Hoy, el Señor nos enseña cuál debe ser nuestra actitud ante la Cruz. El amor ardiente a la voluntad de su Padre, para consumar la salvación del género humano —de cada hombre y mujer— le mueve a ir deprisa hacia Jerusalén, donde «será entregado (…), le condenarán a muerte (…), le azotarán y le matarán» (cf. Mc 10,33-34). Aunque a veces no entendamos o, incluso, tengamos miedo ante el dolor, el sufrimiento o las contradicciones de cada jornada, procuremos unirnos —por amor a la voluntad salvífica de Dios— con el ofrecimiento de la cruz de cada día.
La práctica asidua de la oración
y los sacramentos, especialmente el de la Confesión personal de los pecados y
el de la Eucaristía, acrecentarán en nosotros el amor a Dios y a los demás por
Dios de tal modo que seremos capaces de decir «Sí, podemos» (Mc 10,39), a pesar
de nuestras miserias, miedos y pecados. Sí, podremos abrazar la cruz de cada
día (cf. Lc 9,23) por amor, con una sonrisa; esa cruz que se manifiesta en lo
ordinario y cotidiano: la fatiga en el trabajo, las normales dificultades en la
vida familiar y en las relaciones sociales, etc.
Sólo si abrazamos la cruz de cada
día, negando nuestros gustos para servir a los demás, conseguiremos
identificarnos con Cristo, que vino «a servir y a dar su vida como rescate por
muchos» (Mc 10,45). San Juan Pablo II explicaba que «el servicio de Jesús llega
a su plenitud con la muerte en Cruz, o sea, con el don total de sí mismo».
Imitemos, pues, a Jesucristo, transformando constantemente nuestro amor a Él en
actos de servicio a todas las personas: ricos o pobres, con mucha o poca
cultura, jóvenes o ancianos, sin distinciones. Actos de servicio para
acercarlos a Dios y liberarlos del pecado.
Fuente: Rev. D. René PARADA
Menéndez, (San Salvador, El Salvador)
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