jueves, 9 de julio de 2026

Comentario lectura evangelio 10/07/26

El corazón protegido por una verdadera y santa paciencia

Santísimo y reverendo padre en Cristo -el buen Jesús- su indigna y miserable pequeña hija Catalina, se encomienda a usted en la preciosa Sangre de Cristo. Con el deseo de ver su corazón firme e inquebrantable en la verdadera y perfecta paciencia, considerando que un corazón débil, inquieto y sin paciencia, no podrá jamás llegar a cumplir las grandes obras de Dios.

Más es pesado su fardo, más su corazón debe ser fuerte, valiente y sin temor a lo que le puede pasar. Sabe bien, santísimo padre que, tomando a la Iglesia por esposa, se ha comprometido a sufrir vientos contrarios, penas y tribulaciones que lo afectarán en su ocasión. ¡Bien! Vaya en hombre de coraje, adelantándose a esas tormentas, con fuerza, paciencia y perseverancia. Que la pena no haga jamás que mire hacia atrás, por sorpresa y temor. Persevere y goce en medio de peligros y batallas, que su corazón se alegre viendo la obra de Dios que se realiza en medio de obstáculos que se presentan y se presentarán.

Siempre fue así. Siempre la persecución de la Iglesia, o las tribulaciones del alma virtuosa, terminan con la paz meritada por la verdadera paciencia y perseverancia, a la que es reservada la corona de gloria. Es el remedio. Por eso le dije santísimo padre que deseaba verle un corazón firme e inquebrantable, protegido por una verdadera y santa paciencia.

Fuente: Santa Catalina de Siena (1347-1380), terciaria dominica, doctora de la Iglesia, copatrona de Europa

martes, 7 de julio de 2026

Comentario lectura evangelio 09/07/26

Vino, por tanto, el Hijo, enviado por el Padre, quien nos eligió en El antes de la creación del mundo y nos predestinó a ser hijos adoptivos, porque se complació en restaurar en El todas las cosas (cf. Ef 1,4-5 y 10). Así, pues, Cristo, en cumplimiento de la voluntad del Padre, inauguró en la tierra el reino de los cielos, nos reveló su misterio y con su obediencia realizó la redención. La Iglesia o reino de Cristo, presente actualmente en misterio, por el poder de Dios crece visiblemente en el mundo. Este comienzo y crecimiento están simbolizados en la sangre y en el agua que manaron del costado abierto de Cristo crucificado (cf. Jn 19,34) y están profetizados en las palabras de Cristo acerca de su muerte en la cruz: «Y yo, si fuere levantado de la tierra, atraeré a todos a mí» (Jn 12,32 gr.). La obra de nuestra redención se efectúa cuantas veces se celebra en el altar el sacrificio de la cruz, por medio del cual «Cristo, que es nuestra Pascua, ha sido inmolado» (1 Co 5,7). Y, al mismo tiempo, la unidad de los fieles, que constituyen un solo cuerpo en Cristo, está representada y se realiza por el sacramento del pan eucarístico (cf. 1 Co 10,17). Todos los hombres están llamados a esta unión con Cristo, luz del mundo, de quien procedemos, por quien vivimos y hacia quien caminamos.

Consumada la obra que el Padre encomendó realizar al Hijo sobre la tierra (cf. Jn 17,4), fue enviado el Espíritu Santo el día de Pentecostés a fin de santificar indefinidamente la Iglesia y para que de este modo los fieles tengan acceso al Padre por medio de Cristo en un mismo Espíritu (cf. Ef 2,18). El es el Espíritu de vida o la fuente de agua que salta hasta la vida eterna (cf. Jn 4,14; 7,38-39), por quien el Padre vivifica a los hombres, muertos por el pecado, hasta que resucite sus cuerpos mortales en Cristo (cf. Rm 8,10-11). El Espíritu habita en la Iglesia y en el corazón de los fieles como en un templo (cf. 1 Co 3,16; 6,19), y en ellos ora y da testimonio de su adopción como hijos (cf. Ga 4,6; Rm 8,15-16 y 26). Guía la Iglesia a toda la verdad (cf. Jn 16, 13), la unifica en comunión y ministerio, la provee y gobierna con diversos dones jerárquicos y carismáticos y la embellece con sus frutos (cf. Ef 4,11-12; 1 Co 12,4; Ga 5,22). Con la fuerza del Evangelio rejuvenece la Iglesia, la renueva incesantemente y la conduce a la unión consumada con su Esposo [3]. En efecto, el Espíritu y la Esposa dicen al Señor Jesús: ¡Ven! (cf. Ap 22,17).

