martes, 9 de junio de 2026

Comentario lectura evangelio 10/06/26

Cristo es el cumplimiento de las Escrituras

«No he venido a abolir, sino a dar plenitud». La fuerza y el poder de estas palabras del Hijo de Dios encierran un profundo misterio.

En efecto, la Ley prescribía unas obras, pero ésta orientaba todas estas obras hacia la fe en las realidades que Cristo manifestaría, porque la enseñanza y la Pasión del Salvador nos revelan el designio grande y misterioso de la voluntad del Padre. La Ley, bajo el velo de las palabras inspiradas, anunció el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo, su encarnación, su Pasión, su resurrección; tanto los profetas como los apóstoles nos han enseñado repetidas veces que, desde toda la eternidad, estaba dispuesto que todo el misterio de Cristo sería revelado en nuestro tiempo...

Cristo no quiso que pensáramos que sus mismas obras contenían otra cosa que no fueran las prescripciones de la Ley. Por eso él mismo afirmó: «No he venido a abolir, sino a dar plenitud». El cielo y la tierra... deben desaparecer, pero no desaparecerá ni el más mínimo mandamiento de la Ley porque en Cristo toda la Ley y los profetas encuentran su fin y plenitud. Él mismo en el momento de la Pasión declaró: «Todo se ha cumplido» (Jn 19,30). En aquel momento se confirmaron todas las palabras de los profetas.

Por eso Cristo afirma que ni tan sólo el más pequeño de los mandamientos de Dios puede ser abolido sin ofender a Dios... Nada puede ser más humilde que la cosa más pequeña. Y la más humilde de todas ha sido la Pasión del Señor y su muerte en cruz.

Fuente: San Hilario (c. 315-367), obispo de Poitiers y doctor de la Iglesia

lunes, 8 de junio de 2026

Comentario lectura evangelio 09/06/26

El alma es penetrada con la luz de la razón, como el mundo por el sol

Todos los elementos son distintos en el hombre y respetan un orden determinado. El alma aparece como un fuego y, en ella, la razón es como una luz. El alma es penetrada con la luz de la razón, como el mundo es iluminado por el sol. Así, por la razón, ella puede prever y conocer todas las obras del hombre. (…)

El sol, obscurecido por una nube negra, escondido bajo los relámpagos, truenos y lluvias abundantes, no aparece. Cuando ellos cesan, el sol esparce de nuevo su luz. Así ocurre en el alma del hombre, tan oprimida por el cuerpo que ella actúa según los deseos de la carne y la luz interior de la razón se ensombrece. Porque la cólera es como el relámpago, la avidez como el trueno, los deseos ilícitos de la carne como las lluvias torrenciales. Cuando la penitencia la ha limpiado de sus males, el alma brilla de nuevo en la claridad de la verdadera luz, iluminada por la esperanza de la liberación y la salvación. El alma exhala entonces la razón, como el fuego solar difunde sus rayos, y por ella discierne lo que es celeste de lo que es terrestre.

El alma del hombre es afirmada por el fuego del sol del Espíritu Santo para cumplir el bien, pero el fuego de la pereza y de la negligencia, la debilita. El fuego de la paciencia y de la compunción del espíritu, se unen, hacen producir al hombre frutos buenos, lo confortan y lo ornan de todo lo que es útil para que nada lo pueda separar del servicio y amor de Dios.

Fuente: Santa Hildegarda de Bingen (1098-1179), abadesa benedictina y doctora de la Iglesia

domingo, 7 de junio de 2026

Comentario lectura evangelio 08/06/26

"Abriendo su boca, les enseñaba"

El Evangelio de hoy no es un consejo piadoso ni una sugerencia opcional: «Este es mi mandamiento: que os améis» y no con un amor cualquier sino «como yo os he amado». Aquí está la medida del amor.

Pero el amor de Jesús no es un sentimiento superficial, sino un amor que se arrodilla, que toca las heridas, que perdona cuando duele y que permanece cuando otros se van- Es un amor que llega hasta el extremo, hasta dar la vida.

