miércoles, 11 de febrero de 2026

Comentario lectura evangelio 12/02/26

"Deja que se sacien primero los hijos"

Jesús va a la región de los que no le reconocen y tampoco quiere hacerse notar, pero se enteran y su presencia suscitará en sus "enemigos" insultos y desprecios, porque están satisfechos o quizás porque tienen miedo de desestabilizar su vida. Aún son ricos de sus pensamientos y eso les hace rechazar a Cristo.

La mujer del pasaje en cambio, era pobre, absolutamente necesitada, impotente ante su realidad, llena de problemas, angustias y necesidades, por eso fue a buscarlo y se echó a sus pies.

El postrarse no se debe a ideas o razones. Acercarse a Cristo procede del amor más puro, del deseo absoluto del bien para quien amas de verdad, en este caso una hija. Procede de experimentar la total impotencia y "conocer" al que lo puede todo. Ahí llega el creer.

¿Es interés? ¡Más bien es instinto y Gracia!

Era una mujer pagana y aún así le rogaba. La primera respuesta de Cristo es de rechazo: "deja que se sacien primero los hijos"... los de mi Reino, los que me reconocen... pero a la mujer no le importa la respuesta, la humillación, el improperio indirecto, porque en ella puede más el amor a su hija. Nada puede frenar al corazón que necesita y que no tiene nada que perder, porque está en juego lo que más quiere. Ante eso, lo demás pierde fuerza.

Con mirada de fe, también de eso se vale la Providencia que nos guía y va conduciendo a que se haga en nosotros la Voluntad de Dios. Es la Gracia, la Presencia de Cristo vivo, la que nos hace contestar sorprendentemente confiados: "también los perros comen las migajas..."

¡Admirable palabras y reacción de Cristo ante esta mujer creyente! Es esa "fe" la que que le "obliga" a sanar a la hija, como Él mismo prometió: "el que crea con fuerza, hará mover una montaña". Y la fe de esta mujer conmovió al mismo Cristo.

¿Qué nos pasa? ¿Cómo son nuestros deseos y nuestro amor? Estamos apresados y nos mantenemos ahí, esperando... ¿qué? 

Fuente: Sor Inés Carmen de la Fuente Ruiz O.P., Monasterio de San Blas (Lerma, Burgos)

martes, 10 de febrero de 2026

Comentario lectura evangelio 11/02/26

El mal viene desde el corazón

El mal deliberado es fruto de la premeditación, pecamos sin dudas con premeditación. El profeta lo afirma claramente “¡Y eso que yo te había plantado con cepas escogidas, todas de simiente genuina! ¿Cómo entonces te has vuelto una planta degenerada, una viña bastarda?” (Jr 2,21). Buena planta, mal fruto : el mal viene de la premeditación. El que planta no es culpable, pero la viña será consumida por el fuego porque plantada para dar fruto, ella porta voluntariamente mal fruto. “Dios hizo recto al hombre, pero ellos se buscan muchas complicaciones” (Ecl 7,29). “Nosotros somos creación suya: fuimos creados en Cristo Jesús, a fin de realizar aquellas buenas obras, que Dios preparó de antemano para que las practicáramos” (Ef 2,10), dice el Apóstol. El Creador, que es bueno, creó en vista de buenas obras, mas la criatura por propia opción se tornó hacia el mal.

Ya lo hemos dicho, el pecado es un mal terrible. Pero no es un mal sin remedio. Terrible para el que se fija en él, posible de sanar para el que se separa por la penitencia. (…) Pero decimos: ¿Qué es el pecado? ¿Un animal, un demonio? ¿Cuál es la fuente? No es un enemigo que ataca del exterior, sino una producción malvada que puede crecer desde ti. Mira con franqueza y no habrá concupiscencia. Cuida lo que te pertenece, no tomes lo que es de otros, y la avaricia caerá. Piensa al juicio, entonces ni la fornicación ni el adulterio ni el asesinato ni ninguna desobediencia habitará en ti. Pero cuando olvidas a Dios, te pones a pensar en el mal y a cometer la iniquidad.

Fuente: San Cirilo de Jerusalén (313-350), obispo de Jerusalén, doctor de la Iglesia

lunes, 9 de febrero de 2026

Comentario lectura evangelio 10/02/26

Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres

Jesús al ser increpado por los fariseos, porque sus discípulos no guardaban los preceptos de lavarse las manos antes de comer, y otras similares, les recrimina por fijarse más en las apariencias externas que respetar los fundamentos de la ley, que había sido desvirtuada al asociar a la misma una enorme cantidad de preceptos humanos.

