Un corazón de tierra buena
Jesús explica la parábola del sembrador y pone el foco en algo muy concreto: cómo acogemos la Palabra. La semilla es buena y el sembrador es generoso; el problema —o la oportunidad— está en el terreno. Hay corazones endurecidos, donde nada penetra; otros superficiales, donde las emociones prenden pero no arraigan; otros llenos de “abrojos”, donde las preocupaciones, el consumo o el estrés acaban ahogando lo importante. Y está la tierra buena: la que acoge en su interior, se deja transformar y da fruto.
Aquí está la clave: tener un corazón de tierra buena. No significa ser personas perfectas, sino vivir disponibles, abiertas, con ganas de dejarnos transformar. Es tener un corazón que no se queda en escuchar, sino que traduce la Palabra en vida concreta: en gestos, decisiones, compromisos.
Y esto hoy es especialmente urgente. Vivimos rodeados de ruido, de individualismo, de prisas que nos vacían por dentro. Sin darnos cuenta nos acostumbrarnos a una vida superficial, donde lo que da verdadero sentido va quedando relegado. Jesús retrata esta realidad en la parábola y nos invita a cultivar nuestro corazón para que sea fértil. ¿Cómo? Cuidando una escucha real, con tiempos de silencio, profundidad y encuentro con Dios. Meditando la Palabra, dejándonos cuestionar por ella. Arrancando los abrojos, revisando qué nos está comiendo por dentro: preocupaciones excesivas, egoísmos, estilos de vida poco solidarios. Y haciendo camino de fe con otros, en comunidades que sean espacios de vida y crecimiento.
Pero, sobre todo, el criterio es el fruto. Y el fruto del Evangelio no es algo abstracto: es más bondad en lo cotidiano, más generosidad gratuita, más capacidad de perdonar, más compromiso con los demás, especialmente con quienes más lo necesitan. Más don de sí. Un corazón de tierra buena no vive para sí, genera espacios de vida alrededor. Se convierte en semilla de bien, construye comunidad, contagia esperanza. Porque cuando la Palabra arraiga de verdad, no solo nos vuelve más humanos… humaniza el mundo y construye Reino.
Termino con unas palabras del papa León XIV, en su reciente visita a España, de su discurso en el estadio olímpico de Montjuic: “Cuando las personas aprenden a detenerse, a dar valor a las cosas importantes, a apreciar el tiempo de modo nuevo y a pensar en la propia vida dejándose iluminar por el Evangelio, desarrollan también un pensamiento crítico respecto a un sistema social que no pone a la persona en el centro y provoca situaciones de injusticia y de pobreza existenciales a diversos niveles”.
Fuente: Hna. Águeda Mariño Rico, Congregación de Santo Domingo
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