La perfección de un corazón puro
De veras es diferente odiar la
mancha de los vicios y de la carne -porque se gusta el bien que está presente-
a frenar las concupiscencias ilícitas en vista de la recompensa futura. Es
distinto el temer un daño presente y el atemorizarse por los tormentos a venir.
Es una perfección mucho más grande no querer alejarse del bien por amor al bien
mismo, que no consentir al mal por miedo de sufrir otro mal.
En el primer caso el bien es
voluntario, en el segundo caso parece forzado, como arrancado con lucha contra
una resistencia, por temor al suplicio o por apetito a la recompensa. En
consecuencia, el que renuncia a las seducciones del vicio sólo por miedo, en
cuanto desaparece el temor retorna al objeto de sus deseos. No tiene estabilidad
en el bien. No tiene tampoco reposo en cuanto a la tentación porque no posee la
paz sólida constante, otorgada por la castidad. Dónde reina el tumulto de la
guerra, es imposible escapar al riesgo de ser herido. (…)
Al contrario, el que ha superado
los asaltos del vicio y goza desde entonces de la seguridad de la paz, está
transformado en amor a la misma virtud. Permanecerá constante en el bien al que
pertenece enteramente, ya que no existe a sus ojos más sensible daño que atente
a la castidad de su alma. La pureza que tiene en el presente es su más querido
y precioso tesoro. El castigo más grave sería ver perniciosamente robadas las
virtudes o probar la mancha envenenada del vicio.
Fuente: San Juan Casiano (c. 360-435) fundador de la Abadía de Marsella
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