martes, 30 de junio de 2026

Horarios de la parroquia desde 01 de Julio 2026

 A partir del próximo 01 de Julio los horarios de la Parroquia serán:


APERTURA

El templo de lunes a viernes: 

     - 08:00 a 13:00 h.   
     - 19:00 a 21:30 h.

Domingo y festividades religiosas:

     - 10:30 a 13:50 h
     - 19:30 a 21:30 h

MISAS

Domingos y festividades religiosas:

     - 11:30 h
     - 20:30 h

Lunes a Viernes:

      - 20:30 h

Sábados y Vísperas de festivos:

     - 20:30 h

DESPACHO

Lunes a viernes en C/Santo Rey, 23 (Junto al templo):

     - 11:00 a 13:00 h  (Lunes, Miércoles y Jueves)
     - 16:30 a 20:00 h  (Martes y Jueves)
     - 16:30 a 18:00 h  (Miércoles y Viernes)

lunes, 29 de junio de 2026

Comentario lectura evangelio 30/06/26

Con la gracia del Señor, os voy a hablar de la lectura del santo Evangelio que acabamos de oír, y en nombre del Señor mismo os exhorto a que no se duerma en vuestros corazones la fe que hace frente a las tempestades y oleajes de este mundo. En efecto, no cabe que Cristo el Señor tuviera dominio sobre su muerte (Cf Jn 10,18) y no lo tuviera sobre su sueño, ni que el sueño se apoderase del navegante omnipotente sin quererlo él. Si creéis esto, él duerme en vosotros; si, por el contrario, Cristo está despierto en vosotros, despierta está vuestra fe. Dice el Apóstol que Cristo habita en vuestros corazones por la fe ( Ef 3,17). Luego también el sueño de Cristo es signo de un misterio Los navegantes son las almas que pasan este mundo en un madero. La nave figuraba asimismo a la Iglesia. Y, en efecto, todo cristiano es templo de Dios, todo cristiano navega en su corazón y, si piensa rectamente, no naufraga.

Has oído una afrenta, he ahí el viento. Te airaste, he ahí el oleaje. Si sopla el viento y se encrespa el oleaje, se halla en peligro la nave, fluctúa tu corazón, fluctúa tu corazón. Oída la afrenta, deseas vengarte. Pero advierte que te vengaste y, claudicando ante el mal ajeno, naufragaste. Pero ¿cuál es la causa de ello? Que Cristo duerme en ti. ¿Qué significa: duerme en ti Cristo? Te olvidaste de Cristo. Despierta a Cristo, pues; acuérdate de Cristo, esté Cristo despierto en ti: piensa en él. ¿Qué querías? Vengarte. ¿Se te ha pasado de la memoria que él, cuando fue crucificado, dijo: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen (Lc 23,34)? Quien dormía en tu corazón no quiso vengarse. Despiértale, acuérdate de él. Memoria de él es su palabra; memoria de él, su precepto. Y, si Cristo está despierto en ti, dirás para ti: «¿Qué clase de hombre soy yo para querer vengarme? ¿Quién soy yo para proferir amenazas contra un hombre? Moriré quizá antes de vengarme. Y si salgo de este mundo resoplando, inflamado de ira y sediento de venganza, no me recibirá el que no quiso vengarse; no me recibirá el que dijo: Dad y se os dará, perdonad y se os perdonará (Lc 6,37-38). Por lo tanto, haré que amaine mi ira y volveré a la quietud de mi corazón». Dio órdenes Cristo al mar y se produjo la bonanza (Cf Mt 8,26).

Lo que he dicho respecto a la ira, retenedlo como norma para todas las tentaciones que os sobrevengan. Surgió la tentación, es el viento; te turbaste, es el oleaje. Despierta a Cristo; hable él contigo. ¿Quién es este, dado que le obedecen el viento y el mar(Mt 8,27)? ¿Quién es este a quien obedece el mar? Suyo es el mar; él lo hizo (Sal 94,5). Todo fue hecho por él (Jn 1,3). Imita más bien a los vientos y al mar; obedece al Creador. Escucha el mar la orden de Cristo ¿y tú permaneces sordo? Le escucha el mar, amaina el viento ¿y tú soplas? ¿Qué? Hablo, actúo, simulo: ¿qué es esto sino soplar y no querer ceder ante la orden de Cristo? No os venza el oleaje cuando se perturbe vuestro corazón. Pero, puesto que somos hombres, si el viento nos empuja, si nos mueve el afecto de nuestra alma, no perdamos la esperanza; despertemos a Cristo para navegar en la bonanza y llegar a la patria. Vueltos al Señor…

Fuente: San Agustín, obispo

domingo, 28 de junio de 2026

Comentario lectura evangelio 29/06/26

«Yo soy el menor de los apóstoles; no es mérito mío, llevar este nombre» (1Co 15,19)

Es con razón, hermanos, que la Iglesia aplica a los apóstoles San Pedro y San Pablo estas palabras del sabio: "Son hombres de misericordia, cuyos beneficios no caen en el olvido; los bienes que dejaron a la posteridad siguen existiendo» (Sb 44,1-11). Sí, bien podemos llamarlos hombres de misericordia: porque han obtenido misericordia para ellos mismos, porque están llenos de misericordia, y porque es en su misericordia que Dios nos los ha dado.

