“No he venido a llamar a los
justos, sino a los pecadores”
Si algo es claro en esta texto de Lucas es que Jesús no hace distinción de personas (Lc. 20, 21-22). No vive de prejuicios ni de juicios, sino que nos muestra un estilo de vida que se sitúa delante de los demás mirando en la profundo de su ser y no solo en su comportamiento.
Aún más, y todavía más exigente: invita a su mesa a aquellos que nadie sentaría y, menos aún, dentro de lo que simboliza el compartir los alimentos. El simposium (el comer juntos) que define de manera radical a la Eucaristía, Jesús lo abre a todos, todos, todos (Francisco) no exluye sino que se hace inclusivo como símbolo de ese Reino que ya hemos de ir preparando entre todos aquí en este mundo.
No es un hecho aislado en la vida de Jesús. Él se acerca, come, toca, habla… con los que en su tiempo la religión oficial y la leyes y costumbres, no deberían estar nunca cerca de una persona “pura”. Es una marca de origen, es nuestro estilo de cristianos que tomamos de lo más hondo de nuestra fe en Jesús: todos, todas, todes, somos seres llenos de dignidad que no pueden ser descartados ni tenidos en menos por su sexo, género, raza, ideología, religión…
Qué bien nos viene esta lectura, todo el evangelio, para situarnos en estos momentos de odio al extranjero, de lucha contra el emigrante, de desprecio a tanta gente que no es como nosotros pensamos que debería de ser.
Acercarnos al banquete (Eucaristía) es la manera de acercarnos a los demás, de abrazar a los que está abandonados por los grandes de la tierra y decir no con todas las fuerzas a lo que hace daño a mi hermano/a. No a la muerte, al genocidio, al racismo, a la mentira y la guerra… el Evangelio sigue siendo, ahora como siempre, luz ante el sufrimiento en nuestra humanidad.
Fuente: Fray Antoni Miró Gallego O.P., Convento de Santo Domingo Ra`ykuéra (Asunción. Paraguay)