Después de una noche en la que los discípulos no pescaron nada, se les apareció Jesús a la orilla del lago. Así es nuestra vida. Sin Cristo somos como esos pescadores con las redes vacías. Sólo cuando nos encontramos con el Señor experimentamos lo que es vivir. No hay nada más hermoso que ser amigos de Jesús. Este es el Señor que anunciamos: un Dios que se hizo hombre y que, por tanto, conoce en carne propia todo lo humano, un Dios que ha sufrido por nosotros, que está vivo y es cercano a cada uno. Otro aspecto importante que nos enseña este pasaje nos llega a través de la imagen de la red. San Juan apunta que, a pesar de haber capturado tantos pescados, no se rompió la red. En la Iglesia, los cristianos formamos parte de la misma red por nuestro bautismo, somos una familia. Dejemos que la red del Evangelio envuelva nuestra vida por medio de la caridad. No dejemos que esta red se rompa ni faltemos a la unidad. Que todos seamos uno en la Iglesia.
(Fuente nocetnam)
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