Jesús da un paso audaz: «Ya no os llamo siervos… os llamo amigos». La relación con Dios deja de ser la de quien obedece por miedo o por obligación, y se convierte en la de quien vive desde la confianza y la intimidad con Él, porque el amigo no cumple órdenes ni vive en la distancia sino que comparte el corazón y entra en la vida del otro.

Pero ojo: esta amistad no es cómoda ni decorativa, exige que vivamos plenamente y por eso Jesús dice: «vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando». Es decir: la amistad con Jesús nos compromete, nos implica y nos saca de la pasividad. Por eso, no basta con sentirnos cerca de Jesús; hay que vivir como Él.

Y así, esta es una frase deberíamos llevar en el corazón: «No me habéis elegido vosotros a mí; soy yo quien os he elegido». Nuestra fe no es iniciativa nuestra, es una llamada. Fuimos llamados a ir y a dar fruto y no un fruto cualquier, sino un fruto que permanezca y que es capaz de transformar vidas.

Así que nos podemos preguntar: ¿Nuestro amor deja huella o pasa sin tocar a nadie? ¿Nuestra fe genera vida o se queda solo en las palabras?

Y Jesús lo resume todo al final: «Amaos los unos a los otros». Porque al final, lo único que permanecerá no serán nuestras obras brillantes ni nuestros discursos, sino el amor concreto que hayamos vivido y es ese amor el que nos salva.

La fe auténtica une discernimiento y amor: escuchar el Espíritu y amar con la medida del amor de Jesús, sin cargar a los demás con pesos innecesarios.

Preguntémonos: ¿Nuestra manera de vivir la fe alivia la vida de los demás o la complica?

Fuente: Fr. Jose Manuel Silva, Convento de San Pablo y San Gregorio (Valladolid)

sábado, 6 de junio de 2026

Comentario lectura evangelio 07/06/26

Hoy, la celebración del Corpus Christi nos da la oportunidad, por una parte, de valorar y agradecer el gran regalo que se nos ofrece en el Sacramento de la Eucaristía. En ella se realiza la promesa del Señor: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). Presencia sacramental que se inicia en la Última Cena, cuando Jesús “parte y reparte” su Cuerpo y su Sangre, regalo que habría de continuarse gracias a que también en esa misma Cena les comparte el poder de seguir haciéndolo presente: «Haced esto en memoria mía» (Lc 22,19).

San Juan, en su Evangelio, nos dice que cada uno de los signos que Jesús realizaba era con la finalidad de despertar y fortalecer la fe en Él (cf. Jn 20,31). San Pablo, por su parte, subraya la gran importancia de la Resurrección: «Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe» (1Co 15,17). Pero esa fe tiene que ser alimentada, y la mejor manera de lograrlo es comiendo el Cuerpo mismo del Señor: «Mi carne es verdadera comida» (Jn 6,55). Por ello, esta festividad nos recuerda también la responsabilidad que tenemos, no sólo de estar bien preparados para recibirlo, sino también de “comerlo de verdad”.

En efecto, su Cuerpo nos dará vida en la medida en que lo asimilemos. Así como sucede con cualquier alimento que le demos a nuestro cuerpo —para que nos sea de utilidad— tiene que ser asimilado, así también el Cuerpo del Señor será fuente de fortaleza y vida tanto cuanto le permitamos ser parte de nosotros mismos. Por eso, según León XIV, «la participación en la liturgia no termina en el templo, sino que transforma la vida cotidiana».

Dicho de otra manera, nuestra Comunión con el Señor, la Sagrada Eucaristía, el Corpus Christi será realmente eficaz en nosotros tanto como nuestra vida sea verdadero signo para que los demás crean. El mismo Señor nos lo sugirió con estas palabras: «Que vuestra luz brille delante de los hombres, para que vean nuestras buenas acciones y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5,16).

