"Danos a profesar la verdadera fe reconociendo la gloria de eterna Trinidad" (colecta)
El alma que ama a Dios jamás se
sacia, más hablar de Dios es audaz: nuestro espíritu está muy lejos de un
asunto tan grande... Cuanto más nos acercamos al conocimiento de Dios, más
sentimos profundamente nuestra impotencia. Así le ocurrió a Abraham y también a
Moisés: aunque que podían ver a Dios, en lo que le es posible al hombre, tanto
uno como el otro eran el más pequeño de todos; Abraham se llamaba" tierra
y ceniza ", y Moisés era de palabra torpe y lenta (Gn 18,27; Ex 4,11).
Comprobaba en efecto, la debilidad de su lengua para traducir la grandeza de
aquel que su espíritu acogía. Hablamos de Dios no tal como es, sino tal y como
podemos cogerlo.
En cuanto a tú, si quieres decir
u entender algo de Dios, deja tu naturaleza corporal, deja tus sentidos
corporales... Eleva tu espíritu por encima de todo lo que ha sido creado,
contempla la naturaleza divina: es allí, inmutable, indivisa, luz inaccesible,
gloria brillante, bondad deseable, belleza inigualable, donde el alma es
herida, pero no lo puede expresar con palabras adecuadas.
Aquí es el Padre, el Hijo y el
Santo Espíritu... El Padre es el principio de todo, la causa del ser del que
es, la raíz de los vivientes. Es aquel del que fluye la Fuente de la vida, la
Sabiduría, la Potencia, la Imagen perfecta semejante al Dios invisible: el Hijo
engendrado por el Padre, El Verbo vivo, que es Dios, y que regresa al Padre
(1Co 1,24; He 1,3; Jn 1,1). Por este nombre de Hijo, sabemos que comparte la
misma naturaleza: no es creado por una orden, sino que brilla sin cesar a
partir de su sustancia, unido al Padre de toda eternidad, igual a él en bondad,
igual en potencia, compartiendo su gloria...
Y cuando nuestra inteligencia
haya sido purificada de pasiones terrestres y cuando deje a un lado toda
criatura sensible, igual que un pez que emerge de las profundidades a la
superficie, devuelta a la pureza de su creación, verá entonces el Espíritu
Santo allí dónde está el Hijo y donde está el Padre. Este Espíritu también,
siendo la misma esencia según su naturaleza, posee todos los bienes: bondad,
rectitud, santidad, vida... Lo mismo que arder está ligado al fuego y
resplandecer a la luz, así no se le puede quitar al Espíritu Santo el hecho de
santificar o dar vida, no más que la bondad y la rectitud.
Fuente: San Basilio (c. 330-379),
monje y obispo de Cesárea en Capadocia, doctor de la Iglesia
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