“¡A ti te lo digo, levántate!”
Antes de resucitar a la niña,
para suscitar la fe de la gente, Jesús comienza por curar a la mujer aquejada
de flujo de sangre. Este flujo cesa para nuestra instrucción: cuando Jesús se
acerca a la mujer, ésta ya queda curada.
Lo mismo, para creer en nuestra
vida eterna celebramos la resurrección temporal del Señor que siguió a su
pasión... Los criados de Jairo que le dicen “no molestes al Maestro”, no creen
en la resurrección anunciada en la Ley y realizada en el evangelio. Así, cuando
Jesús llega a la casa, lleva consigo a pocos testigos de la resurrección que va
a realizar: en un principio no ha sido la multitud la que ha creído en la
resurrección. La gente se mofaba de Jesús cuando declara: “La niña no está
muerta, duerme”. Los que no creen se mofan. Que lloren, pues, a sus muertos los
que creen que están muertos. Cuando se cree en la resurrección, no se ve en la
muerte un final sino un descanso...
Y Jesús, tomando a la niña de la
mano, la cura; luego les dice que le den de comer. Es un testimonio de la vida
para que nadie crea que se trata de una ilusión sino que es la realidad. ¡Feliz
la niña a quien la Sabiduría toma de la mano! Quiera Dios que nos tome también
de la mano en nuestras acciones. Que la Justicia sostenga mi mano; que el Verbo
de Dios la tome, que me introduzca en su intimidad y aparte mi espíritu de todo
error y me salve. Que me dé de comer el pan del cielo, el Verbo de Dios. Esta
Sabiduría que ha puesto sobre el altar los alimentos del cuerpo y de la sangre
del Hijo de Dios ha declarado: “Venid a comer de mi pan, a beber el vino que he
mezclado” (Prov. 9,5)
Fuente: San Ambrosio (c. 340-397)
obispo de Milán y doctor de la Iglesia
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