martes, 3 de noviembre de 2026

Comentario lectura evangelio 04/11/26

“Mucha gente acompañaba a Jesús”

El comienzo del pasaje del evangelio de Lucas es importante tenerlo en cuenta, pues no se limita la invitación al seguimiento, solamente al grupo apostólico o a los 72, sino que se le hace a la multitud: “si alguno viene a mi…”. Le siguen muchos y a ellos les expone las condiciones del seguimiento: salir del ámbito familiar, salir de sí mismo, dejándolo todo para priorizar el seguimiento, si no es así “no puede ser discípulo mío”. Usa el término “posponer”, colocar en segundo término. Esto hay que asumirlo como discípulos. Ponerse en camino sin ataduras, para aprender a relacionarse con todos, incluso consigo mismo, teniendo a Jesús como centro y referente.

Salir de sí mismo para abrazarse a la cruz, como expresión de un proyecto de amor que implica la donación completa a Él, para actuar desde Él y con Él. Es entregar la vida como él; optar por el olvido de sí mismo, para asumir el servicio y realizar la oblación unidos a Jesucristo.

No se trata de una alegre respuesta a esta invitación, sino una muy pensada decisión, habiendo entendido el alcance de la propuesta, las limitaciones propias para realizarla y la necesidad de una comunión creciente con el Señor, en razón de su afirmación: Sin mí no podéis hacer nada. Los dos ejemplos que propone para ser considerados por aquellos que decidan irse con él, conllevan la necesaria consideración sobre la disposición personal para el seguimiento.

Y como otro de los impedimentos es el apego a las cosas materiales, de estas también hay que desapegarse, renunciar a todos los bienes, para entender que el necesario uso de ellos, no puede interponerse en la decisión de seguirle. Cuando eso ocurre, el caso del joven rico, aparece el alejamiento de él. Porque el discipulado seta referido a todo bautizado, al ser todos llamados y todos enviados en la diversidad vocacional.

¿Hasta dónde estoy dispuesto a llegar siguiendo a Jesús? ¿Cómo voy asimilado y viviendo estas condiciones que él nos propone?

Fuente: Fr. Antonio Bueno Espinar O.P., Convento de Santa Cruz la Real (Granada)

lunes, 2 de noviembre de 2026

Comentario lectura evangelio 03/11/26

“Invitados a invitar”

La parábola de hoy nos presenta el Reino de Dios como una mesa felizmente preparada para compartir, celebrar y encontrarse entre todos los invitados. Dios nos ofrece un Reino lleno de alegría y paz.

Sin embargo, quienes habían sido invitados comienzan a poner diferentes excusas para no acudir con asuntos personales que les parecen más importantes o urgentes, cosa que no llama nada la atención porque suele pasarnos a todos, que una vez se nos muestra cómo construir y celebrar el Reino de Dios, ponemos escusas, y es que la vida cotidiana puede encerrarnos tanto que dejamos pasar lo verdaderamente importante: Dios.

Pero la mesa no puede estar vacía, y Dios llama a quienes normalmente quedan fuera de esta para llenarla de personas enfermas, excluidas o heridas. Dios siempre se acuerda de quienes viven en los márgenes, de quienes no tienen poder o capacidad de decisión.

El mensaje de hoy es claro: toda persona merece estar en la mesa del Señor. Toda persona está dotada de dignidad para compartir la fiesta. Sin distinción alguna. Sin discriminación. La vida se convierte en una verdadera celebración cuando nadie queda fuera. Seamos anfitriones que construyan, incluyan y que nunca pongan escusas para compartir el banquete del Señor.

¿Qué excusas ponemos para no escuchar, acompañar o ayudar a quienes nos necesitan? ¿Quiénes son hoy las personas que dejamos fuera de nuestras mesas, comunidades y espacios de decisión? ¿Qué podemos hacer para que cada persona se sienta acogida, valorada y parte de la comunidad? ¿Estamos dispuestos a compartir nuestro tiempo, nuestros recursos y nuestra vida con quienes suelen quedar al margen?

Fuente: Fraternidad Laical de Santo Domingo de Valencia, Fraternidad de Laicos Dominicos de Valencia

domingo, 1 de noviembre de 2026

Comentario lectura evangelio 02/11/26

“No perdáis la calma”

Una exhortación para todos los que peregrinamos en este «hoy de salvación» se resume en el no perder la calma, la tranquilidad operante, la paz conquistada diariamente, el sosiego y la serenidad. Es el Maestro quien, con toda sabiduría, nos indica en el Evangelio la senda para conseguir tal objetivo. La vereda no es otra que la de la fe, recibida como un regalo, apreciada, cultivada con esmero, profundizada con el conocimiento de lo revelado por Dios, que no se equivoca y jamás engaña. Esta creencia ha de estar incorporada a lo más hondo del ser,  profesada en el exterior, en circunstancias fáciles y penosas, en medio de aceptaciones, de indiferencias y rechazos.

