«Increpó al viento y dijo al lago: '¡Silencio, cállate!»
Estás en el mar y llega la tempestad. No
puedes hacer otra cosa que gritar: «¡Señor, sálvame!» (Mt 14,30). Que te
extienda su mano el que camina sin temor sobre las olas, que saque de ti tu
miedo, que ponga tu seguridad en él, que hable a tu corazón y te diga: «Piensa
en lo que yo he soportado. ¿Tienes que sufrir de un mal hermano, de un enemigo
de fuera de ti? ¿Es que yo no he tenido los míos? Por fuera los que rechinaban
de dientes, por dentro ese discípulo que me traicionaba».
Es verdad, la tempestad hace
estragos. Pero Cristo nos salva «de la estrechez de alma y de la tempestad» (Sl
54,9 LXX). ¿Está sacudido tu barco? Quizás sea porque en ti Cristo duerme. Un
mar furioso sacudía la barca en la que navegaban los discípulos y, sin embargo
Cristo dormía. Pero por fin llegó el momento en que los hombres se dieron
cuenta que estaba con ellos el amo y creador de los vientos. Se acercaron a
Cristo, le despertaron: Cristo increpó a los vientos y vino una gran
calma.
Con razón tu corazón se turba si
te has olvidado de aquel en quien has creído; y tu sufrimiento se te hace
insoportable si el recuerdo de todo lo que Cristo ha sufrido por ti, está lejos
de tu espíritu. Si no piensas en Cristo, él duerme. Despierta a Cristo, llama a
tu fe. Porque Cristo duerme en ti si te has olvidado de su Pasión; y si te
acuerdas de su Pasión, Cristo vela en ti. Cuando habrás reflexionado con todo
tu corazón lo que Cristo ha sufrido, ¿no podrás soportar tus penas con firmeza
cuando te lleguen? Y con gozo, quizás, a través del sufrimiento, te encontrarás
un poco semejante a tu Rey. Sí, cuando estos pensamientos empezarán a
consolarte, a producirte gozo, has de saber que es Cristo que se ha levantado y
ha increpado a los vientos; de él vendrá la paz que has experimentado. «Yo
esperaba, dice un salmo, al que me salvaría de la estrechez de alma y de la
tempestad».
Fuente: San Agustín (354-430) obispo
de Hipona (África del Norte), doctor de la Iglesia
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