Fuente: P. Esteban SALAZAR González, (Puerto Vallarta, México)

viernes, 5 de junio de 2026

Comentario lectura evangelio 06/06/26

"Esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir"

El pasaje del Evangelio de hoy trata de adentrarnos en la profundidad espiritual que Jesús ofrece sobre el Reino de Dios. Con total naturalidad, Jesús busca espacios en los que se encuentra con personas para aprovechar e instruir, dar una mirada nueva y profunda sobre las realidades esenciales de la vida. Para crear conciencia sobre nuestro existir. Acompañar en esos interrogantes que van surgiendo en lo interno de nuestro corazón y con facilidad nos quitan la paz. Por ello, es como si el texto tuviese dos partes y en esas dos partes, muestra dos planos totalmente distintos.

Aparece al principio instruyendo al gentío. La segunda parte, más íntima, a los discípulos. La segunda parte también habla de realidades distintas: los ricos echan mucho y de los que les sobra. La viuda poco y lo que tiene para vivir.

Rápidamente nos mete en las coordenadas de Dios, no en los ejes que estamos acostumbrados de esta sociedad capitalista que busca siempre resultados asombrosos y que nos separa en vencedores y fracasados. En el tener y no en el ser.

Siguiendo el hilo de los dos planos, estamos en el Templo, lugar por excelencia de la presencia de Dios. Más concretamente en la zona del tesoro del templo, donde hay situadas trece arcas metálicas en forma de trompeta, destinadas a recoger las distintas ofrendas, promesas, donativos de los fieles. Al depositar la moneda y pasar por esa especie de trompeta emitía un sonido. El sonido que no el ruido o el humo que muchas veces queremos ofrecer con nuestra vida. Por ello, toca la realidad de una auténtica vivencia de lo religioso: el sonido esencial para el fariseo que lo escucha el mundo. Y, el sonido esencial de la viuda que lo escucha Dios.

Los personajes también se sitúan en planos que no tienen casi nada en común. El fariseo encargado de enseñar la tradición oral y escrita del pueblo judío. Después de un proceso de aprendizaje de la ley se les nombraba «maestros», con una determinada vestimenta que los distinguía del resto del pueblo.

Vivían desde el legalismo férreo, con un control sobre la vida religiosa y social del pueblo. Jesús denunció en más de una ocasión su hipocresía. Y, esto es lo que quiere subrayar el texto al hablar de ellos cuando Jesús instruye a la gente. La forma de vivir la relación con Dios, conocer a Dios me debe llevar a ser más humano, más evangélico. El arca de la ofrenda debe sonar a humildad no a hipocresía.

El otro personaje es el opuesto. Mujer y viuda, dos requisitos que la sitúan en un plano inferior a los fariseos. Su pobreza la sitúa en un plano inferior a los ricos. Presenta esta mujer su ofrenda y no sonó para nada en aquellos artilugios en forma de trompetas que nos fabricamos los humanos.

El sonido no es capaz de alzar mucho su eco y no lo apreciaron los que pasaban por allí, unas insignificantes monedillas. Sin embargo, Jesús, reúne a sus discípulos y les hace caer en la cuenta de la importancia de la vivencia en la fe. Fiarse por completo de Dios.

El sonido que sale de la trompeta con la ofrenda de la viuda es sublime: «música celestial». Ha echado lo que tenía para vivir. La ofrenda total de la vida, se ha quedado sin nada. No hay reservas. No se ha guardado nada. No hay seguridades ningunas sobre su futuro. No ha calculado la acción. Se queda a la intemperie. Solo Dios. El resto da de lo que les sobra y para nada exponen su vida.

Y es que el amor siempre te lleva a un grado mayor, lo que has recibido gratis lo das en plenitud.

