Se admiraba de su falta de fe
A lo largo del Evangelio de
Marcos encontramos frecuentemente reacciones de asombro y de admiración ante la
figura de Jesús; sus palabras y acciones admiraban y desconcertaban a aquellos
que entraban en contacto con Él. Detrás de este asombro subyacía, como subyace
para nosotros, la pregunta sobre la identidad de Jesús que de forma especial
aparece como un eje transversal en el Evangelio de Marcos. Una pregunta que
queda siempre como en suspenso hasta el capítulo octavo, como dejando trabajar
en cada uno el misterio de aquel hombre que provocaba, a la vez, atracción en
algunos y rechazo en otros.
En el texto del Evangelio los que
se preguntan sobre Jesús son los más cercanos, los de su tierra. Son
precisamente ellos, que creen conocer bien a Jesús y tal vez por eso, quienes
se sienten incapaces de descubrir en ese rostro tan cotidiano, en el hijo de
una mujer del pueblo, al Dios que viene a su encuentro. Se podría decir que
tienen una imagen definida y previa de quién es Jesús y no pueden abrirse a una
verdad más profunda sobre Él.
A nosotros nos pasa un poco
parecido. Tenemos imágenes demasiado fijas
sobre las realidades y personas que tenemos delante. Con frecuencia
hemos decidido lo que pueden dar de sí, lo que podemos esperar de ellas; son
demasiado “normales”, demasiado “normales” para nosotros y nos cuesta descubrir
que Dios está ahí, presente, vivo. Que es precisamente a través de lo pequeño
desde donde actúa y manifiesta su amor transformante.
La falta de fe de aquellos que
hombres y mujeres que escuchan a Jesús admirados es muchas veces la nuestra.
Nos acostumbramos a oír hablar sobre Jesús, nos fascina su mensaje y su vida
pero nos cuesta reconocerlo en la persona que acaba de llamar a nuestra puerta,
en ese trabajo que repetimos todos los días, en ese acontecimiento sorpresivo
que rompe nuestros planes.
Continúa el Evangelio diciendo
que Jesús allí no pudo hacer ningún milagro. Y es que si no tenemos fe en Él,
en los otros y en nosotros mismos ¿Cómo serán posibles los milagros? Recuerdo
que alguien, a quien se le había encargado muy joven una fuerte
responsabilidad, me contaba un día lo
difícil que había sido para él hablar a un auditorio de personas que se
consideraban a sí mismas como muy eruditas. Me decía, recordando sus caras: “Se
notaba que no esperaban nada de mí.” Y efectivamente cuando no creemos en la
otra persona, ni esperamos en ella, es difícil que podamos abrirnos para
recibir el regalo de vida que lleva para nosotros. Y no hay milagro sino es a
través de un tú que sale a nuestro encuentro y que acogemos.
A la luz del Evangelio de este
día, pidamos al Señor que nos permita mirar la realidad de cada día con ojos de
fe. Preguntémonos cuales son nuestras dificultades para hacerlo y hagámonos
conscientes de que no hay espacios vacíos en nuestra jornada en los que Dios no
nos hable y nos acompañe. En todo Él está presente.
Fuente: Hna. María Ferrández
Palencia, OP. Congregación Romana de Santo Domingo
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