay personas impuras, manchadas por desenfrenos y torpezas. A ellas les digo “No hagan esto, no sea que perezcan”. Ellas responden “No podemos salir de nuestro hábito».

¡Dios, resucítalos! “Yo soy la Resurrección y la Vida”, afirma el Señor. Es la Resurrección precisamente por ser la Vida. “El que cree en mí, aunque muera, vivirá y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás” (Jn 11,25-26).

Fuente: San Agustín (354-430), obispo de Hipona (África del Norte), doctor de la Iglesia

sábado, 21 de marzo de 2026

Comentario lectura evangelio 21/03/26

Nadie ha hablado jamás como habla este hombre.

“...El que ahora quisiese preguntar a Dios o querer alguna visión o revelación...le podría responder Dios de esta manera, diciendo: “Si te tengo ya habladas todas las cosas en mi Palabra, que es mi Hijo, y no tengo otra, ¿qué te puedo yo ahora responder o revelar que sea más que eso? Pon los ojos sólo en Él, porque en Él te lo tengo todo dicho y revelado, y hallarás en Él aún más de lo que pides y deseas...

Si quisieres que te respondiese yo alguna palabra de consuelo, mira a mi Hijo sujeto a mí y sujetado por mi amor y afligido, y verás cuántas te responde. Si quisieres que te declare yo algunas cosas ocultas o casos, pon solos los ojos en Él, y hallarás ocultísimos misterios y sabiduría y maravillas de Dios que están encerradas en Él, según mi apóstol dice: “...Cristo, en quien se encierran todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia.” (Col 2,3) los cuáles tesoros de la sabiduría serán para ti muy más altos y sabrosos y provechosos que las cosas que tú querías saber. Que por eso se gloriaba el mismo apóstol, diciendo que “nunca entre vosotros me precié de conocer otra cosa sino a Jesucristo, y a éste crucificado.” (1Cor 2,3) Y si también quisieses otras visiones y revelaciones divinas o corporales, mírale a Él también humanado, y hallarás en eso más que piensas, porque también dice el apóstol: “Porque es en Cristo hecho hombre en quien habita la plenitud de la divinidad” (Col 2,9).

No conviene, pues, ya preguntar a Dios de aquella manera, ni es necesario que ya hable, pues, acabando de hablar toda la fe en Cristo, no hay más fe que revelar ni la habrá jamás.

Fuente: San Juan de la Cruz (1542-1591), carmelita descalzo, doctor de la Iglesia

viernes, 20 de marzo de 2026

Comentario lectura evangelio 20/03/26

Cada árbol se conoce por sus frutos

Si vosotros creéis en Cristo, haced las obras de Cristo, para que se avive vuestra fe; el amor animará esta fe, la acción será la prueba. Vosotros que pretendéis permanecer en Cristo Jesús,  os es necesario caminar a su mismo `paso. Si vosotros queréis encontrar la gloria, si envidiáis a los dichosos de este mundo, si decís mal de los ausentes y devolvéis mal por mal, son cosas que Cristo no ha hecho. Decís que conocéis a Dios, pero vuestros actos lo niegan... “Este hombre me honra con los labios, dice la Escritura, pero su corazón está lejos de mí” (Is 29,13). (...)

Ahora bien la fe recta, no basta para hacer un santo, un hombre recto, si no obra el amor. Quien está sin amor es incapaz de amar a la Esposa, la Iglesia de Cristo. Y las obras, aún realizadas en la rectitud no llegan sin la fe a hacer un corazón justo. No se puede atribuir la  rectitud a un hombre que no agrada a Dios; ahora bien, dice la epístola a los Hebreos: “Sin la fe, es imposible agradar a Dios”(Hb 11,6). Aquel que no agrada a Dios, no puede agradarle. Pero aquel a quien Dios agrada no podrá desagradar a Dios. Y aquel a quien Dios no agrada, la Iglesia-Esposa tampoco le agrada. Como pues podría  ser recto, aquel que no ama a Dios ni a su Iglesia, a la cual se ha dicho: “los justos saben amarte” (Ct 1,3 Vulgata).

Al santo, no basta la fe sin obras, ni las obras sin la fe, para hacer justa al alma. Hermanos, nosotros que creemos en Cristo nos es necesario procurar seguir una vía recta. Elevemos a Dios nuestros corazones y nuestras manos juntas, afin de ser encontrados enteramente rectos confirmando con hechos de rectitud, la rectitud de nuestra fe, amando a la Iglesia- Esposa, y amados del Esposo, nuestro Señor Jesucristo, bendito por Dios en los siglos.

Fuente: San Bernardo (1091-1153), monje cisterciense y doctor de la Iglesia

jueves, 19 de marzo de 2026

Comentario lectura evangelio 19/03/26

Hoy, nos invita la Iglesia a contemplar la amable figura del santo Patriarca. Elegido por Dios y por María, José vivió como todos nosotros entre penas y alegrías. Hemos de mirar cualquiera de sus acciones con especial interés. Aprenderemos siempre de él. Nos conviene ponernos en su piel para imitarle, pues así lograremos responder, como él, al querer divino.

