Hoy, el Señor, al hablarnos de lo que ocurre en nuestros corazones, nos incita a convertirnos. El mandamiento dice «No matarás» (Mt 5,21), pero Jesús nos recuerda que existen otras formas de privar de la vida a los demás. Podemos privar de la vida a los demás abrigando en nuestro corazón una ira excesiva hacia ellos, o al no tratarlos con respeto e insultarlos («imbécil»; «renegado»: cf. Mt 5,22).
El Señor nos llama a ser personas
íntegras: «Deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a
reconciliarte con tu hermano» (Mt 5,24), es decir, la fe que profesamos cuando
celebramos la Liturgia debería influir en nuestra vida cotidiana y afectar a
nuestra conducta. Por ello, Jesús nos pide que nos reconciliemos con nuestros
enemigos. Un primer paso en el camino hacia la reconciliación es rogar por
nuestros enemigos, como Jesús solicita. Si se nos hace difícil, entonces, sería
bueno recordar y revivir en nuestra imaginación a Jesucristo muriendo por
aquellos que nos disgustan. Si hemos sido seriamente dañados por otros,
roguemos para que cicatrice el doloroso recuerdo y para conseguir la gracia de
poder perdonar. Y, a la vez que rogamos, pidamos al Señor que retroceda con
nosotros en el tiempo y lugar de la herida —reemplazándola con su amor— para
que así seamos libres para poder perdonar.
En palabras de Benedicto XVI, «si
queremos presentarnos ante Él, también debemos ponernos en camino para ir al
encuentro unos de otros. Por eso, es necesario aprender la gran lección del
perdón: no dejar que se insinúe en el corazón la polilla del resentimiento,
sino abrir el corazón a la magnanimidad de la escucha del otro, abrir el
corazón a la comprensión, a la posible aceptación de sus disculpas y al
generoso ofrecimiento de las propias».
Fuente: Fr. Thomas LANE, (Emmitsburg,
Maryland, Estados Unidos)
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