He oído a algunos hablar mal de
su prójimo, y les he reprendido. Para defenderse, estos obradores de mal han
contestado: «¡Es por caridad y solicitud hacia ellos que hablamos así!». Pero
yo les he contestado: Dejad de practicar semejante caridad, puesto que si no lo
hacéis acusáis de mentiroso a aquel que ha dicho: «al que en secreto difama a
su prójimo lo haré callar... no los soportaré» (Sal 100,5). Si le amas, tal
como dices, ora en secreto por él y no te burles de este hombre. Es esta la
manera de amar que agrada al Señor; no pierdas esto de vista, y vigilarás
cuidadosamente para no juzgar a los pecadores. Judas fue uno de los apóstoles y
el ladrón formó parte de los malhechores, pero ¡qué cambio tan sorprendente en
un instante!...
Al que te habla mal de su prójimo, respóndele: «¡Párate, hermano! Yo mismo caigo cada día en faltas más graves; siendo así, ¿cómo podré condenar a éste?» Así sacarás un doble provecho: te curarás a ti mismo y curarás a tu prójimo. No juzgar es un atajo que lleva al perdón de los pecados si es verdadera esta palabra: «No juzguéis y no seréis juzgados»... Algunos han cometido graves faltas a la vista de todos, pero en secreto han hecho grandes actos de virtud. Así es que sus detractores se han equivocado pues no han sabido ver más que la humareda y no han visto al sol...
Los censores apresurados y severos caen en esta ilusión porque no conservan el recuerdo y la preocupación constante de sus propios pecados... Juzgar a los demás es usurpar sin vergüenza una prerrogativa divina; condenarlos, es arruinar nuestra propia alma... De la misma manera que un buen vendimiador come los racimos maduros y no coge los que están verdes, igualmente, un espíritu benevolente y sensato se fija cuidadosamente en todas las virtudes que ve en los demás; pero es insensato el que escruta las faltas y deficiencias.
Fuente: San Juan Clímaco


