Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos
El evangelio de hoy toca uno de
los puntos más difíciles de entender de nuestra vida, esto es, la realidad de
la muerte y la promesa de la resurrección. Efectivamente, la resurrección
escapa a la razón, es un misterio que sólo se atisba a comprender desde la fe.
Los saduceos no creen en la
resurrección, ¡cuántos saduceos tenemos hoy en nuestra sociedad, que está muy
equivocada, que no comprenden las Escrituras ni quién es Dios realmente. Por
eso los cristianos debemos estar preparados para dar razón de nuestra fe.
En esta sociedad, cada vez más
inmersa en la cultura de la muerte, urge anunciar la verdadera vida que no se
acaba, la Vida Eterna a la que todos estamos llamados. Nuestra verdadera patria
es el cielo, aquí estamos de paso, salimos de Dios y volvemos a Dios.
Hoy urge anunciar que Cristo está
vivo, que Dios no es un Dios de muertos sino de vivos, que tiene poder para transformar
la muerte en vida. Como decía Pablo en la primera lectura “se nos ha dado la
gracia de anunciar el evangelio”. Así que, los que ya nos hemos encontrado con
el amor de Dios y disfrutamos del don de la fe, estamos llamados a hacer
partícipe a todo el mundo de este Dios que nos regala el don de la Vida Eterna.
Sabemos que no siempre seremos
bien recibidos, pero esto no nos debe desanimar, recordemos las palabras de
Pablo: “Sé de quién me he fiado”. En esta misión Cristo nos acompaña hasta el
final.
Aquí estoy, Señor, envíame.
Fuente: Sor Mª Belén Marín López,
OP, Monasterio Santa Ana, Murcia
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