viernes, 21 de agosto de 2026

Comentario lectura evangelio 22/08/26

«El mayor entre vosotros será vuestro servidor» (Mt 23,11)
Tercera, 1-3: PG 34, 467-470

Los hermanos, hagan lo que hagan, deben mostrarse caritativos y gozosos los unos para con los otros. El que trabaja hablará así del que ora: «El tesoro que posee mi hermano, es también mío, puesto que todo nos es común». Por su parte, el que ora dirá del que lee: «El beneficio que saca de su lectura me enriquece a mí también». Y también el que trabaja dirá: «Es por interés hacia la comunidad que cumplo este servicio».

Los múltiples miembros del cuerpo no forman más que un solo cuerpo y mutuamente se sostienen cumpliendo cada uno su tarea. El ojo ve para todo el cuerpo; la mano trabaja para los demás miembros; el pie, al andar, los lleva a todos con él; un miembro sufre cuando otro miembro sufre. Es así tal como los hermanos se deben comportar los unos con los otros (cf Rm 12, 4-5). El que ora no juzgará al que trabaja pensando que no ora... El que sirve, no juzgará a los demás. Por el contrario, cada uno, haga lo que haga, lo hace para la gloria de Dios (cf 1C 10,31; 2C 4,15).

Así una gran concordia y una serena armonía formarán «el vínculo de la paz» (Ef 4,3), que les unirá entre sí y les hará vivir con transparencia y simplicidad bajo la mirada amorosa de Dios. Evidentemente que lo esencial es perseverar en la oración. Por otra parte sólo se requiere una cosa: cada uno debe poseer en su corazón este tesoro que es la presencia vivificante y espiritual del Señor. Tanto si trabaja, como si ora o lee, cada uno debe poder decir que posee este bien imperecedero que es el Espíritu Santo.

Fuente: San Macario

jueves, 20 de agosto de 2026

Comentario lectura evangelio 21/08/26

Amemos a Dios desde Dios

Nadie existe sin amor. Pero hay que preguntarse qué es lo que amamos. No se nos invita a no amar, sino a elegir lo que vamos a amar. Pero ¿qué vamos a elegir, a si antes no somos elegidos nosotros? No podemos amar si antes no somos amados.

Escuchen al apóstol Juan. (…) “Nosotros amamos porque él nos amó primero” (Jn 4,10). Busca de dónde viene al hombre amar a Dios, y hallarás que es porque Dios lo amó antes. El que hemos amado se entregó a sí mismo, nos dio así la fuente del amor. Escuchen lo que dice claramente el apóstol Pablo para que amemos: “El amor de Dios se ha difundido en nuestros corazones”. ¿De quién? ¿De nosotros tal vez? No. ¿De quién entonces? “Del Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rom 5,5). Teniendo tanta confianza, amemos a Dios desde Dios. (…)

Escuchen más claramente aún a Juan: “Dios es amor, y quien permanece en el amor, permanece en Dios y Dios en él” (1Jn 4,16). Poco es decir “el amor procede de Dios”. ¿Quién de nosotros se atrevería decir: “Dios es amor”? Lo dijo el que conocía al que tenía. Ama y tú lo tienes en ti. Dios se ofrece a nosotros. Y nos dice

Ámenme y permaneceré en ustedes, y no pueden amarme si no permanezco en ustedes”.

Fuente: San Agustín (354-430), obispo de Hipona (África del Norte), doctor de la Iglesia

miércoles, 19 de agosto de 2026

Comentario lectura evangelio 20/08/26

Vestido de bodas

La fragancia de tus vestimentas son como el aroma del incienso” (Ct 4,11). El sentido profundo de esas palabras enseña a los hombres hacia qué fin se torna la vida virtuosa. Porque el fin de la vida virtuosa es la semejanza con Dios. Por eso, las almas virtuosas se aplican a adquirir la pureza del alma y a librarse de los apegos sensuales, con el fin de mostrar la marca de la naturaleza divina en ellas por la excelencia de sus vidas.

