Hoy encontramos a aquella que,
según los Evangelios, fue la primera en ver a Jesús resucitado: María
Magdalena. Había terminado hacía poco el descanso del sábado. En el día de la
Pasión no hubo tiempo para completar los ritos fúnebres; por esto, en esa alba
llena de tristeza, las mujeres van a la tumba de Jesús con los ungüentos
perfumados. La primera en llegar es ella: María Magdalena, una de los
discípulos que habían acompañado a Jesús desde Galilea, poniéndose al servicio
de la Iglesia naciente. ¡Qué bonito es pensar que la primera aparición del
Resucitado —según los Evangelios— sucedió de una forma tan personal! Que hay
alguien que nos conoce, que ve nuestro sufrimiento y desilusión, que se
conmueve por nosotros, y nos llama por nuestro nombre. Es una ley que
encontramos esculpida en muchas páginas del Evangelio. En torno a Jesús hay
muchas personas que buscan a Dios; pero la realidad más prodigiosa es que,
mucho antes, está sobre todo Dios que se preocupa por nuestra vida, que la
quiere revivir, y para hacer esto nos llama por nuestro nombre, reconociendo el
rostro personal de cada uno. Cada hombre es una historia de amor que Dios
escribe en esta tierra. Cada uno de nosotros es una historia de amor de Dios. A
cada uno de nosotros Dios nos llama por el propio nombre: nos conoce por el
nombre, nos mira, nos espera, nos perdona, tiene paciencia con nosotros. ¿Es
verdad o no es verdad? Cada uno de nosotros experimenta esto. (Audiencia
general, 17 de mayo de 2017)
Fuente: Francisco, papa.
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