Todo en su vida —modesta, humilde, corriente— es luminoso. Por eso, célebres místicos (Teresa de Avila, Hildegarde de Bingen, Teresita de Lisieux), grandes Fundadores (Benito, Bruno, Francisco de Asís, Bernardo de Clairvaux, Josemaría Escrivá) y tantos santos de todos los tiempos nos animan a tratarle y amarle para seguir las huellas del que es Patrón de la Iglesia. Es el atajo para conseguir santificar la intimidad de nuestros hogares, metiéndonos en el corazón de la Sagrada Familia, para llevar una vida de oración y santificar también nuestro trabajo.

Gracias a su constante unión a Jesús y a María —¡ahí está la clave!— José puede vivir sencillamente lo extraordinario, cuando Dios se lo pide, como en la escena del Evangelio de la misa de hoy, pues realiza sobre todo habitualmente las tareas ordinarias, que nunca son irrelevantes pues aseguran una vida lograda y feliz, que conduce hasta la Beatitud celeste.

Todos podemos, escribe el papa Francisco, «encontrar en san José —el hombre que pasa desapercibido, el hombre de la presencia diaria, discreta y oculta— un intercesor, un apoyo y una guía en tiempos de dificultad (...). José nos enseña que tener fe en Dios incluye además creer que Él puede actuar incluso a través de nuestros miedos, de nuestras fragilidades, de nuestra debilidad. Y nos enseña que, en medio de las tormentas de la vida, no debemos tener miedo de ceder a Dios el timón de nuestra barca».

Fuente: Abbé Marc VAILLOT, (París, Francia)

miércoles, 18 de marzo de 2026

Comentario lectura evangelio 18/03/26

"Mi Padre trabaja siempre, y yo también trabajo"

Si observamos el comportamiento del Señor durante su vida mortal veremos que se empeñó manifiestamente en esconder de alguna manera su identidad aunque la daba a conocer plenamente. Parece que haya querido que pudiéramos gozar de él pero no inmediatamente. Como si sus palabras pudieran existir ya como declaración al mundo, mientras que todavía había que esperar durante mucho tiempo su verdadera interpretación. Es que Cristo las reservaba para la llegada de aquel que iluminaría tanto al mismo Cristo como sus palabras... Cuando el Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles comprendieron por fin quien había estado con ellos; reconocieron la Verdad cuando todo quedaba cumplido, no inmediatamente.

Aquí nos hallamos con el principio general que actúa constantemente en las Escrituras y en la marcha del mundo. Cuando Dios viene a nosotros, cuando interviene en el mundo no nos percatamos al instante de su presencia ni sabemos dónde actúa en medio de nosotros sino tan sólo después, cuando miramos hacia atrás, hacia lo que ya se cumplió. (...) Prodigiosa providencia, en verdad, que se hace tan silenciosa siendo al mismo tiempo tan eficaz, tan constante, y sobre todo, infalible.

Dios vela siempre por los suyos. El nos conduce y nos alienta en el progreso por un camino que ignoramos, sin saber en qué dirección avanzamos...Todo lo que tenemos que hacer es creer, dejarnos conducir sin ver plenamente el camino. Por la fe, colaboramos con Dios.

Fuente: San John Henry Newman (1801-1890), teólogo, fundador del Oratorio en Inglaterra

martes, 17 de marzo de 2026

Comentario lectura evangelio 17/03/26

«Levántate, toma tu camilla y echa a andar"

Nuestro Señor llegó a la piscina de Betesda y encontró allí a un hombre que hacía treinta y ocho años que estaba enfermo, y le dijo: «¿Quieres quedar sano?»... Hijos mío, fijaos bien en que este enfermo estaba allí desde hacía mucho tiempo, muchos años. Este enfermo estaba destinado para servir a la gloria de Dios y no a la muerte (Jn 11,4). ¡Oh, si nos esforzáramos a comprender, con espíritu de verdadera penitencia, la enseñanza profunda que hay en el hecho de que el enfermo esperaba desde hacía treinta y ocho años, que Dios lo curara y le ordenase marcharse de allí!

Esta enseñanza va dirigida a las personas que, apenas han comenzado una vida un poco diferente, si no ven en ellos los grandes cambios esperados, creen que todo está perdido y se quejan a Dios como si les tratara injustamente. Puesto que hay pocas personas que poseen esta noble virtud de poderse abandonar y resignar, que no se creen ser más de lo que son y soportan sus flaquezas, sus obstáculos y sus tentaciones hasta que el mismo Señor les sana... ¡qué poder y qué dominio de sí se dará a estas personas! Es a éstos a quien se les dirá: «Levántate, no debes seguir acostado, debes salir triunfante de toda clase de cautividad, ser desatado y andar con total libertad; llevarás tu lecho, es decir, lo que antes te llevaba ahora debes quitártelo de encima y llevarlo con poder y fuerza.» Aquel que el Señor liberará de sí mismo, éste estará bien liberado, su vida estará llena de gozo y, después de una larga espera tendrá una maravillosa libertad, de la que se ven privados los que creen poder liberarse ellos mismos y rompen sus ataduras antes de tiempo.

Fuente: Juan Taulero (c. 1300-1361), dominico en Estrasburgo