“Jesús estaba solo”
La revelación esencial del Evangelio es la presencia fundamental y profunda de Dios. Es un llamado a encontrar a Dios, y Dios se encuentra en la soledad. Puede parecer que esta soledad es rechazada a los que viven entre los hombres. Eso sería creer que precedemos a Dios en la soledad, pero es Dios el que nos espera. Encontrarlo es encontrar la verdadera soledad. Porque la verdadera soledad es espíritu y todas nuestras soledades humanas son camino hacia la perfecta soledad que da la fe.
La verdadera soledad no es la ausencia de hombres sino la presencia de Dios. Poner la vida en faz de Dios, librar la vida a la inspiración de Dios, es saltar a una región en la que somos hechos solitarios. Es la altura la que hace la soledad de las montañas y no el lugar en la base, en la que estamos parados. Si la efusión de la presencia de Dios en nosotros es escuchada en el silencio y la soledad, esa presencia nos deja pacificados, radicalmente unidos a todos los hombres que están hechos con la misma tierra que nosotros.
“Feliz el que recibe la Palabra de Dios y la guarda” (Lc 11,28). No hay soledad sin silencio. El silencio, que puede ser a veces callar, es siempre escuchar. Una abstención de ruido que estuviera carente de nuestra atención a la Palabra de Dios, no sería silencio. Una jornada llena de ruidos y plena de voces, puede convertirse en una jornada de silencio…, si para nosotros el ruido deviene un eco de la presencia de Dios.
Fuente: Venerable Madeleine Delbrêl (1904-1964), laica, misionera en la ciudad.
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