«Amarás al Señor, tu Dios, con
todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas
[…] Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (vv. 30-31). Eligiendo estas dos
Palabras dirigidas por Dios a su pueblo y poniéndolas juntas, Jesús enseñó una
vez para siempre que el amor por Dios y el amor por el prójimo son
inseparables, es más, se sustentan el uno al otro. Incluso si se colocan en
secuencia, son las dos caras de una única moneda: vividos juntos son la
verdadera fuerza del creyente, Amar a Dios es vivir de Él y para Él, por
aquello que Él es y por lo que Él hace. Y nuestro Dios es donación sin
reservas, es perdón sin límites, es relación que promueve y hace crecer. Por
eso, amar a Dios quiere decir invertir cada día nuestras energías para ser sus
colaboradores en el servicio sin reservas a nuestro prójimo, en buscar perdonar
sin límites y en cultivar relaciones de comunión y de fraternidad. (…) El
Evangelio de hoy nos invita a todos nosotros a proyectarse no solo hacia las urgencias
de los hermanos más pobres, sino sobre todo a estar atentos a su necesidad de
cercanía fraterna, de sentido de la vida, de ternura. Esto interpela a nuestras
comunidades cristianas: se trata de evitar el riesgo de ser comunidades que
viven de muchas iniciativas, pero de pocas relaciones; el riesgo de comunidades
«estaciones de servicio», pero de poca compañía en el sentido pleno y cristiano
de este término.
Fuente: Papa Francisco
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