Pero la vida virtuosa no presenta un solo aspecto ni una sola forma. Lo mismo que la fabricación de telas para hacer una vestimenta se realiza con numerosos hilos, unos tendidos verticalmente y otros horizontalmente, la vida virtuosa es tejida con la colaboración de muchos elementos. Son esos hilos que enumera el Apóstol cuando describe lo que concurre para el tejido de obras puras y habla de “amor, alegría, paz, longanimidad, bondad” (Gal 5,22). También nombra otras virtudes que forman la vestimenta del que se ha despojado de la vida corruptible y terrestre, para revestir la incorruptibilidad celestial (cf. 1 Cor 15,53). (…)

Tal es el sentido de esas palabras del Cantar. Cómo si dijese: “En ti, mi Esposa, el revestimiento de virtudes es una imitación de la beatitud divina, que te asimila al ser inaccesible, por la pureza y liberación de pasiones”.

Fuente: San Gregorio de Nisa (c. 335-395), monje, obispo

martes, 18 de agosto de 2026

Comentario lectura evangelio 19/08/26

«El Reino de los cielos se parece a un propietario…» (Mt 20,1).

El Reino de los cielos se compara a un padre de familia que contrata trabajadores para cultivar su viña. Sin embargo ¿quién puede ser más justamente comparado con este padre de familia que nuestro Creador, que gobierna lo que ha creado, y ejerce en este mundo el derecho de propiedad sobre sus elegidos como un maestro sobre los servidores que tiene en su casa? Posee una viña, la Iglesia universal, que ha tenido siempre, por así decirlo, sarmientos que han producido santos, desde Abel, el justo, hasta el último elegido que nacerá al final del mundo.

Este Padre de familia contrata trabajadores para cultivar su viña, desde el amanecer, a la hora tercera, a la sexta, en la novena y a la 11ª hora, ya que no ha cesado, del comienzo del mundo hasta el final, de reunir predicadores para instruir a la multitud de fieles. El amanecer del día, para el mundo, era desde Adán a Noé; la tercera hora, de Noé a Abraham; la sexta, de Abraham a Moisés; la novena, de Moisés hasta la llegada del Señor; y la 11ª hora, de la venida del Señor hasta el final del mundo. Los santos apóstoles han sido enviados para anunciar en esta última hora, y aunque han llegado tarde, han recibido un salario completo.

El Señor no deja en ningún momento de enviar obreros para cultivar su viña, es decir para enseñar a su pueblo. Porque mientras hacía fructificar las buenas costumbres de su pueblo por los patriarcas, y luego por los doctores de la ley y los profetas, y, por último, los apóstoles, trabajaba, en cierto modo, cultivando su viña por medio de sus trabajadores. Todos aquellos que, a una fe recta, han unido las buenas obras, han sido los obreros de esta viña.

Los trabajadores del principio del día, de la tercera, de la sexta y de la novena hora representan, pues, el antiguo pueblo hebreo, que, se aplica… desde el comienzo del mundo, a dar culto a Dios con una fe recta, y por tanto, no ha cesado, por así decirlo, de trabajar en el cultivo de la vid. Pero a la 11ª hora, son llamados los paganos, y es a ellos a quienes se destinan estas palabras: «¿por qué habéis estado allí, toda la jornada, sin hacer nada? » pues a lo largo de mucho tiempo, los paganos se habían descuidado de trabajar para la vida eterna, y estaban ahí, en cierta forma, toda la jornada, sin hacer nada. Pero observad, hermanos, lo que responden a la pregunta que se les ha planteado: «porque nadie nos ha contratado». En efecto, ningún patriarca, ni ningún profeta habían llegado a ellos. Y ¿qué quiere decir: «nadie nos ha contratado para trabajar» sino: «nadie nos ha predicado el camino de la vida»?

