Ser una lámpara sobre el candelero
Los laicos a quienes su vocación
específica coloca en medio del mundo y al frente de las tareas materiales más
variadas, deben ejercer, en virtud de esta vocación, una forma singular de
evangelización. Su tarea primera e inmediata no es la institución y el
desarrollo de la comunidad eclesial,—esto es el papel específico de los
pastores--, sino la puesta en marcha de todas las posibilidades cristianas y evangélicas escondidas, pero ya
presentes y activas en las cosas del mundo. El campo propio de su actividad
evangelizadora es el vasto mundo complejo de la política, de lo social, de la
economía, y también de la cultura, de las ciencias y del arte, de las
relaciones internacionales, de los medios de comunicación, así como ciertas
realidades abiertas a la evangelización como el amor, la familia, la educación
de los niños y adolescentes, el trabajo profesional, el sufrimiento.
Cuanto más laicos estén
impregnados del espíritu evangélico, responsables de estas realidades y
comprometidos claramente en ellos, competentes para promoverlos y conscientes
que hace falta desarrollar su plena capacidad cristiana a menudo sofocada y
arrinconada, tanto más estas realidades serán caminos al servicio de la
edificación del reino de Dios y, por lo tanto, de la salvación en Jesucristo,
sin perder o sacrificar nada de su potencial humano sino manifestando la
dimensión trascendente a menudo desconocida.
Fuente: San Pablo VI papa 1963-1978
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