En este día de plegaria ferviente en favor de los fieles difuntos necesitados, puede resultar muy útil traer a la memoria a personas que, por una razón u otra, hemos conocido. Individuos que, armados de su fe, no se han echado atrás, ni se han dejado derrumbar por la enfermedad, sino que han mantenido su vida con gratitud, aprovechándola con valentía y solidaridad para con los necesitados de valores; otros han preferido morir con tal de alumbrar una vida que siempre es asistida por la providencia; otros, impedidos para los trabajos, se han entregado a la oración ante el sagrario, mientras intentaban sofocar las llamas en una casa vecina a la suya; tantos otros, llegados a situaciones de martirio, eligieron morir de cara a los verdugos para bendecirlos.

Nuestra oración es válida también para los que provocaron muertes, aun de sus hijos no nacidos, de sus padres ancianos y desvalidos, de cualquier homicidio por motivo de odio, venganza, robos, guerras y ambiciones. Hasta el punto final de sus desenlaces tuvieron semejantes desdichados el rostro de Dios junto a ellos, suplicándoles el arrepentimiento, la retractación y la conversión. Dios perdona a quien, arrepentido de verdad, se confiesa culpable. Pero, borrada la culpa, permanece la pena que, en nuestras manos, está aliviarla mediante el acto más sublime de caridad, cual es la oración por semejantes hijos de Dios y hermanos nuestros.

Fuente: Fray Vito T. Gómez García O.P., Convento de Ntro. Padre Sto. Domingo (Torrente, Valencia)

sábado, 31 de octubre de 2026

Comentario lectura evangelio 01/11/26

Los diversos grados de la perfección

La Escritura llama a nuestro libre arbitrio a diferentes grados de perfección, según el estado y la medida de cada alma en particular. Todas las almas no tienen la misma virtud, ni la misma voluntad, ni el mismo fervor. La palabra divina establece, por así decirlo, grados y medidas diversos en la perfección.

Tenemos una marca que se evidencia en la variedad de las bienaventuranzas evangélicas. ¡Felices a los que pertenece el Reino de los cielos, felices los que poseerán la tierra, felices los que serán consolados, felices los que serán saciados! Pensamos, sin embargo, que hay diferencia entre habitar los cielos y poseer la tierra, cualquiera que ella sea. Hay diferencia entre el consuelo y la plenitud y saciedad de la justicia. La distancia es grande entre recibir misericordia y gozar de la muy gloriosa visión de Dios: “Hay cuerpos celestiales y cuerpos terrestres, y cada uno tiene su propio resplandor: uno es el resplandor del sol, otro el de la luna y otro el de las estrellas, y aun las estrellas difieren unas de otras por su resplandor. Lo mismo pasa con la resurrección de los muertos: se siembran cuerpos corruptibles y resucitarán incorruptibles” (1 Cor 15,40-42). (…)

Lo ven entonces, la perfección comporta diferentes grados. (…) En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones” (Jn 14,2), dice el Salvador. Los otros astros brillan en el cielo, sin embargo, hay mucha distancia entre el resplandor del sol, de la luna, de Venus y de las otras estrellas.

Fuente: San Juan Casiano (c. 360-435), fundador de la Abadía de Marsella

viernes, 30 de octubre de 2026

Comentario lectura evangelio 31/10/26

Hoy, ¿os habéis fijado en el inicio de este Evangelio? Ellos, los fariseos, le estaban observando. Y Jesús también observa: «Notando cómo los invitados elegían los primeros puestos» (Lc 14,7). ¡Qué manera tan diferente de observar!

La observación, como todas las acciones internas y externas, es muy diferente según la motivación que la provoca, según los móviles internos, según lo que hay en el corazón del observador. Los fariseos —como nos dice el Evangelio en diversos pasajes— observan a Jesús para acusarlo. Y Jesús observa para ayudar, para servir, para hacer el bien. Y, como una madre solícita, aconseja: «Cuando seas convidado por alguien a una boda, no te pongas en el primer puesto» (Lc 14,8).

Jesús dice con palabras lo que Él es y lo que lleva en su corazón: no busca ser honrado, sino honrar; no piensa en su honor, sino en el honor del Padre. No piensa en Él sino en los demás. Toda la vida de Jesús es una revelación de quién es Dios: “Dios es amor”.

Por eso, en Jesús se hace realidad —más que en nadie— su enseñanza: «Se despojó de su grandeza, tomó la condición de esclavo y se hizo semejante a los hombres (…). Por eso Dios lo exaltó y le dio el nombre que está por encima de todo nombre» (Flp 2,7.9).