Pero nosotros, ¿qué excusa pondremos, si no hacemos buenas obras? Recordemos que hemos recibido la fe, al salir del seno de nuestra madre, escuchado las palabras de vida desde nuestra cuna, y fueron las ubres de la santa Iglesia el alimento de la doctrina celestial al mismo tiempo que la leche materna.

Podemos repartir estas diversas horas del día entre los años de vida del hombre. El amanecer, es la infancia de nuestra inteligencia. La tercera hora puede aplicarse a la adolescencia, porque el sol deslumbra ya, por decirlo así, desde la altura, en los ardores de la juventud que empiezan a calentarse. La sexta hora, es la edad de la madurez: el sol se establece allí como su punto de equilibrio, ya que el hombre está en la plenitud de su fuerza. La novena hora designa la vejez, dónde el sol desciende, en cierto modo, desde lo alto del cielo, para que los ardores de la edad madura se refresquen. En fin, la undécima hora es la edad que se nombra como vejez avanzada…

Unos son conducidos a una vida honrada desde la infancia, otros durante la adolescencia, otros en la edad madura, otros en la vejez y otros por fin en edad muy avanzada, es como si fueran llamados a la vid, a diferentes horas del día. Examinad pues vuestro modo de vivir, hermanos, y ved si vosotros actuáis como obreros de Dios. Reflexionad bien, y considerad si trabajáis en la vid del Señor… El que se descuidó de vivir para Dios hasta su última edad, es como el obrero que ha estado sin hacer nada hasta la undécima hora… «¿Por qué habéis estado todo el día sin hacer nada?» Es como si dijéramos claramente: «Si no habéis querido vivir para Dios durante vuestra juventud y edad madura, arrepentíos, por lo menos, en vuestra última edad… Venid, a pesar de todo, hacia los caminos de la vida»… ¿No fue a la undécima hora cuando el ladrón regresó? (Lc 23,39s) No fue por su edad avanzada, sino por el suplicio con que se encontró al llegar a la tarde de su vida. Confesó a Dios sobre la cruz, y expiró casi en el momento en el que el Señor le daba su sentencia. Y el Dueño de todo, admitiendo al ladrón antes que a Pedro en el descanso del paraíso, distribuyó bien el salario comenzando por el último.

Fuente: San Gregorio Magno, papa y doctor de la Iglesia

lunes, 17 de agosto de 2026

Comentario lectura evangelio 18/08/26

Dejarlo todo para seguir a Cristo

En verdad es una gran cosa “dejarlo todo”, pero hay una cosa todavía más grande que es “seguir a Cristo” porque, tal como nos lo enseñan los libros, son muchos los que lo han dejado todo pero no han seguido a Cristo. Seguir a Cristo es nuestra tarea, nuestro trabajo, en esto consiste lo esencial de la salvación del hombre, pero no podemos seguir a Cristo si no abandonamos todo lo que nos impide seguirle. Porque “sale contento como un héroe” (sal 18,6), y nadie puede seguirle si lleva una pesada carga.

He aquí, dice Pedro, que nosotros lo hemos dejado todo”, no solamente los bienes de este mundo sino también los deseos de nuestra alma. Porque no lo ha dejado todo el que sigue atado aunque sólo sea a sí mismo. Más aún, de nada sirve haber dejado todo lo demás a excepción de sí mismo, porque no hay carga más pesada para el hombre que su propio yo. ¿Qué tirano hay más cruel, amo más despiadado  para el hombre que su voluntad propia?... Por consiguiente, es preciso que abandonemos nuestras posesiones y nuestra voluntad propia si queremos seguir a aquel que no tenía “donde reclinar la cabeza” (Lc 9,58), y que ha venido “no para hacer su voluntad, sino la voluntad del que le ha enviado” (Jn 6,38).

