"Esta, que pasa necesidad,
ha echado todo lo que tenía para vivir"
El pasaje del Evangelio de hoy
trata de adentrarnos en la profundidad espiritual que Jesús ofrece sobre el
Reino de Dios. Con total naturalidad, Jesús busca espacios en los que se
encuentra con personas para aprovechar e instruir, dar una mirada nueva y
profunda sobre las realidades esenciales de la vida. Para crear conciencia
sobre nuestro existir. Acompañar en esos interrogantes que van surgiendo en lo
interno de nuestro corazón y con facilidad nos quitan la paz. Por ello, es como
si el texto tuviese dos partes y en esas dos partes, muestra dos planos
totalmente distintos.
Aparece al principio instruyendo
al gentío. La segunda parte, más íntima, a los discípulos. La segunda parte
también habla de realidades distintas: los ricos echan mucho y de los que les
sobra. La viuda poco y lo que tiene para vivir.
Rápidamente nos mete en las
coordenadas de Dios, no en los ejes que estamos acostumbrados de esta sociedad
capitalista que busca siempre resultados asombrosos y que nos separa en
vencedores y fracasados. En el tener y no en el ser.
Siguiendo el hilo de los dos
planos, estamos en el Templo, lugar por excelencia de la presencia de Dios. Más
concretamente en la zona del tesoro del templo, donde hay situadas trece arcas
metálicas en forma de trompeta, destinadas a recoger las distintas ofrendas,
promesas, donativos de los fieles. Al depositar la moneda y pasar por esa
especie de trompeta emitía un sonido. El sonido que no el ruido o el humo que
muchas veces queremos ofrecer con nuestra vida. Por ello, toca la realidad de
una auténtica vivencia de lo religioso: el sonido esencial para el fariseo que
lo escucha el mundo. Y, el sonido esencial de la viuda que lo escucha Dios.
Los personajes también se sitúan
en planos que no tienen casi nada en común. El fariseo encargado de enseñar la
tradición oral y escrita del pueblo judío. Después de un proceso de aprendizaje
de la ley se les nombraba «maestros», con una determinada vestimenta que los
distinguía del resto del pueblo.
Vivían desde el legalismo férreo,
con un control sobre la vida religiosa y social del pueblo. Jesús denunció en
más de una ocasión su hipocresía. Y, esto es lo que quiere subrayar el texto al
hablar de ellos cuando Jesús instruye a la gente. La forma de vivir la relación
con Dios, conocer a Dios me debe llevar a ser más humano, más evangélico. El
arca de la ofrenda debe sonar a humildad no a hipocresía.
El otro personaje es el opuesto.
Mujer y viuda, dos requisitos que la sitúan en un plano inferior a los
fariseos. Su pobreza la sitúa en un plano inferior a los ricos. Presenta esta
mujer su ofrenda y no sonó para nada en aquellos artilugios en forma de
trompetas que nos fabricamos los humanos.
El sonido no es capaz de alzar
mucho su eco y no lo apreciaron los que pasaban por allí, unas insignificantes
monedillas. Sin embargo, Jesús, reúne a sus discípulos y les hace caer en la
cuenta de la importancia de la vivencia en la fe. Fiarse por completo de Dios.
El sonido que sale de la trompeta
con la ofrenda de la viuda es sublime: «música celestial». Ha echado lo que
tenía para vivir. La ofrenda total de la vida, se ha quedado sin nada. No hay reservas.
No se ha guardado nada. No hay seguridades ningunas sobre su futuro. No ha
calculado la acción. Se queda a la intemperie. Solo Dios. El resto da de lo que
les sobra y para nada exponen su vida.
Y es que el amor siempre te lleva
a un grado mayor, lo que has recibido gratis lo das en plenitud.
Fuente: Fray Juan Manuel Martínez
Corral O.P., Convento de Santo Domingo (Caleruega)