En varios pasajes evangélicos comprobamos lo mucho que le costó a Jesús convencer a sus apóstoles de sus enseñanzas y de quién era él realmente. Todo parece indicar que Jesús había hablado con frecuencia a sus apóstoles del Padre Dios, pero no acababan de entenderle. Por eso, Felipe le dice que no les hable tanto de él y que se lo muestre: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta”.
Y Jesús, con la paciencia de un buen Maestro, le vuelve a indicar y repetir la unidad entre el Padre y él. “Hace tanto tiempo que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre”.
Teóricamente nosotros, cristianos del siglo XXI, sabemos la unidad entre el Padre y Jesús. Que Jesús es hombre, pero que supera la barrera de lo humano, y es también Dios. Que cuando nos acercamos a él y le escuchamos estamos escuchando, no a un hombre como nosotros, sino a todo un Dios, y que sus palabras, sus gestos, sus enseñanzas, su amor, sus promesas… son de todo un Dios y, por eso, nos podemos fiar totalmente de él. Pidamos a Jesús que nos meta en lo más hondo de nuestro corazón lo que le recuerda a Felipe: “Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre”, y que seamos consecuentes en nuestra vida con esta sublime verdad.
(Fuente nocetnam: Fray Manuel Santos Sánchez)
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