“Extiende la mano”
Estamos casi en los comienzos del evangelio de Marcos
(capítulo 3) y Jesús se enfrenta ya a la oposición de los representantes
religiosos de su pueblo.
La escena impresiona, por la tensión que subyace en el
relato de Marcos, anunciada desde el comienzo. Jesús sabe que están esperando
el momento propicio para poder acusarlo. Y este día lo tienen muy fácil. En la
sinagoga hay una persona con una mano paralizada. Jesús viene realizando
curaciones y será probable que también en esta ocasión lo haga, aunque sea
sábado, y no esté permitido curar, según la interpretación de la ley que hacían
sus contemporáneos.
Contemplamos la escena:
Jesús, al que le invade la ira por la dureza de corazón de
sus paisanos, no cede ante el riesgo que corre. Cura al hombre de la mano
paralizada. Tiene muy claro que lo que hay que hacer siempre es aquello que
busca el bien y la salvación de las personas.
La gente que está en la sinagoga. Aquí ni siquiera nos
dicen, como en otros pasajes, que quedaron asombrados y dieron gracias a Dios
por la intervención de Jesús. El clima es hostil hacia Él. El prototipo de la
“buenagente”, tan aferrados a las propias convicciones que se incapacitan para
poder discernir el bien del mal, y convierten en mal el bien más precioso sólo
porque no coincide con sus opciones, opiniones, puntos de vista… ¿Nos ocurre a
nosotros, quizá, algo de esto?
La persona a la que Jesús cura. Alguien que, en principio,
no ha pedido nada; que quizá prefería pasar desapercibido en aquel clima tenso…
pero que accede a la petición de Jesús y se “expone”: Ponte ahí en medio.
De todos los que aquel día se encontraron con Jesús en la
sinagoga, se diría que sólo a él le ha llegado la salvación. ¿Y nosotros?
¿queremos exponer nuestras zonas de parálisis, dejar que Jesús las toque y las
sane?
Fuente: Hna. Gotzone Mezo Aranzibia O.P. Congregación Romana
de Santo Domingo
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