Es verdad que muchos de estos preceptos tenían como fin el prevenir frente a enfermedades contagiosas, aunque la gran mayoría lo ignoraban, pero a los fariseos poco les importaba las distintas situaciones humanas, su objetivo último era el cumplimiento de la ley y, fundamentalmente, si la interpretación de la misma redundaba a favor suyo.

Jesús les pone un ejemplo incontestable, y es que los preceptos eximen de la ayuda a los padres ancianos, si los bienes con los que iban a ayudarles los declaraban como “corbán”, es decir, ofrenda al templo, con lo que el mandamiento de honrar a los padres, quedaba eximido por la donación al templo.

Desgraciadamente, no se tratan de problemas ancestrales, hoy en día se sigue dando más importancia a la forma externa que al núcleo de nuestra fe, y sobre todo si con esto se mantienen los privilegios de unos pocos.

Jesús nos está animando continuamente a mantenernos firmes en lo realmente importante, el amor a Dios y al prójimo, y olvidarnos un poco de todo lo accesorio.

¿Nos mantenemos firmes en nuestra fe, o tenemos una fe de quita y pon? ¿Le damos más importancia a la forma externa, o lo que nos importa realmente es el fondo de nuestras convicciones?

Fuente: D. José Vicente Vila Castellar O.P., Fraternidad de Laicos Dominicos de Torrente (Valencia)

domingo, 8 de febrero de 2026

Comentario lectura evangelio 09/02/26

Hoy, en el Evangelio del día, vemos el magnífico "poder del contacto" con la persona de Nuestro Señor: «Colocaban a los enfermos en las plazas y le pedían que tocaran siquiera la orla de su manto; y cuantos la tocaron quedaban salvados» (Mc 6,56). El más mínimo contacto físico puede obrar milagros para aquellos que se acercan a Cristo con fe. Su poder de curar desborda desde su corazón amoroso y se extiende incluso a sus vestidos. Ambos, su capacidad y su deseo pleno de curar, son abundantes y de fácil acceso.

Este pasaje puede ayudarnos a meditar cómo estamos recibiendo a Nuestro Señor en la Sagrada Comunión. ¿Comulgamos con la fe de que este contacto con Cristo puede obrar milagros en nuestras vidas? Más que un simple tocar «la orla de su manto», nosotros recibimos realmente el Cuerpo de Cristo en nuestros cuerpos. Más que una simple curación de nuestras enfermedades físicas, la Comunión sana nuestras almas y les garantiza la participación en la propia vida de Dios. San Ignacio de Antioquía, así, consideraba a la Eucaristía como «la medicina de la inmortalidad y el antídoto para prevenirnos de la muerte, de modo que produce lo que eternamente nosotros debemos vivir en Jesucristo».

El aprovechamiento de esta "medicina de inmortalidad" consiste en ser curados de todo aquello que nos separa de Dios y de los demás. Ser curados por Cristo en la Eucaristía, por tanto, implica superar nuestro ensimismamiento. Tal como enseña Benedicto XVI, «Nutrirse de Cristo es el camino para no permanecer ajenos o indiferentes ante la suerte de los hermanos (…). Una espiritualidad eucarística, entonces, es un auténtico antídoto ante el individualismo y el egoísmo que a menudo caracterizan la vida cotidiana, lleva al redescubrimiento de la gratuidad, de la centralidad de las relaciones, a partir de la familia, con particular atención en aliviar las heridas de aquellas desintegradas».

Igual que aquellos que fueron curados de sus enfermedades tocando sus vestidos, nosotros también podemos ser curados de nuestro egoísmo y de nuestro aislamiento de los demás mediante la recepción de Nuestro Señor con fe.

Fuente: Fr. John GRIECO, (Chicago, Estados Unidos)

Comentario lectura evangelio 08/02/26

El verdadero creyente ilumina al mundo

En la efusión de su corazón, los verdaderos fieles consideran la grandeza de la potencia divina. Constatando la inestabilidad de su espíritu y la debilidad de su corazón, miden sus actos para no caerse al depasar la medida justa en lo necesario, superior o inferior. Por eso Pablo recomienda a sus fieles “Procedan en todo sin murmuraciones ni discusiones : así serán irreprochables y puros, hijos de Dios sin mancha, en medio de una generación extraviada y pervertida, dentro de la cual ustedes brillan como haces de luz en el mundo, mostrándole la Palabra de Vida” (Flp 2,14-16).

