Jesús dormía
Antes de hablarte de esta prueba, madre querida, debería haberte hablado de los ejercicios espirituales que precedieron a mi profesión. Esos ejercícios, no sólo no me proporcionaron ningún consuelo, sino que en ellos la aridez más absoluta y casi el abandono fueron mis compañeros. Jesús dormía, como siempre, en mi navecilla.
¡Qué pena!, tengo la impresión de que las almas pocas veces le dejan dormir tranquilamente dentro de ellas. Jesús está ya tan cansado de ser él quien corra con los gastos y de pagar por adelantado, que se apresura a aprovecharse del descanso que yo le ofrezco. No se despertará, seguramente, hasta mi gran retiro de la eternidad; pero esto, en lugar de afligirme, me produce una enorme alegría...
Verdaderamente, estoy lejos de ser santa, y
nada lo prueba mejor que lo que acabo de decir. En vez de alegrarme de mi
sequedad, debería atribuirla a mi falta de fervor y de fidelidad. Debería
entristecerme por dormirme (¡después de siete años!) en la oración y durante la
acción de gracias. Pues bien, no me entristezco... Pienso que los niños agradan
tanto a sus padres mientras duermen como cuando están despiertos; pienso que
los médicos, para hacer las operaciones, duermen a los enfermos. En una
palabra, pienso que «el Señor conoce nuestra masa, se acuerda de que no somos
más que polvo».
Mis ejercicios para la profesión fueron, pues, como todos los que vinieron después, unos ejercicios de gran aridez. Sin embargo, Dios me mostró claramente, sin que yo me diera cuenta, la forma de agradarle y de practicar las más sublimes virtudes.
He observado muchas veces que Jesús no quiere que haga provisiones. Me alimenta momento a momento con un alimento totalmente nuevo, que encuentro en mí sin saber de dónde viene... Creo simplemente que Jesús mismo, escondido en el fondo de mi pobre corazón, es quien me concede la gracia de actuar en mí y quien me hace descubrir lo que él quiere que haga en cada momento.
Fuente: Santa Teresa del Niño Jesús (1873-1897), carmelita descalza, doctora de la Iglesia