Dice Jesús que nadie puede ir a Él, si no lo atrae el Padre. Ante todo la fe es un don de Dios. Don de Dios y respuesta nuestra: escucha, apertura, aceptación, corazón abierto….
“Yo soy el pan de la vida”, dice Jesús. La Vida misma vino a nosotros para darnos vida eterna, vida en abundancia; para vivificar nuestra naturaleza caída, que yacía en las tinieblas, en la oscuridad del pecado y de la muerte.
En la Última Cena, como anticipo, en la Cruz y en la Eucaristía, Cristo nos entrega su Cuerpo y su Sangre, se da totalmente y es como si nos dijera: “coman la vida, beban la vida. Comer esto es rehacerse… Y beber aquello, ¿qué cosa es sino vivir?” (San Agustín). Y como Él está resucitado, la fuerza de su resurrección nos resucitará a nosotros.
Supliquemos al Padre que nos atraiga hacia su Hijo, clamemos al Espíritu que venga a nuestros corazones, y digamos a Jesucristo como aquel discípulo: “Creo, Señor, pero aumenta mi fe.”
(Fuente nocetnam)
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