El hombre está en una disyuntiva. Si busca en la luz la salvación que viene de Dios, la obtendrá. Si elije el mal, seguirá al diablo para del castigo. El hombre debe soportar su naturaleza y todas sus obras sin murmurar, sin las deformaciones del pecado, sin contestaciones, conduciéndose como verdadero creyente. Si ama el bien y detesta el mal, no pondrá nunca en riesgo su liberación el día del último juicio, cuando será separado de las criaturas que abrazaron el mal, desviándose del bien.

Los que actúan amando el bien y buscando de no herir a nadie, viven en hijos de Dios, en la sencillez de las buenas obras, evitando murmuraciones y vanas disputas, rechazando sentimientos negativos y mundanos. Insensibles a las trampas de la seducción, animan la estima de los que se felicitan de su coraje en medio de una generación pervertida. En la perfección de su verdadera fe, brillan como esos astros con la misión de iluminar el mundo, como ha decidido el Creador del universo. Con una doctrina que se encarna en la vida, convertirán hombres a Dios. Es de esta manera que el Hijo de Dios, sin pecado, ha dado a todos su Luz.

Fuente: Santa Hildegarda de Bingen (1098-1179), abadesa benedictina y doctora de la Iglesia

viernes, 6 de febrero de 2026

Comentario lectura evangelio 07/02/26

"Se compadecio de ellos"

¡Oh caridad, qué buena y qué rica eres! ¡Qué poderosa! Nada posee el que no te posee. Tú sola has sabido hacer de Dios un hombre. Tú le has hecho humillarse y alejarse por un tiempo de su inmensa majestad. Tú lo has retenido prisionero nueve meses en el seno de la Virgen. Tú has sanado a Eva en María, Tú has renovado a Adán en Cristo. Tú has preparado la cruz para salvación de un mundo ya perdido...

Oh amor, tú eres quien, para vestir al desnudo, consientes en tu propia desnudez. Por ti, el hambre es un manjar suculento, si el hambriento ha comido tu pan. Tu fortuna se la has concedido entera a la misericordia. Tú no sabes hacerte rogar. Socorres al instante a los oprimidos, cualquiera que sea su apuro. Tú eres ojo para el ciego, pie para el cojo, escudo fidelísimo para la viuda y los huérfanos...Tú amas de tal manera a tus enemigos, que nadie percibe la diferencia entre este amor y el de tus amigos.

Tú eres, oh caridad, la que unes los misterios celestes a las cosas humanas, y los misterios humanos a las cosas celestes. Tú eres la guardiana de todo lo divino. Tú gobiernas y ordenas en el Padre. Tú eres quien te obedeces a ti misma en el Hijo. Tú eres la que gozas en el Espíritu Santo. Porque eres una en las tres personas, no puedes ser dividida... Brotando de la fuente que es el Padre, te derramas entera en el Hijo sin salir del Padre. Con todo derecho se dice «Dios es Amor» (1Jn 4,16), porque sólo tú guías el poder de la Trinidad.

Fuente: San Zenón de Verona (¿- c. 380), obispo

jueves, 5 de febrero de 2026

Comentario lectura evangelio 06/02/26

Juan Bautista, mártir de la verdad

No cabe ninguna duda de que San Juan Bautista sufrió prisión por nuestro Redentor, a quien precedía con su testimonio, y que por él dio su vida. Porque aunque su perseguidor no le exigió negar a Cristo, sí le exigió que callase la verdad, y es por esto que murió por Cristo. En efecto, Cristo mismo dijo: «Yo soy la verdad» (Jn 14,6). Puesto que derramó su sangre por la verdad, ciertamente la derramó por Cristo. Con su nacimiento, Juan testimonió que Cristo iba a nacer; con su predicación testimonió que Cristo iba a predicar, y con su bautismo, que iba a bautizar. Al sufrir su pasión, significaba que Cristo también debía sufrirla...

Este hombre tan grande llegó pues al término de su vida derramando su sangre después de una larga y penosa cautividad. Habiendo anunciado la buena nueva de la libertad de una paz superior, fue arrojado en prisión por unos impíos. Fue encerrado en la lobreguez de un calabozo el que había venido a dar testimonio de la luz... En su propia sangre es bautizado el que tuvo el honroso encargo de bautizar al Redentor del mundo, de escuchar la voz del Padre dirigida a Cristo, y ver descender sobre él la gracia del Espíritu Santo.

Ya lo dijo el apóstol Pablo: «A vosotros se os ha dado la gracia de creer en Jesucristo y aún de padecer por él» (Flp 1,29). Y si dice que sufrir por Cristo es un don que éste concede a sus elegidos, es porque, tal como dice en otro lugar: «Considero que los trabajos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá» (Rm 8,18).

Fuente: San Beda el Venerable (c. 673-735), monje benedictino, doctor de la Iglesia