La norma del Señor es límpida y
da luz a los ojos. Recibe a Cristo, recibe la facultad de ver, recibe la luz,
para que conozcas a fondo a Dios y al hombre. El Verbo, por el que hemos sido
iluminados, es más precioso que el oro, más que el oro fino; más dulce que la
miel de un panal que destila. Y ¿cómo no va a ser deseable el que ha iluminado
la mente envuelta en tinieblas y ha agudizado los ojos del alma portadores de
luz?
Lo mismo que sin el sol, los
demás astros dejarían al mundo sumido en la noche, así también, si no
hubiésemos conocido al Verbo y no hubiéramos sido iluminados por él, en nada
nos diferenciaríamos de los volátiles, que son engordados en la oscuridad y
destinados a la matanza. Acojamos, pues, la luz, para poder dar acogida también
a Dios. Acojamos la luz y hagámonos discípulos del Señor. Pues él ha hecho esta
promesa al Padre: Contaré tu fama a mis hermanos, en medio de la asamblea te
alabaré. Alábalo, por favor, y cuéntame la fama de tu Padre. Tus palabras me
traen la salud. Tu cántico me instruirá. Hasta el presente he andado a la
deriva en mi búsqueda de Dios; pero si eres tú, Señor, el que me iluminas y por
tu medio encuentro a Dios y gracias a ti recibo al Padre, me convierto en tu
coheredero, pues no te avergüenzas de llamarme hermano tuyo.
Pongamos, pues, fin, pongamos fin
al olvido de la verdad; despojémonos de la ignorancia y de la oscuridad que,
cual nube, ofuscan nuestros ojos, y contemplemos al que es realmente Dios, después
de haber previamente hecho subir hasta él esta exclamación: «Salve, oh luz».
Una luz del cielo ha brillado ante nosotros, que antes vivíamos como encerrados
y sepultados en la tiniebla y sombra de muerte; una luz más clara que el sol y
más agradable que la misma vida. Esta luz es la vida eterna y los que de ella
participan tienen vida abundante. La noche huye ante esta luz y, como
escondiéndose medrosa, cede ante el día del Señor. Esta luz ilumina el universo
entero y nada ni nadie puede apagarla; el occidente tenebroso cree en esta luz
que llega de oriente.
Es esto lo que nos trae y revela
la nueva creación: el Sol de justicia se levanta ahora sobre el universo
entero, ilumina por igual a todo el género humano, haciendo que el rocío de la
verdad descienda sobre todos, imitando con ello a su Padre, que hace salir el
sol sobre todos los hombres. Este Sol de justicia traslada el tenebroso
occidente llevándolo a la claridad del oriente, clava a la muerte en la cruz y
la convierte en vida; arrancando al hombre de la corrupción lo encumbra hasta
el cielo; él cambia la corrupción en incorrupción, y transforma la tierra en
cielo, él el labrador de Dios, portador de signos favorables, que incita a los
pueblos al bien y les recuerda las normas para vivir según la verdad; él nos ha
gratificado con una herencia realmente magnífica, divina, inamisible; él
diviniza al hombre mediante una doctrina celestial, metiendo su ley en su pecho
y escribiéndola en su corazón. ¿De qué leyes se trata?, porque todos conocerán
a Dios, desde el pequeño al grande; les seré propicio —dice Dios—, y no
recordaré sus pecados.
Recibamos las leyes de vida;
obedezcamos la exhortación de Dios. Aprendamos a conocerle, para que nos sea
propicio. Ofrezcámosle, aunque no lo necesita, el salario de nuestro
reconocimiento, de nuestra docilidad, cual si se tratara del alquiler debido a
Dios por nuestra morada aquí en la tierra.
Fuente: San Clemente de
Alejandría, obispo