¡Almas santas, ofrézcanme agua
fresca!
Soporta tu exilio ya que Dios lo quiere. ¡Gran cosa para ti! Viviré en esta vida, mi Jesús, y la esperanza y el silencio serán mi fuerza, mientras dure esta miserable vida. Mi Creador y mi Dios, en la espera, haga arder en mi corazón la bella llama de su amor… Oh único centro de toda mi felicidad, Dios mío, ¿cuánto tengo que esperar todavía?... Vea Señor que mi mal no tiene remedio… Oh Señor, ¿cuándo? ¿Cuándo? ¿Hasta cuándo?
¡Oh almas santas que libres de todo tormento son ya felices en el Cielo en el manantial de soberanas bondades, cuánto quisiera también esa felicidad! Por piedad, ya que están tan cerca de la fuente de la vida, ya que me ven morir de sed en este mundo de abajo, ofrézcanme un poco de esta agua tan fresca.
Almas afortunadas, lo confieso: he malgastado mi parte, he guardado mal la piedra tan preciosa. Pero ¡viva Dios! ¡Siento que hay un remedio para esta falta! Almas bienaventuradas, háganme el favor de ayudarme. Como no pude encontrar en el reposo y en la noche lo que mi alma necesitaba, me levantaré como la esposa del Cantar de los Cantares y buscaré al que mi alma ama “Me levantaré y recorreré la ciudad; por las calles y las plazas, buscaré al amado de mi alma” (Ct 3,2). Lo buscaré siempre, lo buscaré en todo, y no me detendré hasta haberlo encontrado en el linde de su Reino…
Fuente: San [Padre] Pío de Pietrelcina (1887-1968), capuchino
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