Fuente: San Pedro Damián (1007-1072), benedictino, obispo de Ostia, doctor de la Iglesia

Comentario lectura evangelio 17/08/26

Hoy la liturgia de la palabra pone ante nuestra consideración el famoso pasaje del joven rico, aquel joven que no supo responder ante la mirada de amor con que Cristo se fijó en él (cf. Mc 10,21). San Juan Pablo II nos recuerda que en aquel joven podemos reconocer a todo hombre que se acerca a Cristo y le pregunta sobre el sentido de su propia vida: «Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir vida eterna?» (Mt 19,16). El Papa comenta que «el interlocutor de Jesús intuye que hay una conexión entre el bien moral y el pleno cumplimiento del propio destino».

También hoy, ¡cuántas personas se hacen esta pregunta! Si miramos a nuestro alrededor, podemos quizá pensar que son pocas las personas que ven más allá, o bien que el hombre del siglo XXI no necesita hacerse este tipo de preguntas, ya que las respuestas no le sirven.

Jesús le responde: «¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno sólo es el Bueno. Mas si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos» (Mt 19,17). No es solamente legítimo el preguntarse acerca del más allá, sobre el sentido de la vida, sino que... ¡es necesario hacerlo! El joven le ha preguntado qué tiene que hacer para alcanzar la vida eterna, y Cristo le responde que tiene que ser bueno.

Hoy día, para algunos o para muchos —¡qué más da!— puede parecer imposible “ser bueno”... O bien, les puede parecer algo sin sentido: ¡una tontería! Hoy, como hace veinte siglos, Cristo nos sigue recordando que para entrar en la vida eterna es necesario cumplir los mandamientos de la ley de Dios: no se trata de un “óptimo”, sino que es el camino necesario para que el hombre se asemeje a Dios y así pueda entrar en la vida eterna de manos de su Padre-Dios. En efecto, «Jesús muestra que los mandamientos no deben ser entendidos como un límite mínimo que no hay que sobrepasar, sino como una senda abierta para un camino moral y espiritual de perfección, cuyo impulso interior es el amor» (San Juan Pablo II).

Fuente: Rev. D. Óscar MAIXÉ i Altés, (Roma, Italia)

domingo, 16 de agosto de 2026

Comentario lectura evangelio 16/08/26

Mujer ¡qué grande es tu fe!

Ten piedad de mí, Señor, Hijo de David!” Es un grito, una llamada de una fuerza inmensa... Es un gemido que viene como de un abismo sin fondo. Supera en mucho la naturaleza, es el Espíritu Santo mismo que profiere en nosotros este gemido (Rm 8,26)... Pero Jesús dice: “Dios me ha enviado sóo a las ovejas perdidas del pueblo de Israel.” (...) Ahora bien ¿qué hizo la mujer rechazada de esta manera? Se dejó decir y se humilló ella misma hasta lo más hondo. Llegó hasta el extremo de la humildad, del abismo. Con todo, mantuvo la confianza y dijo: “Esto es cierto, Señor, pero también los perrillos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos.

¡Oh, si vosotros también supierais penetrar realmente hasta el fondo de la verdad, no por comentarios muy sabios ni por palabras muy altisonantes, ni con los sentidos, sino yendo al fondo de vosotros mismos! Ni Dios, ni otra criatura alguna podría  anihilaros si permanecéis en la verdad, en la confianza humilde. Podríais padecer afrentas, menosprecios y burlas, resistiríais en la perseverancia, os humillaríais más todavía, animados por una confianza ilimitada, y aumentaría más y más vuestro celo. Todo depende de esta actitud y el que llega aquí ha vencido. Sólo estos caminos llevan de verdad, sin obstáculo alguno, hasta Dios. Pero, permanecer así en esta gran humildad, con perseverancia, con una seguridad entera y verdadera, como esta mujer pobre, no es de muchos.

Fuente: Juan Taulero (c. 1300-1361), dominico en Estrasburgo