Jesús es el Maestro en obras y palabras. Los cristianos queremos ser sus discípulos. Solamente podemos tener la conducta del Maestro si dentro de nuestro corazón tenemos lo que Él tenía, si tenemos su Espíritu, el Espíritu de amor. Trabajemos para abrirnos totalmente a su Espíritu y para dejarnos tomar y poseer completamente por Él.

Y eso sin pensar en ser “ensalzados”, sin pensar en nosotros, sino sólo en Él. «Aunque no hubiera cielo, yo te amara; aunque no hubiera infierno te temiera; lo mismo que te quiero te quisiera» (Autor anónimo). Llevados solamente por el amor.

Fuente: Rev. D. Josep FONT i Gallart, (Getafe, España)

jueves, 29 de octubre de 2026

Comentario lectura evangelio 30/10/26

Hoy el Evangelio nos deja ver a Jesús: firme como buey, manso como asno. Está en casa de un importante fariseo; es un sábado. «Ellos lo estaban observando» (Lc 14,1). En este ambiente de juicio, Jesús mira delante suyo a un hombre hidrópico, y su pregunta es directa: «¿Es lícito curar en sábado o no?» (Lc 14,3). Pregunta que desafía la rigidez de la ley en favor de la compasión, también del corazón. La ley del sábado, como nuestro domingo, estaba destinada al descanso y la santificación, y se había convertido en una carga. Jesús, al poner la comparación con el “hijo o el buey que cae”, nos muestra la incoherencia de quienes, preocupados por sus posesiones, las rescatarían sin dudar, mientras postergarían (en sábado) la sanación de una persona.

Uno que fue rescatado de un pozo es Saulo de Tarso. Imaginemos lo que diría en su acción de gracias, haciendo eco con palabras del Papa León XIV: «Mientras agradecemos al Señor la llamada con la que transformó su vida…, le pedimos que sepamos cultivar y difundir su caridad, haciéndonos prójimos los unos de los otros». San Beda interpreta el buey y el asno como «los pueblos judío y gentil, llamados a ser liberados del pozo de la concupiscencia». Jesús rescata a todos, sin importar nuestra condición y el día. Siendo “Hijo”, se acordaría de aquella noche en Belén, con la tierna mirada de María y José, donde un buey y un asno lo contemplaban; ese niño que venía a sacarnos del pozo del pecado, a todos y para siempre. Hoy, nos anima con ojos de misericordia, a contemplar las personas antes que las cosas, priorizar la vida, todos los días.

La sanación de hoy, y la palabra de Jesús, nos interpelan: nuestras normas, tradiciones o comodidades, ¿nos impiden ver la necesidad del otro? La mesa —símbolo y sacramento de comunidad y vida eucarística— a la que estamos invitados todos, refleja una profunda verdad: nuestra vida tiene un valor incalculable. En ella, Jesús lava los pies y se nos da en alimento, y recomienda: «Haced esto en memoria mía» (Lc 22,19).

Fuente: Rev. D. Darío Gustavo GATTI Giorgio ISSDSch, (Rosario, Santa Fe, Argentina)

miércoles, 28 de octubre de 2026

Comentario lectura evangelio 29/10/26

«¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como la gallina reúne a sus pollitos bajo las alas, pero no habéis querido!»

Jeusalén era una ciudad de paz, y fue también una ciudad de tormento, porque en ella Jesús sufrió inmensamente y en ella murió dolorosamente. Es en esta ciudad que hemos de ser sus testigos, y no con palabras sino en verdad, con nuestra vida, imitándolo tanto como podamos. Muchos hombres habría que, gustosamente, serían testigos de Dios en la paz con tal que todo les fuera según su criterio. Gustosamente serían santos, con la condición de no encontrar nada amargo en los ejercicios y trabajos para llegara a serlo. Querrían gustar, desear y conocer las dulzuras divinas sin tener que pasar por ninguna clase de amargura, pena o desolación. En cuanto les sobrevienen fuertes tentaciones y tinieblas, en cuanto les deja el sentimiento y la conciencia de estar en Dios, en cuanto se sienten abandonados interior y exteriormente, entonces todo lo abandonan y así dejan de ser verdaderos testigos.

Todos los hombres buscan la paz. Por todas partes, en sus obras y de todas maneras buscan la paz. ¡Ah! que podamos nosotros liberarnos de esta búsqueda y podamos buscar la paz en el tormento. Es tan sólo ahí que nace la verdadera paz, la que permanece, la que perdura...Busquemos la paz en el dolor, el gozo en la tristeza, la simplicidad en la multiplicidad, la consolación en la amargura; es así que llegaremos a ser en verdad los testigos de Dios.

Fuente: Juan Taulero (c. 1300-1361), dominico en Estrasburgo