Y así toda la Iglesia aparece como «un pueblo reunido en virtud de la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» [4].

El misterio de la santa Iglesia se manifiesta en su fundación. Pues nuestro Señor Jesús dio comienzo a la Iglesia predicando la buena nueva, es decir, la llegada del reino de Dios prometido desde siglos en la Escritura: «Porque el tiempo está cumplido, y se acercó el reino de Dios» (Mc 1,15; cf. Mt 4,17). Ahora bien, este reino brilla ante los hombres en la palabra, en las obras y en la presencia de Cristo. La palabra de Dios se compara a una semilla sembrada en el campo (cf. Mc 4,14): quienes la oyen con fidelidad y se agregan a la pequeña grey de Cristo (cf. Lc 12,32), ésos recibieron el reino; la semilla va después germinando poco a poco y crece hasta el tiempo de la siega (cf. Mc 4,26-29). Los milagros de Jesús, a su vez, confirman que el reino ya llegó a la tierra: «Si expulso los demonios por el dedo de Dios, sin duda que el reino de Dios ha llegado a vosotros» (Lc 11,20; cf. Mt 12,28). Pero, sobre todo, el reino se manifiesta en la persona misma de Cristo, Hijo de Dios e Hijo del hombre, quien vino «a servir y a dar su vida para la redención de muchos» (Mc 10,45).

Mas como Jesús, después de haber padecido muerte de cruz por los hombres, resucitó, se presentó por ello constituido en Señor, Cristo y Sacerdote para siempre (cf. Hch 2,36; Hb 5,6; 7,17-21) y derramó sobre sus discípulos el Espíritu prometido por el Padre (cf. Hch 2,33). Por esto la Iglesia, enriquecida con los dones de su Fundador y observando fielmente sus preceptos de caridad, humildad y abnegación, recibe la misión de anunciar el reino de Cristo y de Dios e instaurarlo en todos los pueblos, y constituye en la tierra el germen y el principio de ese reino. Y, mientras ella paulatinamente va creciendo, anhela simultáneamente el reino consumado y con todas sus fuerzas espera y ansia unirse con su Rey en la gloria.

Fuente: Concilio Vaticano II, Lumen Gentium

Comentario lectura evangelio 08/07/26

«Y Judas Iscariote, el mismo que lo entregó»

«Jesús llamó a sus discípulos y escogió a doce» para enviarlos, sembradores de la fe, a propagar la ayuda y la salvación de los hombre en el mundo entero. Fijaos en este plan divino: no son ni sabios, ni ricos, ni nobles, sino pecadores y publicanos los que escogió para enviarlos, de manera que nadie pudiera pensar que habían sido arrastrados con habilidad, rescatados por sus riquezas, atraídos a su gracia por el prestigio de poder o notoriedad. Lo hizo así para que la victoria fuera fruto de la legitimidad y no del prestigio de la palabra.

Escogió al mismo Judas, no por inadvertencia sino con conocimiento de causa. ¡Qué grandeza la de esta verdad que incluso un servidor enemigo no puede debilitar! ¡Qué rasgo de carácter el del Señor que prefiere que, a nuestros ojos quede mal su juicio antes que su amor! Cargó con la debilidad humana hasta el punto que ni tan sólo rechazó este aspecto de la debilidad humana. Quiso el abandono, quiso la traición, quiso ser entregado por uno de sus apóstoles para que tú, si un compañero te abandona, si un compañero te traiciona, tomes con calma este error de juicio y la dilapidación de tu bondad.

