La primera cuestión que nos
plantea la lectura de este texto evangélico es ésta: ¿cómo puede ser real el
cuerpo del Señor después de la resurrección, si pudo entrar en la casa estando
las puertas cerradas? Pero hemos de tener en cuenta que las obras de Dios no
serían admirables, si fueran comprensibles para nuestra inteligencia; y que la
fe no tiene mérito alguno, si la razón humana le aporta las pruebas.
Pero estas mismas obras de
nuestro Redentor que en sí mismas son incomprensibles, debemos considerarlas a
la luz de otras situaciones suyas, para que las gestas más maravillosas hagan
creíbles las cosas sencillamente admirables. En efecto, aquel cuerpo del Señor
que, cerradas las puertas, entró adonde estaban los discípulos, es exactamente
el mismo cuerpo que, en el momento de su nacimiento, salió a los ojos de los hombres
del seno sellado de la Virgen. ¿Qué tiene, pues, de extraño el que después de
su resurrección, ya eternamente triunfante, entrara a través de las puertas
cerradas el que, viniendo para morir, salió del seno sellado de la Virgen? Mas
como quiera que ante aquel cuerpo visible dudaba la fe de quienes lo
contemplaban, enseguida les enseñó las manos y el costado; se prestó a que
palparan aquella carne, que había introducido a través de las puertas cerradas.
De un modo maravilloso e
inestimable nuestro Redentor, después de su resurrección, exhibió un cuerpo a
la vez incorruptible y palpable, a fin de que mostrándolo incorruptible
invitara al premio, y presentándolo palpable afianzara la fe. Se mostró, pues,
incorruptible y palpable, para dejar fuera de dudas que su cuerpo, después de
la resurrección, era de la misma naturaleza, pero de distinta gloria.
Y les dijo: Paz a vosotros. Como
mi Padre me ha enviado, así también os envío yo. Esto es: como el Padre, que es
Dios, me ha enviado a mí que soy Dios, así también yo, que soy hombre, os envío
a vosotros, que sois hombres. El Padre envió al Hijo y determinó que se
encarnara para la redención del género humano. Quiso ciertamente que viniera al
mundo a padecer, y sin embargo amó al Hijo a quien mandó a la pasión. Asimismo
a los apóstoles, que él eligió, el Señor los envió al mundo no a gozar, sino
—como él mismo fue enviado— a padecer. Y así como el Hijo es amado por el Padre
y no obstante es enviado a padecer, de igual modo los discípulos son amados por
el Señor y, sin embargo, son enviados al mundo a padecer. Por eso dice: Como el
Padre me ha enviado, así también os envío yo; esto es, cuando yo os envío al
torbellino de las persecuciones, os estoy amando con el mismo amor con que el
Padre me ama, quien no obstante, me hizo venir a soportar los tormentos.
La palabra «enviar» puede
entenderse también de su naturaleza divina. En efecto, se dice que el Hijo es
enviado por el Padre, en cuanto que es engendrado por el Padre. En el mismo
orden de cosas, el mismo Hijo nos habla de enviarnos el Espíritu Santo que,
siendo igual al Padre y al Hijo, sin embargo no se encarnó. Dice en efecto:
Cuando venga el Paráclito, que os enviaré desde el Padre. Si, pues, debiéramos
interpretar la palabra «enviar» únicamente en el sentido de «encarnarse», en
modo alguno podría decirse del Espíritu Santo que sería «enviado», ya que nunca
se encarnó. Su misión se identifica con la procesión, por la que procede del
Padre y del Hijo. Por tanto, así como se dice del Espíritu que será enviado porque
procede, así también se dice correctamente del Hijo que es enviado, en el
sentido de que es engendrado.
Fuente: San Gregorio Magno, papa