Ved, en efecto, qué misericordia han obtenido. Si interrogáis a san Pablo sobre este punto..., él os dirá de sí mismo: "Yo empecé siendo un blasfemo, un perseguidor; pero he obtenido misericordia de Dios" (1Tm 1,13). En efecto, ¿quién no conoce todo el mal que hizo a los cristianos de Jerusalén...e incluso en toda Judea?... En lo que toca a san Pedro, tengo otra cosa que deciros, pero una cosa tan sublime, que es única. En efecto, si Pablo ha pecado, lo ha hecho sin saberlo, ya que no tenía la fe; Pedro, por el contrario, tenía los ojos bien abiertos en el momento de su caída (Mt 26, 69s). "Pero donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia» (Rm 5,20)... Si san Pedro ha podido ascender a un grado tal de santidad después de haber sufrido una caída tan fuerte ¿quién podrá ahora desesperarse, por poco que quiera salir también de sus pecados? Observad lo que dice el Evangelio: «Salió y lloró amargamente» (v. 75)...

Habéis visto qué misericordia obtuvieron los apóstoles, y ahora ¿quién no será absuelto de sus faltas pasadas como lo fueron antes? ... Si has pecado, ¿Pablo no ha pecado antes? Si has tenido una caída, Pedro ¿no hizo una más profunda que tú? Sin embargo, uno y otro, haciendo penitencia, no sólo obtuvieron la salvación sino que han llegado a ser grandes santos, e incluso se han convertido en los ministros de la salvación, los maestros de la santidad. Haz tú del mismo modo, hermano, ya que es por ti que la escritura los llama "los hombres de misericordia».

Fuente: San Bernardo (1091-1153), monje cisterciense y doctor de la Iglesia

Comentario lectura evangelio 28/06/26

«El que os recibe a vosotros, a mí me recibe »

«El que recibe a uno de esos pequeños, me recibe a mí» dice el Señor (Lc 10, 48). Cuanto más pequeño es el hermano, más presente está Cristo en él. Porque cuando uno recibe a un gran personaje, a menudo lo hace por vanagloria; pero el que recibe a un pequeñuelo, lo hace con pura intención y sólo por Cristo. «Fui un extranjero, dice él, y me acogisteis.» Y dice aún: «Cada vez que lo habéis hecho a uno de estos pequeños, es a mi que me lo habéis hecho» (Mt 25, 35-40). Puesto que se trata de un creyente y de un hermano, ese será el más pequeño, y es Cristo quien entra con él. ¡Ábrele tu casa, recíbele!

«El que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá paga de profeta.» Pues aquel que recibe a Cristo recibirá la paga de la hospitalidad de Cristo. No dudes de sus palabras, ten confianza en él. Él mismo nos ha dicho: «Soy yo quien está presente en ellos» Y para que no dudes de sus palabras, decreta un castigo para los que no lo reciben, y los honores para quienes le reciben (Mt 25, 31s) Y él no lo haría si no estuviera personalmente afectado por el honor o el menosprecio. «Tu me has recibido, dice, en tu casa; yo te recibiré en el Reino de mi Padre. Tú me has liberado del hambre; yo te liberaré de tus pecados. Me has visto encadenado; yo te haré ver tu liberación. Me has visto extranjero; yo haré de ti un ciudadano de los cielos. Tú me has dado pan; yo te daré el Reino como heredad en plena propiedad. Me has ayudado secretamente; yo lo proclamaré públicamente y diré que tú eres mi bienhechor y yo tu deudor.»

Fuente: San Juan Crisóstomo (c. 345-407), presbítero en Antioquía, después obispo de Constantinopla, doctor de la Iglesia

viernes, 26 de junio de 2026

Comentario lectura evangelio 27/06/26

Muchos vendrán de Oriente y de Occidente, y se sentarán a la mesa... en el Reino de los Cielos"

 El que es «imagen de Dios invisible» (Col 1,15) es también el hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina, deformada por el primer pecado. En él, la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a dignidad sin igual. El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado (Heb 4,15)...