Fuente: San Ambrosio, obispo

lunes, 6 de julio de 2026

Comentario lectura evangelio 07/07/26

Después de haber dado de un modo maravilloso la vista a los ciegos, dio la palabra a un mudo y la salud al que estaba poseído del demonio: en cuyo hecho se muestra Jesús como Señor de todo poder y autor de todos los medios divinos. Ya lo dijo Isaías: «Entonces verán los ciegos, oirán los sordos y hablarán los mudos» ( Is 35,5). Por eso se dice: «Salían ellos todavía, cuando le presentaron un mudo endemoniado.»

En los que presentaron al Señor al mudo a fin de que le sanara, están representados los Apóstoles y los predicadores, porque pusieron delante de los ojos misericordiosos de Dios, al pueblo gentil con el objeto de que le salve.

«… le presentaron un mudo endemoniado.» Mudo estaba todo el pueblo gentil, porque no podía abrir su boca para confesar la verdadera fe, ni para alabar a su Creador y porque adorando a los ídolos mudos, se hizo semejante a ellos: estaba poseído del demonio porque quedó muerto por su infidelidad y sujeto al imperio del demonio.

«Pero los fariseos decían: «Por el Príncipe de los demonios expulsa a los demonios.»» Los escribas y fariseos negaban, siempre que podían, los milagros del Señor, e interpretaban de maliciosa manera los que no podían negar, según aquello: «A causa de tu gran fuerza, te mentirán tus enemigos» ( Sal 65,3).

«… proclamando la Buena Nueva del Reino y sanando todo enfermedad y toda dolencia.» Debe entenderse [del Reino] de Dios; porque aunque habla de las promesas temporales, esto no constituye el Evangelio. De aquí es, que a la ley no se la llama Evangelio; porque no prometía bienes celestiales sino temporales, a los que la observaban.

«… sanando todo enfermedad y toda dolencia.» Debe tenerse presente, que a los que curaba exteriormente en el cuerpo, los curaba también interiormente en el alma: cosa que no podía hacer nadie por su propio poder, sino por consentimiento de Dios.

«Y al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella…» Se mostró en esto el Señor como un buen pastor y no como un pastor contratado. Esta es la razón que tenía para compadecerse de ellos: «… porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor.» Eran maltratados por los demonios y por las diversas enfermedades y abatimientos que los consumían.

Desde el momento en que el Hijo de Dios miró desde el Cielo a la tierra, a fin de escuchar los lamentos de los que estaban encadenados ( Sal 101), comenzó a tomar incremento la mucha mies que había; porque si no hubiera puesto sus ojos en la tierra el autor de la salvación de los hombres, no se hubieran acercado éstos a la fe, por eso dijo a sus discípulos: «»La mies es mucha y los obreros pocos.»»

Pequeño era el número de los Apóstoles en comparación de mies tan extensa. Y el Salvador por esta razón exhorta a sus predicadores (esto es, a los Apóstoles y a sus discípulos), a que todos los días pidan se aumente su número, por eso añade: «»Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies.»»

El Señor, dueño de la mies, aumentó los obreros de la mies cuando designó otros setenta y dos, o cuando el Espíritu Santo descendió sobre los creyentes y formó multitud de predicadores.

Fuente: Remigio

domingo, 5 de julio de 2026

Comentario lectura evangelio 06/07/26

No abandono jamás a quien me busca

[Dice el Señor a Hildegarde en una visión:] Soy una columna estable y segura, y no abandono jamás a quien me busca. El que me toma y se estrecha contra mí, con confianza, no caerá nunca en la perdición. El que me relega en el olvido de su alma y se eleva con soberbia sobre mí, tiene más confianza en sí mismo que en mí. Por eso no le importa confiar en mí, porque la gracia de Dios no cuenta para él. Soy para él como un viento en torbellino, me desprecia, se ríe con orgullosa soberbia.

