Los apóstoles, no esperaban en la Resurrección de Cristo. El Evangelio lo reitera y nos menciona cómo no dieron crédito al testimonio de María Magdalena ni al de los discípulos de Emaús. Dudaban y oponían no poca resistencia a creer. Sin el hecho de la resurrección, todo habría acabado ahí. El grupo de los once se hubiera dispersado. Todos hubieran regresado a sus antiguas actividades y el cristianismo nunca se hubiera extendido. Pero Jesús salió al encuentro de esos hombres incrédulos haciéndose presente entre ellos. Su fe en la resurrección, nació de la experiencia directa de Cristo y creció por la gracia divina. Entonces se dio una transformación radical de los apóstoles. Esto nos hace meditar cómo la fe es un gran don del Espíritu Santo que debemos pedir, no es un mérito. La fe no es algo que se impone, sino que se propone y se testimonia con la vida. Imitemos a los apóstoles convirtiéndonos en testigos de Jesucristo. Sostenidos con la fuerza del Espíritu Santo, sepamos anunciar el amor de Cristo entre los demás. La fe en Cristo jamás es una esperanza para mí sólo; es siempre una fe, un amor y una esperanza para compartir con los demás.
(Fuente nocetnam)
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