Hoy el Señor retoma esta
enseñanza y la completa. De hecho, añade: «El que no recibe el Reino de Dios
como un niño, no entrará en él» (Mc 10,15). Esta es la novedad: el discípulo no
solo debe servir a los pequeños, sino que también ha de reconocerse pequeño él
mismo. (…) Es el primer paso para abrirnos a Él. Sin embargo, a menudo nos
olvidamos de esto. En la prosperidad, en el bienestar, vivimos la ilusión de
ser autosuficientes, de bastarnos a nosotros mismos, de no tener necesidad de
Dios. (…) esto es un engaño, porque cada uno de nosotros es un ser necesitado,
pequeño. Debemos buscar nuestra propia pequeñez y reconocerla. Y allí
encontraremos a Jesús. En la vida, reconocerse pequeño es un punto de partida
para llegar a ser grande. Si lo pensamos bien, crecemos no tanto gracias a los
éxitos y a las cosas que tenemos, sino, sobre todo, en los momentos de lucha y
de fragilidad. Ahí, en la necesidad, maduramos; ahí abrimos el corazón a Dios,
a los demás, al sentido de la vida. Abrimos los ojos a los demás. Cuando somos
pequeños abrimos los ojos al verdadero sentido de la vida. Cuando nos sintamos
pequeños ante un problema, pequeños ante una cruz, una enfermedad, cuando
experimentemos fatiga y soledad, no nos desanimemos. Está cayendo la máscara de
la superficialidad y está resurgiendo nuestra radical fragilidad: es nuestra
base común, nuestro tesoro, porque con Dios las fragilidades no son obstáculos,
sino oportunidades. Una bella oración sería esta: “Señor, mira mis
fragilidades…”; y enumerarlas ante Él. Esta es una buena actitud ante Dios. (…)
Lo sabe bien quien reza con perseverancia: en los momentos oscuros o de
soledad, la ternura de Dios hacia nosotros se hace —por así decir— aún más
presente. (Ángelus, 3 de octubre de 2021)
Fuente: Francisco, Papa.
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