En su desesperación, no a causa de la gravedad de los pecados que cometió, sino a causa de su orgullo, se ríe de mí diciendo: “¿Qué es la gracia de Dios?” Yo lo apartaré, no quiero elevarlo con mi elección, perece para la felicidad eterna. Los hombres que no creen firmemente que se pueden levantar de las pesadas faltas de sus pecados, y que así rechazan al Dios todopoderoso y su gracia, están en una inmensa tristeza y se desesperan. Piensan que no pueden escapar a la enormidad de sus crímenes, abatidos y rechazados, se precipitan con obstinación hacia la muerte.

Pero mis hijos bienamados, que me reciben con un espíritu abierto, la buena voluntad de sus almas, una inteligencia despierta, y me conmueven con sus gemidos y lágrimas, abrasándome con alegría, ellos son como flores. En cuanto sienten que estoy, en seguida se alegran en mí, y yo en ellos… Quiero perfeccionarlos y purificarlos sin cesar, hasta que estén situados con honor y gloria en la Jerusalén celeste… A veces creen que los abandono, pero es para que en ellos el hombre exterior no se llene de orgullo, … de esta manera su fe pasa por un rudo examen.

Fuente: Santa Hildegarda de Bingen (1098-1179), abadesa benedictina y doctora de la Iglesia

sábado, 4 de julio de 2026

Comentario lectura evangelio 05/07/26

¡Dios desea tanto la amistad de los hombres!

¡Oh profundidad e inmensidad de la Sabiduría de Dios!”, exclama san Pablo (cf. Rom 11,33). ¿Quién será el ángel tan iluminado y el hombre tan temerario para empezar a explicarnos correctamente el origen de la Sabiduría? (…) La idea sustancial y eterna de la divina belleza fue mostrada a Juan evangelista, en el admirable éxtasis que le llegó en la isla de Patmos, cuando exclamó: “Al comienzo era el Verbo y el Verbo estaba en Dios y el Verbo era Dios” (Jn 1,1). El Hijo de Dios, Sabiduría eterna. (…)

Esta belleza eterna y soberanamente amable tiene tanto deseo de la amistad de los hombres, que ha hecho un libro con el fin de ganarla, descubriéndole sus excelencias y el deseo que tiene de ella. Este libro es como la carta de una amante a su amante, para ganar su afecto. El deseo que ella testimonia del corazón del hombre es tan profundo, la búsqueda de su amistad tan tierna, su llamado y deseo tan pleno de amor… Al escucharla hablar se diría que no es la Soberana del cielo y de la tierra, que necesita al hombre para ser feliz. (…)

¿Cuántas veces, mientras vivía en la tierra, ella exclamó: “¡Vengan a mí vengan todos a mí, soy yo, no teman! ¿Por qué temen? ¿Porque son pecadores? ¡Es a ellos que yo busco! ¿Es porque ustedes se han alejado del rebaño por su falta? ¡Yo soy el Buen Pastor! ¿Es porque está cargados de pecados, cubiertos de desechos, acabados de tristeza? ¡Es justamente por eso que deben venir a mí, yo los aliviaré y los consolaré!

Fuente: San Luis María Grignion de Monfort (1673-1716) predicador, fundador de comunidades religiosas

Horarios de la parroquia desde 01 de Julio 2026

A partir del próximo 01 de Julio los horarios de la Parroquia serán:

 

APERTURA del 01 de Julio al 08 de septiembre)


El templo de lunes a viernes: 

     - 19:30 a 21:15 h.


Domingo y festividades religiosas:

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     - 19:30 a 21:15 h

MISAS

Domingos y festividades religiosas:

     - 11:30 h

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Lunes a Viernes:

      - 20:30 h


Sábados y Vísperas de festivos:

     - 20:30 h

DESPACHO del 01 de julio al 08 de septiembre)

Martes a viernes en C/Santo Rey, 23 (Junto al templo):

     - 18:00 a 19:30 h  (Martes a Viernes)

 

Tf. Parroquia: 954 53 13 15- 696 755 131

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