El hombre cristiano, conformado con la imagen del Hijo, que es el «Primogénito entre muchos hermanos» (Rm 8, 29), recibe «las primicias del Espíritu» (Rm 8, 23) las cuales le capacitan para cumplir la ley nueva del amor. Por medio de este Espíritu, que es «prenda de la herencia» (Ef 1,14), se restaura internamente todo el hombre hasta que llegue «la redención del cuerpo» (Rm 8,23)... Urgen al cristiano la necesidad y el deber de luchar, con muchas tribulaciones, contra el demonio, e incluso de padecer la muerte. Pero, asociado al misterio pascual, configurado con la muerte de Cristo, llegará, corroborado por la esperanza, a la resurrección.

Esto vale no solamente para los cristianos, sino también para todos los hombres de buena voluntad, en cuyo corazón obra la gracia de modo invisible. Cristo murió por todos (Rm 8,32), y la vocación suprema del hombre en realidad es una sola, es decir, divina. En consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de sólo Dios conocida, se asocien a este misterio pascual.

Fuente: Concilio Vaticano II, Constitución sobre la Iglesia en el mundo actual «Gaudium et spes» §22

jueves, 25 de junio de 2026

Comentario lectura evangelio 26/06/26

«¡Quiero, queda limpio!»

De la misma manera que el obrar, también el sufrimiento [bajo todas sus formas] forma parte de la existencia humana. Éste deriva, por una parte, de nuestra finitud y, por otra, de la gran cantidad de culpas acumuladas al largo de la historia, y que sigue creciendo sin cesar hasta el momento presente.

Ciertamente que conviene hacer todo lo posible para atenuar el sufrimiento; impedir, en la medida de lo posible, el sufrimiento de los inocentes; calmar los dolores, ayudar a superar los sufrimientos psíquicos. Todo esto son deberes tanto de la justicia como del amor y forman parte de las exigencias fundamentales de la existencia cristiana y de toda vida verdaderamente humana. En la lucha contra el dolor físico se ha llegado a grandes progresos, pero en el curso de los últimos decenios ha aumentado el sufrimiento de los inocentes y también los sufrimientos psíquicos.

Sí, debemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance para aliviar el sufrimiento, pero eliminarlo completamente del mundo no forma parte de las posibilidades humanas, simplemente porque no podemos sustraernos de nuestra finitud y porque nadie de entre nosotros es capaz de eliminar el poder del mal, de la falta, que, como vemos, es constantemente fuente de dolor. Sólo Dios podría llevarlo a cabo: y sólo un Dios que entra personalmente en la historia haciéndose hombre y sufre en ella. Nosotros sabemos que este Dios existe y que, por tanto, este poder que «quita el pecado del mundo» (Jn 1,29)  está presente en el mundo. Por la fe en la existencia de este poder, la esperanza de que el mundo pueda ser curado, ha aparecido en la historia.

Fuente: Benedicto XVI, papa 2005-2013

miércoles, 24 de junio de 2026

Comentario lectura evangelio 25/06/26

¡La santidad no consiste en realizar grandes cosas!

Los mundanos, quieren dispensarse de trabajar para adquirir la santidad, por lo que les genera en su manera de vivir. Quieren hacer creer que para ser santos tenemos que realizar acciones deslumbrantes, aplicarnos a prácticas de devoción extraordinaria, abrazar grandes austeridades, ayunar sin cesar, dejar el mundo para escondernos en los desiertos para poder pasar día y noche en oraciones. Sin dudas todo eso es muy bueno, es la ruta de muchos santos, pero no es lo que Dios demanda a todos.

No, no es lo que nos exige nuestra santa religión. Al contrario, ella nos dice: “Levanten los ojos al cielo y vean si todos los que llenan los primeros lugares han hecho cosas maravillosas. ¿Dónde están los milagros de la santa Virgen, san Juan Bautista, san José?” Jesucristo mismo dice que el día del juicio muchos gritarán: “Señor, Señor, ¿acaso no profetizamos en tu Nombre? ¿No expulsamos a los demonios e hicimos muchos milagros en tu Nombre?” Entonces él les manifestará: “Jamás los conocí; apártense de mí, ustedes, los que hacen el mal” (Mt 7,22-23). ¿Ustedes saben mandar al mar, pero no saben mandar a sus pasiones? ¿Han liberado del demonio a los poseídos, pero no saben observar mis mandamientos?... (…) Han hecho grandes cosas, no han hecho nada para salvarse y merecer mi amor”.

Vean que la santidad no consiste en realizar grandes cosas, sino a guardar fielmente los mandamientos de Dios y a cumplir los deberes de estado, dónde el Buen Dios nos ha puesto.

Fuente: San Juan María Vianney (1786-1859), presbítero, párroco de Ars