Los primeros cristianos quedaron absolutamente “secuestrados” por la experiencia de la Pascua. El Señor estaba pasando por sus vidas, pero no como otras veces, no como otras “pascuas”. El Señor estaba haciendo de ellos hombres y mujeres nuevos, diferentes a lo que fueron, con ilusiones que no podían quedarse en la intimidad de sí mismos. Fue esto lo que los llevó al anuncio de la vida nueva del Reino donde el Espíritu los iba conduciendo. De esta manera la Iglesia, como forma nueva de convivencia, sustentada bajo los dos pilares del amor a Dios y al prójimo, iba creciendo y se iba fortaleciendo.
Pero esa fortaleza no nacía de una buena organización, ni de una precisa estrategia de dispersión; nacía de una nueva forma de estar en el mundo que era capaz de contagiar a los que a ella se acercaban. Una nueva forma de estar que era alternativa a las formas de vida que el evangelio de Juan califica de propias del mundo, como son el poder, la injusticia, la violencia, la acumulación de bienes. El mundo que se sustenta en estos valores no puede más que odiar el cambio que Dios propone con su “paso” y, por ende, a los que deciden vivir así. Es bueno preguntarnos continuamente de parte de quién estamos y a quién servimos, si al Reino o al mundo. Sería bueno que en esta pascua, cuyo ecuador ya pasó, le pidamos a Dios que nos cambie, que nos transforme… que, por favor, no deje de pasar por nuestra casa.
Que la Virgen María que siguió a Jesús por el camino de la cruz hasta el final, nos ayude a entregarnos con decisión al Señor.
(Fuente nocetnam.)
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