Fuente: Fray Juan Manuel Martínez Corral O.P., Convento de Santo Domingo (Caleruega)

jueves, 4 de junio de 2026

Comentario lectura evangelio 05/06/26

"Dijo el Señor a mi Señor"

El texto del evangelio de hoy se sitúa en la sección de controversias en el templo (Mc 11–12). Jesús ya ha respondido a fariseos, herodianos y saduceos; ahora va a tomar la iniciativa. Él no responde a pregunta alguna, sino que plantea una nueva. Jesús parte de una creencia común de que el Mesías sería “hijo de David”. En Marcos, la cuestión de la filiación davídica se plantea no de manera abstracta, sino en relación con Cristo Jesús. Existía un nexo tradicional entre Jerusalén, el Templo y la llegada del mesías davídico, del que se esperaba no solo que purificara a Jerusalén de sus contaminaciones a causa de los paganos y de que restaurara el Templo, sino también que fuera un intérprete profundo de la palabra de Dios. Dentro del relato Marcano, Jesús ha entrado triunfal en Jerusalén, ha sido aclamado como hijo de David y ha afirmado su autoridad mesiánica sobre el Templo (11,1-18).

Jesús no rechaza directamente la idea tradicional del Mesías como descendiente de David, una expectativa bien asentada en el judaísmo del siglo I, sino que la desborda. Al recurrir al Salmo 110, introduce una tensión en la interpretación: si David llama “Señor” a esa figura futura, entonces no puede ser simplemente un descendiente suyo sino alguien que posee una dignidad superior. Jesús aparece como alguien cuya autoridad supera las expectativas convencionales: no es solo un rey restaurador al estilo de David, sino alguien que está por encima de él.

Finalmente, la reacción de la multitud, que lo escucha con agrado, introduce un contraste significativo: mientras las autoridades religiosas quedan implícitamente cuestionadas, el pueblo percibe la fuerza y la autenticidad de las enseñanzas del Maestro de Nazaret.

En conjunto, el pasaje sugiere que la identidad mesiánica de Jesús no puede encerrarse en categorías heredadas, sino que exige una reinterpretación que reconozca su autoridad singular y superior. Al final, la pregunta de Jesús sigue abierta. Y quizás la fe comienza precisamente ahí: cuando dejamos de encerrar a Dios en nuestras ideas y nos atrevemos a reconocer la grandeza que vive que Él.

Fuente: Hna. Carmen Román Martínez, Congregación de Santo Domingo

miércoles, 3 de junio de 2026

Comentario lectura evangelio 04/06/26

Hacia la plenitud

Las cosas son de otra manera, Él es Dios de vivos, no de muertos y nuestra naturaleza mortal no alcanza a comprender “las cosas de allá arriba”, lo que forma parte de los vivientes del Cielo.

¡Cuántas veces nos pasa! Y no entendemos ni podemos entender, ni está a nuestro alcance… es que realizar las obras de salvación requiere la fuerza del Resucitado, del Espíritu que nos regaló, “los vivos son quienes te alaban”. Y en verdad que nos desborda, porque pretendemos juntar dos realidades: lo que somos y tenemos como pobres mortales y lo que es fruto y regalo de la Resurrección, del Espíritu que nos ilumina y hace capaces y nos va conduciendo a lo único y más importante, lo que ya comienza y dura siempre, lo que nos admira y comienza a hacerse realidad en nosotros: el “mandamiento primero : amarás al Señor con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser” y tratándose del Amor, que es difusivo, consecuentemente, “amarás al prójimo”. Parece inalcanzable, muy superior a nuestras fuerzas y capacidad, pero precisamente así constatamos que es un Don de Dios añadido a nuestra naturaleza.

En este Evangelio se concreta la esencia del cristianismo, el intercambio y diálogo con el Señor que pone gradualmente en el corazón el camino a seguir desde la “escucha” o apertura a Él para “que ya no sea yo, sino Cristo en mi” hasta el acercamiento a la plenitud de la ley en y por el Amor. Es un proceso, un camino que se va realizando en nosotros con el tiempo, fidelidad y paciencia porque es la obra del Espíritu que es Quien nos santifica en realidad.

Queda añadir que hoy en la Orden de Predicadores celebramos a san Pedro de Verona, el protomártir, el que fue muerto por predicar la verdad y que escribió con su propia sangre en el suelo: CREO.  Que él nos acompañe y asista en esta andadura.

Fuente: Sor Inés Carmen de la Fuente Ruiz O.P., Monasterio de San Blas (Lerma, Burgos)